Me pregunto si a la sevillana que le inspiró los poemas, Alfonso Armada le habrá hecho llegar un ejemplar del libro publicado tantos años después, y qué pensara ella al leerlos... Él, como no mordió sus hombros, los describió. Afirma, también él, que los libros son "el reflejo de la vida" y que lo mejor de los amores imposibles es que no te comprometen. También, quizá, que te permiten jugar con lo que nunca sucedió… La realidad no siempre supera la ficción de las personas con alas. Estos poemas merecen la pena porque te llevan a otro lugar –y no sólo físico–; viajar, decía anoche el autor, es “un alegato contra la comodidad”. La lectura, a cambio, te permite ese viaje sin desprenderse de esas facilidades. África, agregó, le curó de muchas tonterías. Todo el mundo que conoce a Alfonso, aunque sea un poco, sabe cuán importante es el continente negro en sus entrañas. Es curioso que sea Tánger, y que sea el amor, la primera puerta que se le abrió de esa África que con los años le marcaría tanto, aunque entonces ni siquiera él pudiera imaginárselo. Leer Fracaso de Tánger es un emocionante flashback a ritmo de bailes que nunca, enamorado o no, pasaron de moda. Y bailar no es más que jugar. Como viajar, como leer. domingo, 4 de mayo de 2014
Fracaso de Tánger: Alfonso Armada hace 30 años
Me pregunto si a la sevillana que le inspiró los poemas, Alfonso Armada le habrá hecho llegar un ejemplar del libro publicado tantos años después, y qué pensara ella al leerlos... Él, como no mordió sus hombros, los describió. Afirma, también él, que los libros son "el reflejo de la vida" y que lo mejor de los amores imposibles es que no te comprometen. También, quizá, que te permiten jugar con lo que nunca sucedió… La realidad no siempre supera la ficción de las personas con alas. Estos poemas merecen la pena porque te llevan a otro lugar –y no sólo físico–; viajar, decía anoche el autor, es “un alegato contra la comodidad”. La lectura, a cambio, te permite ese viaje sin desprenderse de esas facilidades. África, agregó, le curó de muchas tonterías. Todo el mundo que conoce a Alfonso, aunque sea un poco, sabe cuán importante es el continente negro en sus entrañas. Es curioso que sea Tánger, y que sea el amor, la primera puerta que se le abrió de esa África que con los años le marcaría tanto, aunque entonces ni siquiera él pudiera imaginárselo. Leer Fracaso de Tánger es un emocionante flashback a ritmo de bailes que nunca, enamorado o no, pasaron de moda. Y bailar no es más que jugar. Como viajar, como leer. jueves, 3 de diciembre de 2009
La forja de un rebelde
“Noviembre era frío y húmedo, lleno de nieblas, y la muerte era sucia. La granada que mató a la vendedora de periódicos e la esquina de la Telefónica lanzó una de sus piernas al centro de la calle, lejos del cuerpo.”Vuelvo a mirar la Telefónica, veo la pierna de la vendedora de periódicos. Sigo leyendo:
“Comenzaba la hecatombe de cada noche; temblaba el edificio en sus raíces, tintineaban sus cristales, parpadeaban sus luces. Se sumergía y ahogaba en una cacofonía de silbidos y explosiones, de reflejos verdes, rojos y blanco-azul, de sombras gigantes retorcidas, de paredes rotas, de edificios desplomados”.Madrid está anocheciendo. Hago anotaciones en mi libro, miro a mi alrededor, y me parece estar inmersa en la misma noche madrileña que describe Barea, en su guerra civil permaneciendo en el tiempo. Durante más de 20 minutos no logro moverme de allí, no soy capaz de reaccionar, de volver al mundo.
En La forja, el primer tomo de la trilogía, Arturo Barea narra su infancia y juventud en el Madrid de principios de siglo. Un mapa de lugares que ya no existen, que ya no podemos dibujar. “Los doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan”, así se inicia el libro. La figura de su madre, la señora Leonor, lavandera, tendiendo la ropa. El Madrid más castizo. El mismo desde el que ahora escribo. Los descampados de Embajadores. Atocha. Desde la Plaza de Cascorro hasta el Mundo Nuevo. La calle del Arenal. La Plaza de Oriente.
“¡Qué bien se está aquí! La cabeza entre las rodillas”, escribe. Y continúa: “Y yo le miro la cara de abajo arriba sin que ella me vea… Entierro la cabeza entre el delantal como los gatos. Quisiera ser gato. Saltaría encima de las faldas y me haría una bola… Subir encima de las faldas, hacerme una bola, dormitar oyendo hablar…Quedarme allí, quieto, ¡muy quieto!”.
A medida que su edad aumenta, su entorno se va haciendo más visible: “Desde aquí arriba, desde la cuesta que hace la calle de Alcalá, veo la vida”. Un Madrid en tensión. El reloj del Banco de España. La diosa Cibeles. La vida política marca el ritmo de La ruta, el segundo tomo. Los primeros apuntes literarios de Barea y, sobre todo, su experiencia en la guerra de Marruecos: Los primeros ideales y las primeras renuncias. Las vísperas de las, también primeras, batallas. Y su regreso de nuevo a Madrid, pero a un Madrid diverso:“Existía un vacío de dos años entre mi familia y yo, entre Madrid y yo. Habíamos roto el hilo de la vida diaria. Si queríamos reanudar nuestras vidas juntas otra vez, teníamos que atar con un nudo las puntas rotas; pero un nudo no es una continuidad, es la unión de dos trozos con un roto entremedias”.
Con La llama finaliza la trilogía. El relato de aquel 18 de julio de 1936, la más conmovedora descripción de los años de la guerra civil española y el exilio del escritor en Inglaterra."Madrid estaba sufriendo hambre y los túneles del metro; al igual que los sótanos de Telefónica, estaban abarrotados por miles de refugiados”.Hemingway. Las Brigadas Internacionales. Detalla su labor al frente del Comité de Censura durante la guerra, con sede en el edificio de Telefónica. Describe así:
“Miré el montón de papeles y se me revolvió el estómago. Los sentimientos contenidos de muchos periodistas se habían volcado allí. Había textos que no disimulaban, entre malicias, la alegría de que Franco estuviera, como ellos decían, dentro de la ciudad”.
lunes, 19 de octubre de 2009
Kafka y la muñeca viajera

“Algún día, cuando deje de escribirte –continuó Franz Kafka– las dos sabremos que la una sin la otra no habríamos llegado nunca tan lejos”.
