lunes, 28 de diciembre de 2009
El tiempo, por Manuel Vicent
sábado, 26 de diciembre de 2009
Las horas
El reloj de arena, con los bordes de plástico rojo, esperaba escondido debajo de la escalera. Y justo en el momento de partir, cuando el tiempo se había terminado, apareció. Había llegado la hora. Y el tiempo no se detuvo.
Durante unos segundos, el reloj de arena deja pasar el tiempo, como si concediera la libertad, pero, al final, la arena se deposita entera al otro lado, el tiempo se ha esfumado. Durante ese instante, casi imperceptible, ha pasado la vida.
Un ronroneo. Un verso cogido al vuelo en una canción durante aquel concierto. La última mirada, la de verdad. El bombón deshaciéndose en la boca. El primer salto del baile. El último latido del corazón. Y debajo de las sábanas ganarle la batalla al frío.
Y en esos mismos segundos, en los que pasa de un lado al otro la arena, la otra cara de la misma vida. La palabra áspera en una llamada ingenua. La huída. La pregunta hiriente. La lluvia que moja los pies. La despedida. El segundo de olvido con consecuencias eternas.
Cuando Virginia se suicidó en el río, Laura decidió optar por el lado inseguro de la vida. Mientras, Clarissa besó al pasado y se olvidó de ser consecuente. El tiempo, ese instante eterno, estaba cambiándoles su mundo.
La lucha contra el tiempo a fin de encontrarle un sentido a la vida. Y hallarlo tan sólo en la muerte, en la elección. La muerte perseguida, temida e intransigente poniendo a la vida en su lugar perecedero.
Virginia Woolf (Nicole Kidman), recluida en el campo para sanarse de una depresión, está escribiendo Mrs. Dalloway. Laura Brown (Julianne Moore), ama de casa en los años 50, está leyéndolo mientras hace y rehace una tarta de cumpleaños. Clarissa Vaughain (Meryl Streep), editora en Nueva York, engendra a la Mrs. Dalloway contemporánea mientras sobrevive a su amor eterno, un poeta gay que está muriéndose de sida. La vida compartida. La fragilidad refugiada, aparentemente, bajo una capa de polvo y de frialdad.
Las flores, la muerte, la homosexualidad, el festejo, el silencio y el llanto desorientado… nexos comunes. El alto precio de la libertad y de la coherencia. La ambigüedad. Los desayunos de reproches con té. La confusión. La limitación auto impuesta. El abandono.
Mirar la vida a la cara y conocerla por lo que es. La mañana más corriente en la vida de cualquiera.
El instante en el que decidir, antes de que el reloj de arena con los bordes de plástico rojo marque la hora, si las ganas son de morir o de vivir.
domingo, 20 de diciembre de 2009
Domingo de mudanza
sábado, 19 de diciembre de 2009
Vagabundo
Jack London, The Road, 1907
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Tienes una historia que contar
martes, 15 de diciembre de 2009
Lágrimas de Eros
“Según Hesíodo, el dios Cronos cortó con una gran hoz el miembro viril de su padre, Urano, y lo arrojó al mar. Del semen de Urano, confundido con la espuma de las olas, nació Afrodita (Venus en la mitología latina).”

domingo, 13 de diciembre de 2009
Sábado por la noche
martes, 8 de diciembre de 2009
Reciclaje
domingo, 6 de diciembre de 2009
Lo irreal
jueves, 3 de diciembre de 2009
La forja de un rebelde
“Noviembre era frío y húmedo, lleno de nieblas, y la muerte era sucia. La granada que mató a la vendedora de periódicos e la esquina de la Telefónica lanzó una de sus piernas al centro de la calle, lejos del cuerpo.”Vuelvo a mirar la Telefónica, veo la pierna de la vendedora de periódicos. Sigo leyendo:
“Comenzaba la hecatombe de cada noche; temblaba el edificio en sus raíces, tintineaban sus cristales, parpadeaban sus luces. Se sumergía y ahogaba en una cacofonía de silbidos y explosiones, de reflejos verdes, rojos y blanco-azul, de sombras gigantes retorcidas, de paredes rotas, de edificios desplomados”.Madrid está anocheciendo. Hago anotaciones en mi libro, miro a mi alrededor, y me parece estar inmersa en la misma noche madrileña que describe Barea, en su guerra civil permaneciendo en el tiempo. Durante más de 20 minutos no logro moverme de allí, no soy capaz de reaccionar, de volver al mundo.

