lunes, 19 de octubre de 2009

Kafka y la muñeca viajera

“Algún día, cuando deje de escribirte –continuó Franz Kafka– las dos sabremos que la una sin la otra no habríamos llegado nunca tan lejos”.


Era 1923, una fría tarde alemana. Franz Kafka acostumbraba, como cada día, a pasear por el parque Steglitz en Berlín. De pronto, algo le llamó la atención. Una niña, de unos siete años, lloraba desconsolada. Nadie parecía atender a su desesperación.

El escritor se acercó y le preguntó el motivo de su llanto. La niña, tímida pero, al mismo tiempo, confiada como todos los niños, le contó su drama: había perdido a su muñeca.

Ante la impotencia, Kafka utilizó su fantasía y le dijo a la niña que su muñeca no estaba perdida, sino que se había marchado de viaje, y que, de hecho, él era el cartero de muñecas y la suya le había dejado una carta.

La niña, que como a veces pasa, necesitaba creer, creyó.

Al día siguiente, Kafka le llevó a la niña la carta de su muñeca, en ella le contaba dónde se encontraba y qué maravillas vivía. Londres, París, América, la sábana africana... El mundo es ancho, pensaron Kafka y la niña. Y durante tres semanas, la niña recibió diariamente misiva de su muñeca.


Esta historia salió a la luz relatada por Nora Diamant, la compañera del escritor en aquella época, que explicó como Kafka para escribir aquellas cartas entraba “en el mismo estado de tensión nerviosa que lo poseía cada vez que se sentaba a su escritorio, así fuera para escribir una carta o una postal". La ansiedad de escribir…

Durante años, el estudioso de Kafka, Klaus Wagenbach, buscó a la niña, ya convertida en una abuela, que fuese la única destinataria de aquella obra epistolar. Nunca logró encontrarla, ni a la pequeña ni a aquellas cartas.

Tiempo después, el periodista César Aira trató el asunto en el Babelia de El País.

El escritor catalán Jordi Sierra i Fabra leyó aquel día el suplemento y, a raíz de aquello, llevó a la práctica su particular visión. Así nació el libro Kafka y la muñeca viajera, editado por Siruela. Fabra crea su propio Kafka, con la ternura y la innovación que acostumbra a usar en sus libros juveniles.

“El mayor absurdo depende de la sinceridad con que se cuenta”, dice el libro en un momento dado. A veces, sobre todo cuando nos vamos haciendo más mayores, es imprescindible leer con la misma intensidad que leímos los libros juveniles, conservar la exacta capacidad de asombro que tuvimos cuando fuimos niños... creer, sin prejuicios ni dudas, en las cartas de muñecas.

3 comentarios:

estrella de mar dijo...

pss psss...

bienvenida a Madrid. Calor por las mañanas, medio frío por las noches. Más vagabundos y pobres que cuando te fuiste (la crisis pasa facturas).

Los mismos niñatos de siempre. Los canis y los macarras...

Creo que hay pocas cosas nuevas,ya lo verás.

hatoros dijo...

QUÉ RAZÓN Y QUÉ HERMOSURA
BESOS AMIGA

PATRICIA GARDEU dijo...

Gracias, iré haciéndome a esta ciudad... Besos a los dos.