Era 1923, una fría tarde alemana. Franz Kafka acostumbraba, como cada día, a pasear por el parque Steglitz en Berlín. De pronto, algo le llamó la atención. Una niña, de unos siete años, lloraba desconsolada. Nadie parecía atender a su desesperación.
El escritor se acercó y le preguntó el motivo de su llanto. La niña, tímida pero, al mismo tiempo, confiada como todos los niños, le contó su drama: había perdido a su muñeca.
Ante la impotencia, Kafka utilizó su fantasía y le dijo a la niña que su muñeca no estaba perdida, sino que se había marchado de viaje, y que, de hecho, él era el cartero de muñecas y la suya le había dejado una carta.
La niña, que como a veces pasa, necesitaba creer, creyó.
Al día siguiente, Kafka le llevó a la niña la carta de su muñeca, en ella le contaba dónde se encontraba y qué maravillas vivía. Londres, París, América, la sábana africana... El mundo es ancho, pensaron Kafka y la niña. Y durante tres semanas, la niña recibió diariamente misiva de su muñeca.
Esta historia salió a la luz relatada por Nora Diamant, la compañera del escritor en aquella época, que explicó como Kafka para escribir aquellas cartas entraba “en el mismo estado de tensión nerviosa que lo poseía cada vez que se sentaba a su escritorio, así fuera para escribir una carta o una postal". La ansiedad de escribir…
Durante años, el estudioso de Kafka, Klaus Wagenbach, buscó a la niña, ya convertida en una abuela, que fuese la única destinataria de aquella obra epistolar. Nunca logró encontrarla, ni a la pequeña ni a aquellas cartas.
Tiempo después, el periodista César Aira trató el asunto en el Babelia de El País.
El escritor catalán Jordi Sierra i Fabra leyó aquel día el suplemento y, a raíz de aquello, llevó a la práctica su particular visión. Así nació el libro Kafka y la muñeca viajera, editado por Siruela. Fabra crea su propio Kafka, con la ternura y la innovación que acostumbra a usar en sus libros juveniles.
“El mayor absurdo depende de la sinceridad con que se cuenta”, dice el libro en un momento dado. A veces, sobre todo cuando nos vamos haciendo más mayores, es imprescindible leer con la misma intensidad que leímos los libros juveniles, conservar la exacta capacidad de asombro que tuvimos cuando fuimos niños... creer, sin prejuicios ni dudas, en las cartas de muñecas.
sábado, 29 de agosto de 2009
Una palabra tuya
Agridulce y miserable como la vida.El pasado, el presente, el futuro y el miedo a ser felices. La sintonía de los malos momentos, y de los buenos. Los revoltijos de pelos y las trenzas largas. Las conquistas casuales, los tesoros encontrados entre la basura. La amistad, el amor, el egoísmo, la arrogancia.
Rosario y Milagros fueron dos amigas de instituto. Pasado el tiempo, son dos mujeres adultas que se encuentran fortuitamente. Buscan huir de un día a día que no es el que soñaron. Pero los sueños no eran otra cosa que zapatitos rojos de charol. Y el brillo se quedó debajo de una capa de polvo, en el tic tac de un reloj sin pilas.
Un viaje hacia los huesos que quedan acumulándose debajo de los cementerios. Un camino hacia el interior que en un momento atrás tuvieron dentro. Diferentes modos de ver la vida, y la risa y la ironía que salvan de los llantos. El humor que nace en los entierros, la gracia que se superpone a la mala leche.
Una palabra tuya es una película que pasó sin pena ni gloria por los cines el verano pasado y que hoy me ha rescatado de una tarde de rumiación vacuna. Es una escena maravillosa entre reproches, basuras y sorpresas.
Una palabra tuya es también un libro, la novela homónima en la que se basa el filme, y que le supuso el premio Biblioteca Breve 2005 a su autora, Elvira Lindo.
Elvira Lindo tiene la capacidad de mostrar con sencillez la complejidad de la vida. Sabe hablar de crudezas sin eufemismos, de relaciones humanas con la dosis esencial de sarcasmo y ternura.
Dos personajes protagonistas: Malena Alteiro como Rosario y Esperanza Pedreño como Milagros.
Dos personajes secundarios, pero imprescindibles: la dosis de realidad que regala Morsa, interpretado por Antonio de la Torre y la dureza y genialidad que entrega la actriz Alfonsa Rosso como la madre de Rosario.
Sencilla. Agridulce y miserable. Sí, como la vida. Y todo resuelto en una sola palabra, en una palabra tuya.
jueves, 27 de agosto de 2009
La noche de las palabras

Sentada en esas piedras, bañada por el agua, arropada por la torre y con el azul horizonte vigilándome, voy terminándome La noche de las palabras, una novela escrita por el periodista Luís Pousa y vencedora del premio literario Fernando Arenas Quintela 2009.
El relato evoca la ciudad desde la que leo, y al placer de la lectura, le sumo el de recrearme con los mismos paisajes que evoca Miguel Andrade, el protagonista. Pero esto de evocar tiene siempre algo de personal e intransferible. Y por eso, tanto la A Coruña como la Barcelona recreadas, pertenecen tan sólo a Miguel, como a cada uno nos pertenecen en exclusiva, los diarios que nos escribimos.
"Uno coge la estilográfica, un lápiz, lo que sea, y se sienta a descifrar su niñez. Agarro un pedazo de papel, un sobre y un sello y me voy escribiendo estas en las que me explico o me invento con diez años". ¿No es acaso eso, inventarnos a nosotros mismos, lo que hacemos cada día?