“Los doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan”, así se inicia el libro. La figura de su madre, la señora Leonor, lavandera, tendiendo la ropa. El Madrid más castizo. El mismo desde el que ahora escribo. Los descampados de Embajadores. Atocha. Desde la Plaza de Cascorro hasta el Mundo Nuevo. La calle del Arenal. La Plaza de Oriente.
“¡Qué bien se está aquí! La cabeza entre las rodillas”, escribe. Y continúa: “Y yo le miro la cara de abajo arriba sin que ella me vea… Entierro la cabeza entre el delantal como los gatos. Quisiera ser gato. Saltaría encima de las faldas y me haría una bola… Subir encima de las faldas, hacerme una bola, dormitar oyendo hablar…Quedarme allí, quieto, ¡muy quieto!”.

“Existía un vacío de dos años entre mi familia y yo, entre Madrid y yo. Habíamos roto el hilo de la vida diaria. Si queríamos reanudar nuestras vidas juntas otra vez, teníamos que atar con un nudo las puntas rotas; pero un nudo no es una continuidad, es la unión de dos trozos con un roto entremedias”.

"Madrid estaba sufriendo hambre y los túneles del metro; al igual que los sótanos de Telefónica, estaban abarrotados por miles de refugiados”.Hemingway. Las Brigadas Internacionales. Detalla su labor al frente del Comité de Censura durante la guerra, con sede en el edificio de Telefónica. Describe así:
“Miré el montón de papeles y se me revolvió el estómago. Los sentimientos contenidos de muchos periodistas se habían volcado allí. Había textos que no disimulaban, entre malicias, la alegría de que Franco estuviera, como ellos decían, dentro de la ciudad”.
lunes, 30 de noviembre de 2009
Escribir

viernes, 27 de noviembre de 2009
Luces en Madrid

jueves, 19 de noviembre de 2009
Arcadi Espada: "El periodismo se compra"
martes, 17 de noviembre de 2009
Festival EÑE: Mejor leer que ver
Durante dos días, escritores, profesores, periodistas, filósofos y artistas varios han debatido en el Círculo de Bellas Artes de Madrid sobre diferentes aspectos del mundo literario, en el marco del Festival Eñe.

Pero del mismo modo que criticó la imposición, alzó la figura del mentor, del guía de lectura, del maestro. Y quienes hemos tenido la fortuna de, en momentos de nuestra vida, tener un “tutor de lecturas”, alguien que, sin imposición, y con sutileza, sepa colocarnos en las manos el libro que necesitamos justo en el momento adecuado, entendemos las palabras de Savater porque asumimos que aquellas "incitaciones" marcaron nuestra pasión literaria.
El escritor intentó contagiar entre los presentes el placer de leer, aunque reconociendo que son muchas las competencias a las que hoy se enfrenta la literatura, y continuando con referencias, citó a David Olson: “El habla nos hace humanos; la lectura, civilizados”.
Pero no fue la lectura el único tema que se debatió durante el festival. Muchos escritores quisieron quemarse en su propia hoguera de las vanidades y explicar en qué consiste la labor de creación de sus obras. Pero si no hay delicia comparable a leer un buen libro, no hay modo peor de alejar a los lectores que darles a conocer de primera mano a los escritores que habitan tras los libros. No ocurre siempre, pero a menudo tras un excelente escritor se esconde un mal orador. Considero que mejor le iría a la literatura si de sus autores sólo supiésemos el nombre, o a lo más, el mito, una maraña de anécdotas de las cuales no se sepan qué hay de real y qué de falso. Pongo un ejemplo (totalmente subjetivo), por muy buena literatura o periodismo que haga, me extraña que alguien sea capaz de leer agradablemente a Javier Marías si lo ha escuchado dar una conferencia.
La lectura y el oficio de escritor desembocaron en temas más abstractos, en esas materias primas de las que se componen vida y literatura: de memoria y necesario olvido, de dolor y amor contrapuestos. De la verdad “que es una casualidad, que podría ser como podría no ser”, en palabras del poeta Antonio Gamoneda. Las palabras y el alma: se perdona o se maldice. Y alguien continuó hablando. El tiempo: “el presente es la premonición del pasado; el futuro, literatura”, recitó el fotógrafo Alberto García Alix en una magnifica mezcolanza de poesía, fotografía y erotismo.
La escritura como escape o como salvación. “Las palabras se quiebran cuando el lector las comprende", anotó Guillermo Fadaneli analizando la literatura como autodestrucción. ¿Es necesario que el lector comprenda el significado que el autor quiso expresar? ¿O es preferible que haga su propia lectura? Que empatice, que se emocione…

sábado, 7 de noviembre de 2009
Y desapareció
lunes, 2 de noviembre de 2009
90 años
Los 90 años que nunca compartimos.
martes, 27 de octubre de 2009
El desaliento

