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domingo, 9 de diciembre de 2012

Los 80 son nuestros



Llegué a ‘Los 80 son nuestros’ emocionada con la idea de poder ver sobre el escenario a Lydia Bosch hace casi 25 años. Además, te cautivan desde la primera palabra Amparo Larrañaga y Luis Merlo que ya siendo unos veinteañeros con cara de niños apuntaban maneras de grandes. Pero si hay algo que me ha tocado es la obra en sí –por otro lado, como suele ocurrir con los textos de Ana Diosdado–, una historia que habla de la juventud, de los jóvenes de hace casi tres décadas pero sin perder apenas un ápice de actualidad, un texto dramático que visto con los ojos de hoy en día no puede dejarte indiferente. 
Ha cambiado el lenguaje –la jerga– y las drogas, probablemente, más tecnológicas en la actualidad, y ha cambiado el vestuario y la puesta en escena, pero la esencia, el discurso –como en cualquier historia de una escalera– sigue siendo la misma. La generación perdida a prueba de balas, la desesperanza ante la inactividad social.
Parásitos de la sociedad en los que nos hemos convertido, convencidos de que la realidad es inamovible, quejicas desencantados –y con razón– porque no nos han dado la oportunidad de la que nos hablaron. La contracultura. Una juventud agriada y cada vez más vieja. ¿Hasta que edad se es joven? El desencanto versus la necesidad de ser partícipes del cambio, del ansiado cambio en el que no sabemos ya si creemos. ‘Los 80 son nuestros’ me ha parecido una obra magistral.

-        Yo solo digo que somos privilegiados.
       ¿Privilegiados por qué? ¿Porque comemos caliente y nos enseñan trucos para escalar puestos? ¿Y si no nos gustan los puestos por los que nos hacen escalar? ¿ Y si no nos basta con comer caliente para tener ilusión por la vida? Para creer que esa mierda de vida merezca la pena. Y si cada mañana nos cuesta un trabajo espantoso levantarnos porque no sabemos a dónde nos llevan ni por qué nos llevan ni si vale la pena ir.

(Y ver a Lydia, por supuesto, es siempre un placer)

jueves, 19 de julio de 2012

Ama lo que haces... o abandona


Mañana hay convocada manifestaciones por toda España en contra de los recortes de un Gobierno que quiere amargarnos la vida a todos. No se habla de otra cosa más que de la existencia ruinosa que llevamos, de la que cuando comienza a mejorar estaremos demasiado mayores -o muertos- como para disfrutarlas. ¿Qué queda si la vida no era como nos la contaron?

Los que sobrepasan los cincuenta años ven como todo lo que consiguieron se desmorona. Hoy decía la radio que desde primero de Economía se sabe que no se puede terminar de ahogar a alguien si lo que se quiere es salvarlo. Las nuevas medidas adoptadas por el Gobierno no hacen más que prolongar la agonía.
Cada cual ve la ruina desde su perspectiva, los que pierden lo que alcanzaron, los que lo rozaron tan sólo y los que no hemos llegado a ser conscientes de la vida. 
A los de mi edad -demasiado viejos para morir jóvenes, demasiado inmaduros para haber levantado nada sobre cimientos muy amueblados- no cesan de llamarnos la generación perdida. Crecimos entre algodones donde no sobraba nada, pero tampoco faltaba. No fuimos niños mimados, pero sí sobreprotegidos. Éramos conscientes de que costaba sudor y lágrimas cada gramo de confort, de ese que nos arropaba cada noche. Vimos a nuestras madres hacer malabares con las nóminas de clases medias y soñamos con ser, al menos, tan solventes como ellas. Estudiamos al arropo de unas familias que, como aprendimos en Sociología, ejercían de colchón ante las crisis. Estuvimos tan a 'la calor' que no supimos crear mecanismos de defensa para el día en que nuestros propios sueños se convirtieran en nuestra trampa mortal. 
Fuimos la generación de los pájaros sobrevolando nuestras cabezas

Pero llegaron los malos tiempos, la tan nombrada crisis, y nos pilló sobreformados, con carreras y máster a pares, pero sin ningún tipo de resistencia a la frustración. La mayoría, relegados al desempleo denigrante. Los pocos -afortunados-, explotados, ilusos y enjaulados. Nosotros, que íbamos a protagonizar el mundo y nos convertimos en la generación de confundidos, los idealistas de 'Ama lo que haces..o abandona'. Todo blancos o negros, sin los matices de las desilusiones. Ciclotímícos asustadizos. 

Cuando la crisis pase seremos demasiado mayores como para ser jóvenes y la oportunidad perdida, no vuelve. ¿Qué queda? ¿Manifestarse? ¿La palabra? ¿La agonía? ¿Amar... o abandonar?