Andrade es un pintor coruñés que triunfa en Barcelona, donde reside hace años. Un día decide volver a Galicia en busca de sus raíces. Pero paradójica como es la vida, en lugar de encontrar, pierde. Un accidente de tráfico en ese trayecto, le hace olvidar su pasado. El pintor despierta en un hospital inmerso en una potente amnesia. Comienza entonces la labor de reconstrucción de su propia vida. Para este trabajo, el de entender nuestro presente agarrándonos al pasado, Miguel ya no cuenta con su memoria, tan sólo dispone de las cosas que con él llevaba en el coche: un montón de cajas llenas de cosas absurdas en una carrera inexplicable por el coleccionismo, y un montón de palabras. No son exactamente diarios, sino que Andrade, desde niño, se escribe a sí mismo cartas y se las envía. Esas cartas escritas como si el destinatario fuese su amigo del alma (y que amigo más fiel que uno mismo) suponen el mejor amarre a su pasado.
La noche de las palabras es una novela corta, que se lee rápida y a suspiros, con la brevedad y la contención de pequeños capítulos de apenas dos páginas. La niñez se mezcla con la realidad del ahora, de las canas y el olvido, del alcohol que fija y acorta el tiempo. Pero no es una novela melancólica, ni tampoco dulce. Más bien, posee la violencia y la desfachatez de las tascas, la negrura y la belleza y bohemia de la noche.
Además de los paseos evocados, el autor hace un recorrido por las letras fijadas en la memoria de Andrade, los autores de libros imborrables siempre presentes más allá del silencio. Quizás, también por eso, algo en su lectura me recordó a esas canciones entrañables y golfas de tugurios, de adivinos, de sexo, de alcohol, de poetas, a esos relatos tan mágicos que no les queda otra que ser reales. A esos locos que escriben en servilletas aunque, como Andrade, sea tan sólo para tomarle un pulso al tiempo, para no olvidar ni siquiera desde el mar profundo de una amnesia.
Pensándolo bien, desde este mar gallego (porque es un libro de alguien criado entre mares, ese paso del océano Atlántico al mar Cantábrico y ese baño final por el Mediterráneo, se notan en el libro), tumbada en estas piedras, una termina el libro y comprende el por qué del título. La confusión de la noche, la confusión del olvido, la fugacidad de las palabras y lo eterno de las construcciones, y aún así, la vida siempre presente.
"Negra noche, no me trates así; negra noche, espero tanto de ti...", que diría Sabina. Noche y palabras, excelente mezcla...
martes, 26 de mayo de 2009
Elektra
Psicópata, obsesiva, lujuriosa.
Frágil.
Hugo Von Hofmannsthal quiere alejarse de la versión clásica de Sófocles pero al mismo tiempo se siente atraído hacia su obra. La Elektra de Hofmannsthal combina la fuerza y majestuosidad del teatro griego con el simbolismo y la sensualidad de una sociedad marcada por los descubrimientos freudianos.
Libreto del autor y música de Richard Strauss en esta ópera alemana de un solo acto estrenada a principios del siglo XX. El argumento es el mismo que en el drama sofocliano: Clitemnestra, ayudada por su amante, Egisto, mata a su marido, Agamenón. Su hija, Elektra, busca la venganza. Primero confía en que el nombre de su padre lo honre su hermano Orestes. Pero al ver que éste ha desaparecido, le propone a su hermana, Crisótemis, vengar ellas, juntas, a su padre.
Algunas críticas aluden al mismo infierno del Bosco, o al de Dante, pero las características que diferencian el uno del otro son muchas. Sexualidad desenfrenada con ríos de sangre no son exactamente dos infiernos igual de placenteros. Elektra representa la búsqueda insaciable de venganza, el horror de los sentimientos no resueltos. Busca apoyo en sus hermanos para entender que ella misma es la única vía. No importa que Orestes regrese. No sabrán reconocerse. No importa que sea efectivamente él quien vengue la muerte de su padre. No importa porque ella, Elektra, será la irremediable protagonista, la única víctima de su propio sufrimiento.
En la obra se siente la opresión, la fuerza de las máscaras, la falsedad; el otro, lo ajeno, frente al yo, el desconcierto; a cual más peligroso: los enemigos constantes. Se ve de igual modo, la utilización de las personas, el modo cruel de convertir en un objeto la vida. Elektra no deja de aparecer en escena. Es heroína y víctima, es vagabunda en su propio hogar, donde vive obsesionada y confusa.
Los monólogos juegan un papel importante en el drama. Las palabras que forman una cadena de impresiones, un suspiro, la erupción de un volcán, un juego, la luna, el miedo, la seguridad. Palabras.
Elektra es reflejo del mito de Edipo.
El hijo enamorado de la madre.
La hija enamorada del padre.
Elektra es, además, el papel del sexo y la sexualidad no resuelta.
Es una mujer que posee el elemento demoníaco, que la atrapa, como muestra en la última escena, desde la histeria. Tiene algo de sádica. De ahí la identificación del sexo con la muerte, con el mal, con la suciedad. El sexo como desprecio, del otro y sobre todo, de ella misma. La danza final es el juego del fuego de Dionisio.
Pero Elektra no representa la eternidad de la muerte, sino la fugacidad de la vida.
lunes, 18 de mayo de 2009
Mario Benedetti

Porque el final siempre llega...
Pasatiempo
Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.
Luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque un océano
la muerte solamente
una palabra.
Ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.
Ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.
Porque acompañó la infancia en el cuarto de la tía...
Hagamos un trato
Compañera,
usted sabe
que puede contar conmigo,
no hasta dos ni hasta diez
sino contar conmigo.
Si algunas veces
advierte
que la miro a los ojos,
y una veta de amor
reconoce en los míos,
no alerte sus fusiles
ni piense que deliro;
a pesar de la veta,
o tal vez porque existe,
usted puede contar
conmigo.
Si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo,
no piense que es flojera
igual puede contar conmigo.