El desaliento. Los cortes en las manos que no dejan de sangrar.
Manchas de tinta, borrones y la hoguera de las vanidades como única salvación.
Las sombras van aumentando, proyectándose en los túneles cada vez a mayor tamaño.
Pisadas, empujones y proyectos de polvo.
Canciones que habitan en la melancolía. El olvido que no existe, el fracaso, la traición traicionera.
La absurda y gris paciencia. La cuerda locura del deseo.
La incomprensión constante que lo abarca todo, que ahoga, que provoca de todo menos esa indiferencia.
Los pensamientos de negras vías acompañados de aullidos agudos de gatos abandonados.
Un nuevo intento, una nueva ilusión y un verso. Como si acaso, quedarse a dormir con la esperanza, no fuese una mentira.
lunes, 19 de octubre de 2009
Kafka y la muñeca viajera

“Algún día, cuando deje de escribirte –continuó Franz Kafka– las dos sabremos que la una sin la otra no habríamos llegado nunca tan lejos”.
Era 1923, una fría tarde alemana. Franz Kafka acostumbraba, como cada día, a pasear por el parque Steglitz en Berlín. De pronto, algo le llamó la atención. Una niña, de unos siete años, lloraba desconsolada. Nadie parecía atender a su desesperación.
El escritor se acercó y le preguntó el motivo de su llanto. La niña, tímida pero, al mismo tiempo, confiada como todos los niños, le contó su drama: había perdido a su muñeca.
Ante la impotencia, Kafka utilizó su fantasía y le dijo a la niña que su muñeca no estaba perdida, sino que se había marchado de viaje, y que, de hecho, él era el cartero de muñecas y la suya le había dejado una carta.
La niña, que como a veces pasa, necesitaba creer, creyó.
Al día siguiente, Kafka le llevó a la niña la carta de su muñeca, en ella le contaba dónde se encontraba y qué maravillas vivía. Londres, París, América, la sábana africana... El mundo es ancho, pensaron Kafka y la niña. Y durante tres semanas, la niña recibió diariamente misiva de su muñeca.
Esta historia salió a la luz relatada por Nora Diamant, la compañera del escritor en aquella época, que explicó como Kafka para escribir aquellas cartas entraba “en el mismo estado de tensión nerviosa que lo poseía cada vez que se sentaba a su escritorio, así fuera para escribir una carta o una postal". La ansiedad de escribir…
Durante años, el estudioso de Kafka, Klaus Wagenbach, buscó a la niña, ya convertida en una abuela, que fuese la única destinataria de aquella obra epistolar. Nunca logró encontrarla, ni a la pequeña ni a aquellas cartas.
Tiempo después, el periodista César Aira trató el asunto en el Babelia de El País.
El escritor catalán Jordi Sierra i Fabra leyó aquel día el suplemento y, a raíz de aquello, llevó a la práctica su particular visión. Así nació el libro Kafka y la muñeca viajera, editado por Siruela. Fabra crea su propio Kafka, con la ternura y la innovación que acostumbra a usar en sus libros juveniles.
“El mayor absurdo depende de la sinceridad con que se cuenta”, dice el libro en un momento dado. A veces, sobre todo cuando nos vamos haciendo más mayores, es imprescindible leer con la misma intensidad que leímos los libros juveniles, conservar la exacta capacidad de asombro que tuvimos cuando fuimos niños... creer, sin prejuicios ni dudas, en las cartas de muñecas.
lunes, 12 de octubre de 2009
Llegando