Pero hagamos un trato:
yo quisiera contar con usted,
es tan lindo
saber que usted existe,
uno se siente vivo;
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos,
aunque sea hasta cinco.
No ya para que acuda
presurosa en mi auxilio,
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.
Por hacernos comprender que podemos perdonar todo, excepto que nos hagan volar...
Táctica y estrategia
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos.
Mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible.
Mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos.
Mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos.
Mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple.
Mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.
miércoles, 29 de abril de 2009
Conversaciones mentales
Desde que recuerde, siempre he mantenido conversaciones mentales con la gente. No es que esté dormida, las tengo totalmente despierta. Entonces, evoco una conversación que nunca existió y que nunca, no al menos como yo me la estoy imaginando, existirá.Esto me viene ahora a la cabeza, no porque últimamente mantenga más charlas mentales que de costumbre, que también; sino porque he estado leyendo Esperadme en el cielo, el último libro de Maruja Torres, en el cual la escritora vive una serie de aventuras en la "eternidad" con sus dos mejores amigos, ya muertos, Terenci Moix y Manuel Vázquez Montalbán.
La ventaja de nosotros, los vivos, respecto a los muertos, es que podemos conversar con ellos sin que nos reprochen nada, sin que nos contesten con borderías o sin que se hagan los sordos. Si mantenemos conversaciones creadas por nosotros mismos con nuestros muertos, podemos manejarlas a nuestro antojo sin que luego las respuestas nos dejen sabor a fracaso.
Creo que esas conversaciones son también la base de muchos mitos, sobre todo, los generados en la infancia y adolescencia. No les debemos explicaciones a nuestros mitos. Por eso creo que en mi adolescencia, un gran número de charlas las tuve con Lydia Bosch. Y nunca me respondió con antipatía.
El problema llega cuando, como en mi caso, genero, constantemente, conversaciones con gente de mi entorno, con mi familia y mis amigos. Puedo mantener una conversación entera con alguien a quien quiero mucho y decirle todo lo que me gustaría decirle, lo bueno, y lo malo.
La conversación es perfecta porque mis recreaciones son hechas a mi antojo, y mis sueños suelen mejorar mi realidad. El problema es que la realidad se acaba imponiendo.
Es el momento en que termino el libro de Maruja Torres, y aunque ella misma quisiera prorrogar su mundo onírico, no le queda otra que buscarle un final al libro y venderlo.
El problema es el mismo para mí, al final siempre llega el momento de encontrarme cara a cara con los personajes de mis conversaciones, instante en el cual éstos dejan de ser personajes y se convierten en personas, seres con voz e intenciones propias que no se ponen de acuerdo conmigo, que no me escuchan, que no me entienden, que me dicen cosas que no se parecen en nada a las que yo me había imaginado que me dirían, o a los que yo les digo palabras que no se expresan como se expresaban en mis diálogos recreados.
Siempre me ha gustado de Maruja Torres, que se empeña en repetir que escribe para ordenar su mundo, su caos, para inventar lo que a la realidad le falta.
Siempre he tenido mucha imaginación, pero nunca se me ha dado demasiado bien la realidad.
Las consecuencias son, a veces, desastrosas; y aunque mi imaginación y mis conversaciones mentales, en muchas ocasiones, me salvan; en otras, me desestabilizan.
Mi sensibilidad onírica aumenta a medida que los seres reales me resultan cada vez más lejanos.
Y no estoy ya demasiado segura de por cuánto tiempo, de qué manera, y a qué precio, podré seguir viviendo feliz entre mis fantasías.
martes, 14 de abril de 2009
Primo Amore

"Se questo è amore, che io non so,
questa è la prima volta che io lo provo
in età da farci sopra qualche
considerazione; ed eccomi di diciannove
anni e mezzo, inamorato.
E veggo bene che l´amore dev´esser
cosa amarissima, e che io purtroppo
(dico dell´amor tenero e sentimentale)
ne sarò sempre schiavo. "
Giacomo Leopardi. Diario del primo amore.
"...Y me doy cuenta que el amor debe ser cosa amarguísima... del que yo, por desgracia, seré siempre esclavo..."
jueves, 26 de marzo de 2009
El enamorado de los momentos
domingo, 15 de marzo de 2009
Estambul, Praga y París
“Todos los días necesito ocuparme un tanto de la literatura para ser feliz”, escribió Orhan Pamuk en su libro La maleta de mi padre. Luego añade: “la literatura es la capacidad de hablar de nuestra propia historia como si fuera la de otros y la de otros como si fuera la nuestra”.
Con textos evocando una mística Estambul comenzó anoche una preciosa lectura dramatizada en el Teatro Morlacchi de Perugia.
El teatro rebosaba de gente. En el palco central de la tercera planta estábamos dos polacos, dos italianas y yo, una española. En el escenario, entre rojos aterciopelados, en un teatro en el que hacía dos días había estado aprendiendo entre bambalinas, dos actores y una actriz italianos, Neri Marcorè, Piero Dorfles y Corinna Lo Castro, nos llevaron a través de sus lecturas, acompañadas de anécdotas, por un “Viaggio nella letteratura europea: Istambul, Praga, Parigi”.
Empezaron con Estambul. “Pescan y te ofrecen los peces con mantequilla, así, de inmediato”, dijo uno de los actores. Y empezaron a hablar de almas y alter egos. Alguno leyó algo que venía a decir que el mundo es más real en nuestra cabeza que en las calles que pisamos a diario. Y el viaje literario llegó hasta el Realismo mágico de la lietaratura latinoamericana. Con las palabras y las evocaciones, el viaje es más rápido que en el avión.
El turco Pamuk relataba en sus textos la importancia que tuvo en su vida la inmensa biblioteca de su padre. No había leído todos los libros pero los conocía todos, sabía de su tacto y de su historia. La noche comenzó mezclando viajes y literatura, el oficio de escribir y el de vagar.
“Ancora oggi”, eran las palabras que daban inicio a la literatura de Praga: “Todavía hoy, a las cinco de la tarde, Kafka retorna a su casa por las calles de Praga”. Era la voz de Angelo Maria Ripellino en su libro Praga Mágica. Es posible que en 1973, cuando se publicó el libro, pudiese utilizarse ese “ancora oggi”... Algo más de treinta años después de aquello, hace cuatro días, tuvimos que recorrernos media Praga preguntando porque nadie estaba seguro de dónde quedaba la casa natal de Kafka… A veces la literatura tiene más fuerza que la realidad. En algo, sin embargo, sí coincido con Ripellino: “el punto más mágico de Praga es el Josefov, el barrio judío”. Algunos retazos de Anedotti Ebraici di Praga, de Vladimir Karbusicky, y billete a la última parada.
París. “Centro de bohemía y patria del literato”, fue la primera descripción que leyeron. Yo que nunca he estado en la capital francesa, sólo puedo imaginármela con sabor a absenta y con la banda sonora de Moulin Rouge. Por eso creo que es una ciudad que me gustará más en la imaginación que en la realidad. Algo une a las capitales, recuerda uno de los actores: “El París de 1800 ya hablaba del anonimato de las grandes ciudades en contra del provincianismo como símbolo de la modernidad”. “Anonimato y soledad”, recalca. “Deseada y necesaria, la de la capital y la del escritor”, añade el otro actor.
Viajes, choques culturales, multietnicidad, palabras encadenadas y suspiros.
El viaje tuvo una parada de regalo.
sábado, 7 de marzo de 2009
El lector
Michael es un adolescente novato de quince años, con una salud endeble. Hanna es mujer de 36 años, revisora de trenes, con demasiados secretos. Un día, a la vuelta del colegio, él se siente mal, y ella, una mujer desconocida hasta entonces, lo cuida y lo acompaña a casa. Empiezan, entonces, una historia de amor, sexo y literatura.
Un día, ella desaparece. El chico siente que el mundo se acaba, pero el mundo siempre sigue. Pasan los años. El chico se convierte en un estudiante de Derecho. Es la Alemania de finales de los años cincuenta, marcada por la Segunda Guerra Mundial. Estudiando leyes, Michael acude como observador a los juicios contra criminales de guerra. Se acusa a varias mujeres de haber trabajado para las fuerzas SS como carceleras de los campos de concentración de Auschwitz. Hanna es una de las acusadas.
¿Hasta qué punto somos capaces de perdonar? ¿El amor puede competir con la moral? ¿Se puede confiar al cien por cien en las personas que queremos? ¿Según qué parámetros se debe juzgar el pasado? ¿Hasta dónde se puede guardar un secreto?
Cuando leí El lector, novela escrita por Bernhard Schlink, me pareció una obra redonda, exquisita, precisa. Me encantó. Quizás por eso no entré demasiado convencida a ver la adaptación cinematográfica. Sin embargo, salí exhausta. Me pareció una película preciosa, nítida, clara. Emocionante. Y la interpretación de Kate Winslet, a la que mi cabeza aún asociaba a Titanic, me dejó impresionada. Ruda y frágil, fuerte y sensible. Me pareció una actuación fantástica.
Viviendo en Italia me he dado cuenta de que este país aún tiene muy presente su pasado. Hasta qué punto entonces, me pregunto, no lo tendrá un país, clave en la historia universal, como es Alemania. Literatura e historia se entremezclan en esta novela. Pasado y presente quedan enlazados dejando muchas preguntas sin resolver.
jueves, 5 de marzo de 2009
Lectura para días de lluvia
Apuro las últimas hojas del libro de Jan Morris. Venecia, y vuelta a empezar.El curso pasado aprendí un par de cosas referentes a la lectura. Aprendí a no tener remordimientos de conciencia al “pintorrear” los libros. Quedaron atrás esas líneas casi invisibles, tímidas, pintadas a lápiz. No sólo dejé de sentirme mal por tener la necesidad de subrayar un libro, sino que además, aprendí a disfrutar con ello. A gozar propiamente. Mis libros, ahora, los llenos de colores, de permanentes trazos de rotulador, de anotaciones al margen, de enlaces, de exclamaciones e interrogaciones, de luces que me indiquen por dónde volver a ellos. Disfruto componiendo mi propio mapa de lectura.
La otra cosa que aprendí fue a aguardar el momento adecuado para leer un libro. Me enseñaron que no hacía falta leer súbitamente el libro que llega a tus manos, que quizá un libro que compras o te regalan hoy, no es hoy el momento de leerlo. Este aparente pequeño aprendizaje es en realidad un aprendizaje enorme que te libera de presiones y te hace disfrutar aún más, tanto de la lectura como de la espera.
Así metí en octubre entre mis veinte kilos de equipaje este libro, esperando a que llegara el momento de leérmelo. Y a mediados de febrero, cuando esperaba ansiosa reencontrarme con la ciudad de los canales, me zambullí en él. Cuando llegó la hora de adentrarse en la ciudad, el libro y yo paseamos juntos en un mano a mano. Recuerdo que un día, a la vuelta al albergue, después de presenciar las caras de mis amigos entrando por primera vez en la Plaza de San Marcos, le dije a mi amiga, el reloj de la plaza que hemos visto hoy, mira, lee: “Cuenta la leyenda que a los dos artífices del famoso reloj de San Marcos, con sus intricados mecanismos zodiacales, se les sacaron los ojos por orden oficial”.
Si es cierto que en Venecia no son necesarias las palabras, también es cierto, que no se ven los lugares del mismo modo si se saben las historias que esconden detrás. Sentarse en una plaza y al placer de mirar, sumarle el de rememorar con la imaginación las cosas allí vividas en tiempo atrás, es sumarle al natural disfrute, otro goce más. Aumentar nuestra capacidad de evocación es quizás uno de los placeres de conocer la historia.
Un nativo veneciano me contó un día la historia de amor y dolor representada en una columna del Palazzo Ducale. Me hizo ilusión reencontrarme con la leyenda entre las páginas del libro. Una columna aparentemente igual a las que tiene a su alrededor puede contener algo mágico que la diferencie. Lo mismo ocurre en la literatura, y en la vida. Detalles que nos hacen amar libros, lugares, personas. Hay muchos modos de ver la misma cosa.