Busco concienciarme, cambiar la pereza del inicio por la emoción de la novedad. Pero me sé este cuento y mis prejuicios y yo nunca nos sentimos demasiado cómodos atravesando la M30.
Me concentro en darnos una oportunidad pero cuesta tanto...
Madrid y yo podemos amarnos por un momento pero, como toda pasión, pasado el efecto de éxtasis, sólo queda la sangre que dejan las heridas hechas con los cristales rotos del fracaso. Y a los muy buenos momentos vividos en sus calles los tapa el ruido del metro y los gritos de todos los que nos sentimos fuera de lugar en la ciudad que se dice de sí misma ser la suma de todos.
Pero yo no sé qué número soy en esta cuenta de locos.
Vuelvo a Madrid. Vengo por un año.
viernes, 9 de octubre de 2009
Galicia
que no nos una nada.
Ni la palabra que aromó tu boca,
ni lo que no dijeron las palabras.
Ni la fiesta de amor que no tuvimos,
ni tus sollozos junto a la ventana"
(Neruda)
O Cebreiro, Fragas do Eume, Betanzos, Costa da Morte, Pontevedra, Lugo, San Andrés de Teixido, O Grove, Cedeira, Santiago de Compostela, Playa de las Catedrales, Mondoñedo, Vilanova de Arousa, Sil, Monforte, Islas Cíes, Arteixo, A Coruña y más.
Cerca de 6.500 kilómetros. Tres meses. Galicia.
jueves, 1 de octubre de 2009
De prácticas (X): El cierre
El ciudades, un brindis con licor café. El vacío con-sentido. Un 3%, las explicaciones. Lo no dicho, por miedo, por vergüenza. Lo repetido. Lo congelado y lo derretido.
Un cuento, un goteo. Un abrazo. Dar las gracias, de corazón.
Debería estar, a estas horas, en Huelva. Y estoy, sin embargo, mirando al mismo mar de todo el verano. No sé si ha sido un fallo en la dirección asistida de un coche en préstamo o el subconsciente lo que me ata a este lugar. Se ralentiza la despedida.
La última firma y un café con una tarta de almendras. El olvido. El recuerdo. Las empanadas que sustituyeron a las croquetas del primer día. Las comidas con discusión incluida en el menú.
Bajar al contenedor de reciclaje cerca de tres bolsas llenas de periódicos. Esa es la señal del ineludible final.
Pero hay más: La actualidad, la vocación, los consejos susurrados (o a gritos), la emoción.
No hubo ruedas de prensa, no hubo demasiada calle, vale. Pero hubo mucho más. Me sentí arropada. Me sentí integrada. Me sentí periodista.
Cafés de máquina en rondas de sección. Páginas enviadas. Páginas recibidas: Textos. Fotos, ecuadres, apuntes.
Titular, antetítulo, subtítulo, entradilla, sumario, filete, ladillo, paquete, columna, robapágina. ¿Un "stig" 20?
Entre llamadas de teléfono y testimonios vas apartando la vanidad en forma de aprendizaje, de observación constante.
Leer entre líneas una mirada. Sentarse en la mesa y reír. Cotillear, pasearse. Pelearse y estresarse. Ahogarse en un vaso de agua. Mojarse bajo un chaparrón. El infinito y los porcentajes extraídos de un boletín oficial. Presentir y callar. Editar páginas.
Galicia, sección y país. Imaginar...
Una lista que habla de entrevistas, de tiempos muertos, de entrecomillados, de ideas ambiguas, de colores. Cambios de mesa, escritos desordenados, ilusiones.
Un mapa que ya no necesito porque ya sí sé donde queda cada lugar. Un autopista con parada cerca del corazón y, por supuesto, de peaje. Un diccionario y un libro de estilo. Recortes.
El azar, los ciclos, la oportunidad.
El cierre, el último cierre.
El PERIODISMO, así, en mayúsculas.
Y una única voz,
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Haciendo maletas

Dentro de poco, este tiempo transcurrido sólo será un recuerdo de esos de "me parece que fuese hace un siglo", y al mismo tiempo, como aprendí a disfrutar de cada mentira, ocupara un lugar especial en mi trayectoria. Supongo que es también una especie de maleficio y malicia gallega, que te abren el alma, y luego cuesta cerrarla.
domingo, 27 de septiembre de 2009
De prácticas (IX): De Primera