Realmente aún no he apurado del todo mi libro, aún me quedan algunas páginas para terminarlo. Esta lectura ha tenido la capacidad de quedarse conmigo en el momento en que los hechos ya son sólo recuerdos. Es totalmente cierto aquello que dijo alguien una vez de que uno no puede sentirse sólo cuando está acompañado de un libro. Es una auténtica suerte conocer el placer de la lectura. Demasiada gente desconoce que algo que está tan al alcance de nosotros es capaz de regalarte tantos tesoros. Incluso en estos días azules de lluvias y melancolía, he logrado habitar en la alegría, y todo, gracias a un libro y a una lectura.
martes, 27 de enero de 2009
Un calor tan cercano
"Algunas sensaciones no se olvidan nunca, y marcan una vida con lo que parece una meta de felicidad a la que pretendemos inútilmente regresar cada vez que el vacío se hace en nosotros. Así quiero volver a aquella tarde cuando me agobia la mujer en la que me he convertido"
Será aquello de que la vida rima, pensé, o que las señales se me empiezan a aparecer por los rincones, en la mayoría de las ocasiones, sin entender muy bien qué me quieren decir… Aquella, aquella de "las sensaciones que no se olvidan nunca" era una de las frases que anoté en mi libreta en aquella época, y que, al margen de ello, la retuve en mi cabeza para siempre, quizá porque sabía que me estaba enseñando algo, que sin haber aún llegado aquella tarde, mi tarde, la sentencia estaba hecha.
Manuela, una niña de once años o una mujer de cuarenta y cinco, según se mire, es la protagonista de Un calor tan cercano, una novela escrita por Maruja Torres en 1997. Esa novela tiene un sabor especial para mí, lo tuvo en su día, cuando la joven recién salida del instituto que yo era, la leyó, cuando sólo presentía las cosas, y la tiene ahora, cuando a poco tiempo de acabar la carrera, la joven que soy ahora, la vuelve a leer. Han pasado siete años, quizás pocos a nivel comparativo, pero un mundo entero para mí.
Ahora frente a una página abierta en Word, cuando me dispongo a ordenar mis emociones y recomponer el estado en el que me deja la relectura de esta novela, el primer impulso es copiar un montón de frases que hablan por sí solas y que mientras leía iba subrayando. Sin embargo, he frenado ese impulso, quizás porque del mismo modo, algunas frases significaban tanto para mí que me coartaba subrayarlas, como si al subrayarlas perdieran parte de su integridad, o yo me mostrara en exceso. Leer y/o escribir es, no sólo un regalo y un arma, sino un refugio inmenso, el mayor, donde no hay mentiras, ni miedos, ni máscaras.
Manuela, una escritora de éxito, retrocede tres décadas para reconstruir su historia, para saber quién es y qué queda en ella, para, sin juzgar, recuperar los retazos de su pasado, a Irene, a Ismael, a Mercedes, las almas de su iniciación al mundo. Es entonces cuando en mi propia lectura, que no es la misma a los 24 que a los 18, la ficción se mezcla con la realidad, la fantasía de la novela con la mía propia, los rostros y las emociones reales. A veces me cuesta separar esos mundos, el que está en mi cabeza y el que es real, si es que acaso el real es más real que el que está en mi cabeza. Puedo recrear conversaciones, paisajes, estelas… y dudo de que no sean así de auténticas. Y esto es, al mismo tiempo, prisión y libertad.
Me recuerdo leyendo este libro por primera vez, tumbada en la cama, y el recuerdo, al que accedo como una espectadora, es nítido y preciso. Algo se inició en mí en aquel momento. Luego, simplemente, pasó el tiempo. Cuando llegó, años más tarde, aquella tarde, mi tarde, no hubo necesidad de saber que me encontraba allí, el cielo, entre azules y naranjas, lo decía por sí mismo. A la intensidad de mi emoción no le hicieron falta las palabras. Llegado el momento quise re
cuperar este libro, necesitaba buscar en él las respuestas que me estaba planteando, los nombres a las caras que veía. Entonces comencé un peregrinaje por librerías en busca de un libro ya descatalogado. Sólo aparecía en Internet, y estuve a punto de pedirlo, pero entonces, ocurrió algo. Fue en un paseo sin aparente importancia, en el cual un detalle me trajo a la cabeza otra de esas frases que tengo escritas en el cuaderno y que, ahora, me estremecieron releerlas en el libro. En aquel paseo comprendí que en ese momento el calor estaba tan cercano, que no estaba preparada para releer este libro sin quemarme... O quizás, aquello sólo fue una excusa y me dio miedo volver al libro, sabiendo además que el calor y el frío, están demasiado cerca.
Este viernes en Roma, en una librería española, me topé con la redición del libro. Me dio un vuelco el corazón. Llamémoslo casualidad. O quizás es que, ahora sí, ya estaba preparada. Con el libro entre las manos, me volví a sentir como una niña. Aunque como una niña que analiza las cosas como la adulta que soy. Aunque como la adulta que ya era en aquella tarde en la que me sentí como una niña. Como la niña y la adulta que a la vez se pelean dentro de mí.
He releído este libro en trayectos de tren, y ha sido ésta una buena metáfora. Igual que el tren se detiene para decir hola y adiós a sus pasajeros, yo necesitaba pararme a tomar aire o a mirar por la ventana entre párrafos, entre recuerdos. Nos han enseñado a controlar nuestras emociones, a no desnudarnos nunca.
Algo me llamó la atención: con cierto miedo llegué al párrafo en que narra aquella tarde, la suya, la de Manuela. Recordaba la historia, las frases, y sin embargo, había olvidado el párrafo que le proseguía, el final de aquel cuento, las consecuencias. Y al leerlo, entendí el miedo de aquel paseo en que decidí no pedir el libro por Internet, y comprendí los presentimientos. Olvidé el final y por eso pude llegar hasta él, construyendo mi propio mundo. Lo demás son cosas que no se pueden decir, que sólo me pertenecen a mí.
No me defraudó la segunda lectura, me emocionó como lo hizo la primera, y me enseñó otras cosas. Me habló de personas reales -tan reales como la imaginación-, de sentimientos, de consecuencias y de detalles. Y más que darme respuestas, me planteó nuevas cuestiones... pero a esto ya me estoy acostumbrando. Nada de esto aparecerá en la lectura que de esta novela haga cualquier otra persona, porque estas lecturas son mías, con mi propia Manuela, mi propia Irene, mi propio Ismael, etc. Nada es real y a la vez, no hay nada más real. Es otro placer de la lectura: cada uno tiene el derecho y el deber de hacer la suya propia.
miércoles, 21 de enero de 2009
En palabras de Márai
(Fragmentos del libro Confesiones de un burgues, de Sándor Márai)
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¿Por qué razón? ¿Tenía acaso miedo de alguien? No, sólo me temía a mí mismo.
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En aquel momento sólo sabía que no podía más, que tenía que irme, que tenía que abandonar definitivamente a mi familia y a mis parientes, y que ese pensamiento me aterraba. Creo que me habría gustado quedarme, esperaba que ocurriera algún milagro, pero sabía que no había lugar para milagros, que desde aquel mismo instante me quedaría solo para siempre. Atravesé el jardín sin prisa, sin encontrar a nadie; sabía que cada paso que daba me alejaba más de aquella casa, que no había vuelta atrás, que quizá sólo se podrían encontrar soluciones artificiales y violentas que mantendrían mi vida y mis relaciones familiares en un precario e inestable equilibrio.
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¿Por qué algunas personas escapan de esa seguridad, de ese idilio organizado cuya luz y cuyo calor agradables iluminan sus vidas? Yo me fui de la casa de mis tíos un día para no volver a entrar jamás en ningún hogar. A veces he llegado a pensar que ese estado es el precio que tengo que pagar por mi carácter o por poder hacer mi «trabajo»... Nada es gratis, ni siquiera el sufrimiento, esa condición necesaria para el trabajo creativo. Ni siquiera la infelicidad es gratis. A los escritores, el trabajo —con independencia de la calidad de las obras— nos obliga a mantener ardiendo nuestro corazón, nuestros nervios y nuestra mente. No hay lugar para el regateo ni para preguntarse si «vale la pena»; no se puede regatear con las obsesiones propias, que los demás llaman «vocación» y revisten con símbolos altisonantes; yo creo que se trata, simple y llanamente, de obsesiones... Una persona «feliz» nunca desarrollará un trabajo creativo, una persona feliz es simplemente eso: una persona feliz. A mí la «felicidad» nunca me ha atraído como meta alcanzable paso a paso, más bien la despreciaba con una actitud obviamente enfermiza.
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Un escritor me dijo en una ocasión que esa falta de satisfacción, esa intranquilidad son propias del hombre occidental. Una mujer me enseñó que es una «enfermedad característica de los escritores» la que impide que el artista obtenga satisfacción por otra vía que no sea la de su trabajo creativo. A lo mejor soy escritor. De todas formas, sigo albergando ese afán de huir, de escapar, que surge de pronto y hace que se resquebrajen los marcos estables de mi vida, que me empuja a situaciones escandalosas y a profundos estados de crisis.
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Hoy sigo viviendo de la misma forma, entre trenes, escapadas y huidas, sin saber qué tipo de peligrosas aventuras interiores me esperan. Ya me he habituado a ese estado que nació aquel día de verano.
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El periodismo puede ser un oficio muy triste que sólo sirve para ganarse la vida o puede ser una «vocación», pero en la mayoría de los casos se resume en un determinado estado anímico.
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El periodismo me atraía, pero creo que no habría sido útil en ninguna redacción. Imaginaba que el periodismo consistía en andar por el mundo y observar ciertas cosas, todas irrelevantes, caóticas y sin sentido alguno, como las noticias, como la vida misma... Y ese trabajo me atraía y me interesaba. Tenía la sensación de que el mundo entero estaba siempre lleno de «acontecimientos de actualidad» y de «hechos sensacionales». Entrar en una habitación donde nunca había estado resultaba para mí tan emocionante, por lo menos, como ir a ver el levantamiento de un cadáver, buscar a sus parientes y hablar con el asesino. El periodismo significaba para mí —desde el principio, desde el momento en que despertó mi interés— estar a la par del tiempo en que vivía, un tiempo que siempre me parecía una experiencia personal, algo que me resultaba imposible eludir, algo importante, interesante; cualquier cosa se me antojaba «digna de ser publicada»... Estaba tan emocionado como si yo solo hubiese tenido que informar de todo lo que ocurría en el mundo: las declaraciones de los ministros, los escondrijos de los criminales y también lo que pensaba mi vecino al sentarse a solas en su habitación alquilada... Todo aquello tenía un interés «apremiante»: a veces me despertaba por la noche y bajaba a la calle, como un reportero extasiado que teme «perderse» algo. Sí, el periodismo era para mí una obligación, una tarea profundamente arraigada en el centro más recóndito de mi ser que no podía ignorar, que me obligaba a conocer mi «materia prima», los hechos, esa sustancia secreta que establece lazos entre las personas y une a la gente, las conexiones entre los fenómenos.
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Una soledad gélida me envolvía. Era algo más que la soledad del extranjero, surgía de mi interior, de mi ser, de mis recuerdos; era la soledad sin esperanzas que caracteriza al escritor.
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Escribir significa, ante todo, una manera de comportarse, una manera ética de comportarse, para decirlo con una palabra altisonante. Me di cuenta de que me esperaba una tarea que debía realizar en solitario, sin aguardar ninguna ayuda exterior; y como me sentía débil y sabía que no estaba preparado, esa tarea me causaba angustia y, a veces, hasta pánico.