Cada día, a las 19.30 de la tarde, suena una campana y los jefes de sección se reunen con subdirector, adjuntos, director y demás personal de despacho para "cantar" (explicar, dar titulares) sus temas y debatir entre todos que irá al día siguiente en la portada del periódico.
Durante todo el verano he estado escuchando esa campana y viendo a mi jefa ir y venir de esa sala en la que yo nunca había entrado. Así que llegó el momento de entrar.
Una mesa ovalada gigante, sillones forrados, fotografías de nuestra historia en las paredes y una pantalla hacia la que todos miran. En ella se proyecta la maqueta provisional de la portada del periódico. Mientras, un hombre va escribiendo los temas que se van proponiendo en el espacio en el que quizás podrían ir.
Habla la jefa de economía. La temen todos. A mí me encanta (será porque nunca la tuve de jefa). Tiene fuerza, garra. Van colocándose sus temas hasta llegar al más polémico. Lo que finalmente quedará metido en la parte inferior de la página bajo el titular de "La Xunta se opone a que Caixanova se integre en una alianza con cajas no gallegas", da que hablar. El director no termina de verlo claro y pide que llamen al redactor que ha escrito la información. Ambos mantienen una explicativa charla, en la que el periodista da cuenta detallada de las fuentes utilizadas y del proceso de elaboración del artículo. El director se queda satisfecho, me mira a mí, espectadora pasiva de la escena, y me dice: "para que veas lo en serio que aquí nos tomamos el contrastar fuentes". Yo, que continuo emocionada, sonrío y asiento.
La jefa de economía sigue con sus temas. Canta: "Europa autoriza a Zeltia a vender en el Yondelis como fármaco contra el cáncer de ovario". Así queda, pero realmente no lo cuenta así. Hasta que la noticia se fija con ese titular pasan mil enfoques, mil palabras y hasta el debate sobre si el tema es de Economía o debería haberlo llevado Sociedad. La jefa de economía defiende, con uñas y dientes, que es de su competencia. Si ya decía yo que era una mujer potente...
Luego se cuela el jefe de Nacional. Va rápido, la información gallega prima sobre historias nacionales. Poca cosa interesante en Deportes, accidentes repetidos y glorias locales.
Y llega mi momento esperado, el de ver a mi jefa en acción, defendiendo lo suyo.
He de decir que tiene al poder de su parte, la sección de Galicia es el corazón de La Voz. "Te estamos reservando la portada", le dice el director. "Como a mí me gusta", responde ella.
Zona cero del incendio, Educación, Feijoo... No hay tema claro. Llaman al editor de fotografía.
Las instalaciones portuarias están como primera opción. Pero las fotos, demasiado políticas con el primer plano de Feijoo, no convencen al director. Optan por una foto del incendio, 18 horas después de originarse aún siguen los bomberos apagando fuegos. Finalmente, aunque cuando yo salí de aquella sala, el fuego quedaba colocado en la foto de portada, a la mañana siguiente era la foto del puerto la que reinaba en primera. El incendio, eso sí, quedaba en titulares, finalmente así: "El incendio de la fábrica de Boiro continuaba activo anoche tras más de 30 horas".
Decidida la foto de portada, la atención se centra en la noticia principal. Mi jefa canta sus temas hasta que, de pronto, el director, con una sonrisa de satisfacción, señala y dice: "Ahí tenemos la noticia de portada".
Después de varias vueltas -no hay nada tan complicado como escribir titulares-, se queda en "Feijoo quiere dejar para el 2010 el debate sobre la titulación de Medicina en A Coruña y Vigo" (Aunque el Vigo también desapareció en algún momento).
Prácticamente, la portada está hecha. Antes de la reunión de primera, ya ha habido a lo largo de todo el día un montón de reuniones y todo el mundo sabe más o menos bien qué está pasando en el mundo y qué y cómo el periódico va a contarlo.
Mi jefa abandona la reunión y yo, con ella. He podido comprobar en primera persona como la portada es un trabajo de todos. Como el director tiene la última palabra pero es fácil de convencer siempre y cuando se le den los argumentos correctos y razonados. He visto como cada jefe, a pesar de sus apariencias, metidos en acción defienden a sus noticias, y a sus cachorros, como si el líder de una manada se tratase.
La calidad y el cuidado esmero que se pone en cada mínimo detalle es una de las cosas que más han llamado mi atención haciendo prácticas en este periódico. Y la labor de realizar la portada es prueba evidente de ello. Razonamientos, debates, y lealtad se han conjugado. Y salgo de la reunión creyendo en el Periodismo, totalmente ilusionada. Será eso, que me ilusiono con cualquier cosa.
martes, 22 de septiembre de 2009
¡¡¡Licenciada!!!