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Los viajes fueron perdiendo para mí su carácter de desplazamientos sucesivos, y hoy en día me importa más el hecho de partir desde lo conocido que el de llegar a lo desconocido. Ese complicado rasgo de mi «carácter», la infidelidad que lo determina como una enfermedad, las faltas y las aptitudes que me hacen sufrir y cuyo conjunto, no obstante, define lo que «yo» soy, impregnaba también mis viajes y marcaba mis itinerarios. Un hombre infiel no lo es sólo con sus seres queridos, sino también con las ciudades, los ríos y las montañas. Esa fuerza coercitiva es más poderosa que cualquier consideración de tipo moral. Yo «engañaba» a mujeres y ciudades por igual, y de ambas sentía a veces nostalgia; me iba a Venecia con la idea de pasar allí unos meses, pero me escapaba al día siguiente para quedarme semanas en un pueblo cualquiera sin interés alguno... Toda persona es la misma en cada una de sus relaciones: alguien que sea infiel a su «pequeño mundo» personal será también infiel al vasto mundo, al universo. Asomado a la barandilla de algún barco o a la ventanilla de cualquier tren, con una leve «nostalgia» pero emocionado por la belleza del universo y deseoso de expresarlo con palabras, una voz interior, triste y poderosa me advertía que mi entusiasmo, mi nostalgia y mis pasiones eran artificiales y fingidos, que en realidad no tenía nada que ver con aquellos paisajes y no deseaba viajar a ningún sitio.
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Se trata de un estado angustioso, repleto de dudas constantes —de que el mundo no es tal como nos imaginamos— y de un entusiasmo exagerado y obligatorio por tener una tarea tan importante que cumplir: la de revelar todos los secretos del universo, uno por uno.
lunes, 19 de enero de 2009
Il fu Mattia Pascal
Mi ciudad invisible
Marco Polo describe las calles, los pasos, las luces, los sueños, las nubes de cada ciudad que encuentra, que inventa, que imagina, que anhela. Las ciudades son distintas unas de otras, tienen nombres diversos que las denominan y sin embargo, no es ese el motivo que las diferencia, sino la mirada que Marco Polo lanza sobre ellas.
En el libro Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, Marco Polo habla de ciudades inventadas, las describe tal como él las ha sentido, las relaciona con las partes del cuerpo, con los adjetivos, con las pasiones. Sin embargo, entre tanta metáfora, en un momento de debilidad, Marco Polo reconoce que para él sí hay una ciudad de la que nazcan todas las que él narra. Esa ciudad es Venecia y todas parten de ella. Es entonces, cuando se le sabe "el truco", cuando parte del mito cae, cuando la imaginación pierde puntos en el juego a muerte contra la realidad. Marco Polo acaba haciendo visible su ciudad invisible.
Desde la última ciudad que habito leí Le città invisibili. Entiendo entonces la patente invisibilidad de que cada ciudad a la que llego para luego marchar, en la que abro puertas que luego no encajan en sus marcos, que empiezo a bordar retazos que siempre dejo inacabados. “Quisiera ir siempre lejos, viajar si pausa, encontrarme cada día en un nuevo lugar del que lo ignore todo, en el que todo esté por descubrir, en el que abra los ojos a cada momento del día…” y recuerdo los versos leídos en la adolescencia y pegados a mí como una presión que no se sacia. Y la ciudad invisible vuelve a perseguirme, a empujarme a la escapada, a la excusa de buscar más allá de donde ya no hay nada.
Y la inutilidad se mezcla con la confianza y con la duda, con los caminos que no se unen. Mis ciudades invisibles, como las de Marco Polo, también tienen nombre. Nombres reales de ciudades físicamente reales. Y tienen calles y nubes y sueños. Y tienen edad. Y tienen sobre todo rostros. Mis ciudades invisibles son San Fernando y Cádiz. Y es Huelva, ciudad eterna. Y es Sevilla. Y es Segovia. Y es Venecia. Y es Aranjuez. Y es Madrid. Y es ahora en Italia, Perugia. Pero todas mis ciudades invisibles, tan visibles como mi recorrido vital, comparten, llegado el momento, la necesidad de huir de ellas, los cuerpos calcinados que deja atrás la lava de un volcán que erupciona en el momento más inadecuado. Quizás de todas ellas, sólo en Segovia me sentí, en un momento dado, absolutamente inmersa en ella, parte del cuadro. O quizás es sólo el recuerdo que transforma a nuestro antojo. Hay más ciudades invisibles en mí además de las que conforman un currículum, ciudades idealizadas como Buenos Aires, ciudades visitadas con la sorpresa de un regalo o con la certeza de una despedida, ciudades soñadas y ciudades, que como las suyas para Marco Polo, son producto de una mezcla de recuerdos y anhelos, de realidades y fantasías.
Y cuando la ciudad te atrapa, te enamora, te asfixia, te cubre, te llena, te regala, te amarga, te endulza… entonces, te hace invisible. Y en ese momento, miles de preguntas se amontonan: ¿es suficiente con cambiar de escenario? ¿con sumar nombres en la cadena de sueños? ¿con cambiar rostros y camas? ¿Es probar lo mismo que huir? ¿Es llorar lo mismo que reír? ¿Son tan fieles las dudas como infieles las certezas?
Aquellos versos leídos en la adolescencia tenían un pero, una pega: anhelar el cambio implicaba añorar lo controlado, la inconformidad siempre constante, la soledad acompañada siempre del temor y de la duda.
“E´arrivata l´ora di andare…”, leo. ¿De verdad llegó la hora? ¿La hora de qué y para qué? ¿De huidas confundidas con pasiones? ¿De cambios equivocados con novedades? ¿De un hasta luego convertido en adiós? “Somos aves de paso que volamos por instinto”, decía una canción, pero ¿qué pasa si las alas pesan y la niebla impide ver el camino? ¿o qué pasa si el camino no es otro que la misma ciudad invisible de la que sólo cambia el nombre? Si Marco Polo por más que viajaba sólo encontraba réplicas de su Venecia, ¿por qué lo demás vamos a llegar a ciudades diferentes de las que partimos? ... ¿o cómo saber si existe una ciudad que le ponga nombre a mi ciudad invisible?