Con un “ya puedes relajarte” recibido en un e-mail en la mañana del domingo, me informaban de que –extraoficialmente- tenía aprobado el dichoso examen de inglés, y que, por lo tanto, ya era licenciada en Periodismo. Mi hermano y mi amiga Cristina estaban conmigo, y yo, que pensaba que este idioma pendiente me perseguiría por los siglos de los siglos, no podía aún creérmelo. En shock aún, llamé para dar la noticia a mi madre, que paso de mí, y a mi abuela, que se me puso a llorar...
Luego, mandé algún que otro mensaje, que con lo pesadita que he estado con el inglés, tenía que darle la noticia a mis amigos. Después me fui a mi universidad, quise compartir cara a cara la alegría con quien ha influido mucho, entre otras muchísimas cosas, en que me saque la carrera. Luego me fui pasillo arriba-pasillo abajo, Madrid arriba-Madrid abajo.
Comprendí dos cosas. Una es que un día te regalan un moleskine y te crees periodista y única, y luego resulta que al monje no lo hace el hábito, y además, único no hay nadie por muy únicos que seamos todos. Los moleskine también pueden comprarse en pack de tres, aún tengo mucho que aprender y hay demasiada competencia.
Lo segundo, más que comprenderlo fue ratificarlo. Esa sensación de desierto e incertidumbre ante no saber qué hacer, ese agobio por haber acabado la carrera del que me hablaban mis amigas, yo, como supuse que pasaría, no sólo no lo tengo, sino que ser hoy más periodista que nunca, a mí sólo me provoca alegría y seguridad. Y no hay nada que pueda amargarme el día: Estoy feliz.
He empezado por el lunes. Pero ahora, retrocedo un poco al viernes. Fue bajar en Chamartín y empezar a notar sarpullidos, alergia a la capital... ufff... pero luego se fue suavizando. Así que el sábado, salí feliz de mi examen y aquello del pensamiento positivo borro todo sarpullido inicial e incluso me plantee entre una de las posibilidades, regresar por algunos meses a este lugar de amores y odios tan extremos.
A mediodía, compartí exceso de comida y esperanzas; y por la tarde, compartí café y alguna cosa más. Llegué a casa contenta y huyendo de la masa que acogía la noche en blanco madrileña.
El domingo caminé desde Atocha hasta el Santiago Bernabéu. Consejos, suspiros, recuerdos e ideales. Una vuelta ciclista, porque todo gira. Un caballero colocando la chaqueta a su esposa, una limosna, un montón de esperanzas. Paseantes abrigados en calor. Y un verso de Ángel González: “El éxito de todos los fracasos. La enloquecida fuerza del desaliento”. Comida, merienda y cena: Amigos. Y la noche acabó desvelando secretos con forma de palabras.
Y así, el lunes desayuné nervios con café hasta que el “ya puedes relajarte” me llegó en forma de ilusión, de esfuerzo, de motivación y de ganas. ¿Tu mejor cualidad? Me preguntan esa misma tarde en la sala de juntas de un periódico. La insistencia, respondo. ¿Y qué ha sido lo mejor de la carrera? Lo mejor, sin duda, las personas que he conocido. La foto es de primero, la fría Segovia. Me he sacado la carrera por pesada y porque he estado acompañada de gente maravillosa.
Del preábulo al epílogo: sin los abrazos, sin las regañinas, sin las palabras, sin los cafés, sin las fiestas, sin los apuntes, sin mi moleskine regalado, sin los ánimos, sin las fuerzas, sin los mimos, sin los amigos, no hubiese sido posible. A veces me tachan de fría pero esta es mi forma de expresarlo: me siento enormemente agradecida y muy alegre... feliz, feliz.
jueves, 17 de septiembre de 2009
Marmorkuchen

Tarde de pasteles alemanes, de clases de inglés, de despedidas. Veíamos lejano el final y, nuevamente, cada cual se aleja remando sin compañía su propia barca. Adverbios y preposiciones mezclados con harina, azúcar y chocolate. Pastillas con pacharán. Condicionales que suben la fiebre. Los Good luck! y los Cheer up! que van a necesitar polvos de los de Peter Pan.
El regreso a la ciudad sin mar, el lugar al que retorna, o eso dicen, siempre el fugitivo. Los nervios en el estómago que no puedo remediar, como me pasa con las cosas que no controlo, ni aunque estén en español. Las miradas que lo dicen todo porque ya no dicen nada. Lo que aprendí y no puedo olvidar. El pasado perdido, y el futuro, igual de oscuro.
Las ocho horas de tren que me esperan y las lluvias sin paraguas. No sé qué meter en la mochila y el oído me va a estallar a pesar de la sobredosis de ibuprofeno. Porque el momento siempre acaba llegando, y no sé si eso es present continuous o futuro o pasado o qué...