lunes, 31 de marzo de 2008

OPORTO - LONDRES - LISBOA

PREFACIO

“Los prefacios son siempre sospechosos. (…) Pero el viaje es de por sí un continuo preámbulo, un preludio de algo que siempre está por venir y siempre a la vuelta de la esquina; partir, detenerse, volver atrás, hacer y deshacer las maletas, describir en el cuaderno el paisaje que, mientras se atraviesa, huye, se disgrega y se recompone como una secuencia cinematográfica con sus fundidos y reajustes, o como un rostro que cambia con el paso del tiempo.

El prefacio es una especie de maleta, un neceser que forma parte del viaje; al partir, cuando se meten dentro las pocas cosas previsiblemente indispensables olvidando siempre algo esencial; durante el camino, cuando se va recogiendo lo que se quiere llevar a casa; al regresar, cuando se abre el equipaje y no se encuentran las cosas que nos habían parecido más importantes y aparecen en cambio objetos que no se recuerda haber metido dentro. Lo mismo sucede con la escritura; algo que mientras se viajaba y se vivía parecía fundamental, se ha desvanecido, en el papel ya no está, en tanto que toma cuerpo imperiosamente y se impone como esencial algo que en la vida –en el viaje de la vida– apenas habíamos notado.

El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo. (…) Viajar es también diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura. (…) Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.”

Extraído del Prefacio de El infinito viajar, de Claudio Magris.

OPORTO

Irremediablemente huele a lluvia, una lluvia tan torrencial que presentimos no salga el avión. Pero el avión llega a puerto. La lluvia en las ciudades es triste pero en Oporto realza el verde y se lanza a fogonazos contra el Duero convertido ya en río Douro. La ciudad se sostiene bajo una sonata de otoño, melancólica, rojiza, y no sé si son mis ojos los que la ven hermosamente triste o es así la ciudad ante cualquiera. Presiento que es mi mirada, que se introduce en Oporto con aromas de despedidas, con sonidos de gaviotas.

El suelo, ese característico suelo blanquecino portugués, resbala, presintiendo las caídas, tan irremediables como la lluvia.

Mi amiga María se ha hecho a la ciudad como una portuguesa más. Bajamos a la Ribeira, cruzamos el Puente de Dom Luis y contemplamos el color de Oporto desde Vila Nova de Gaia. Huele a humo de tabaco de liar y atardece. El tiempo pasa aunque nos queramos quedar allí sentados para siempre y la lluvia, que había cesado, vuelve a hacer de las suyas y ha despertarnos de nuestra ensoñación.

El lunes 11 de marzo comenzó el viaje en un avión Madrid-Oporto. Alejandro me acompaña, María y Pablo nos esperan en su destino Erasmus. La rutina los obliga a acudir a sus trabajos diarios mientras Ale y yo nos perdemos entre las calles de Oporto, ganseamos como siempre, nos reímos, nos comprendemos y nos presentimos. Si aquí cesara, si así fuese siempre, si la vida fuese tan fácil como lo son las miradas.

Las gaviotas se bañan en un charco como patos y yo, mientras, practico italiano con un turista perdido a los pies de la catedral. Los restos del muro de los Bacalhoeiros son reflejo de una ciudad sincera, sin artificios, recubierta de un musgo palpitante, de un verde que brilla en los breves momentos en que luce el sol.

Seremos fieles al Mercado de Bolhao, quieren destruirlo y hacer otro centro comercial, otro de tantos, pero el mercado es auténtico y te sirven arroz y bolinhos de bacalhau.

Una noche cenamos Francesinha. En la puerta un cartel reza: “So´você e eu sabemos aonde ela nasceu”. Es el restaurante Regaleira y nos cuenta el dueño que hace más de cincuenta años, un grupo de estudiantes quiso gastar una broma a un compañero, obligándole a comer una especie de sándwich en el que mezclaron todo tipo de alimentos que fueron encontrando por la cocina. Pero el experimento quedó rico y cada noche los estudiantes volvieron al restaurante a reclamar ese extraño sándwich al que por su queso fundido llaman Francesinha, y que es hoy en día la comida más típica de Oporto.

También anécdotas aguardaba la Librería Lello, es considerada la tercera más hermosa del mundo, pero sus dueños están convencidos de que debería ser la primera, ya que fue la única de las tres que nació con el objetivo de ser una librería, las otras tuvieron otros fines, como el de ser un teatro, y con el tiempo se fueron convirtiendo en librerías.

La playa nos aguardó, sin embargo, bajo un día soleado. Un castillito que a mí me recordó al Castillo de Santi Petri de San Fernando en Cádiz, y una sección de fotos aprovechando el sol. Patatas revueltas y sangría. Lecturas adormecidas y sueños. Se escucha un run-run de un tranvía clásico. El mismo mar de todos los veranos, aunque sea la primera vez que estamos aquí. Las promesas de siempre. Y el sol cegador.

Me he enamorado de Oporto, ha sido el sitio perfecto para decir adiós. Adiós, por ejemplo, a Alejandro, que lo veo marchar de vuelta a Madrid. Mientras, María y yo, hacemos a medias una maleta para cruzar hacia la isla de libertades. Y estamos nerviosas.

LONDRES

(Uno siempre se imagina Londres bajo una espesa niebla...)

Llegamos a medianoche. Atravesamos un suelo recubierto de moquetas y nos encontramos María, Cristina y yo en el aeropuerto de Stansted, sólo faltaba Elena en el viaje. Dispuestas a comernos Londres, o al menos, a que Londres no nos devorara a nosotras, armadas con un saco de dormir, tres barras de fuet, latas de atún, setenta y cinco libras, un diccionario de inglés y unas ansias tremendas por conocer la city.


“Solía ir a ver películas inglesas sólo para familiarizarme con las calles. Recuerdo que años atrás un muchacho al que conocía me dijo que las personas que viajaban a Inglaterra encontraban exactamente lo que buscaban. Yo le dije que buscaría la Inglaterra de la literatura inglesa, y él asintió y me dijo: Está allí.”

84, Charing Cross Road de Helene Hanff.

En el último mes me había leído 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff; Historias de Londres, de Enric González y Londres, de Julio Camba...

Llevaba en la mochila fotocopias que señalaban lugares que no podíamos perdernos, apuntes de lugares con personajes curiosos, imágenes de calles que en su día habían sido emblemáticas… y así, echándole persuasión y obligando a que trabajara nuestra imaginación, arrastraba a Cristina y a María por las calles soñadas. "¿Qué vamos a perseguir ahora?", me decían con rintintín… y yo las empujaba a encontrar a Peter Pan, a buscar los recuerdos de Helene Hanff o a imaginar como una calle gris de oficinas y bancos en la que llovía sin cesar, Fleet Street, un día fue “la calle de la tinta”, olía a Periodismo y los bares tenían que colocar teléfonos en sus locales para que los asiduos periodistas pudieran trabajar desde allí. Menos mal que se nos dio bien lo de la imaginación…

¿Quién dice que Londres no es una ciudad para enamorarse?

El cambio de guardia del Buckingham Palace animado por música de The Beatles.

Tower Bridge... impresionante.

Dicen que es la noria más alta del mundo... fijo que también la más cara.
Cambiamos el Mercado de Notthing hill (¿para la próxima?) por el de Camden y eran impresionantes las fachadas de las tiendas: era todo colorido, pelos pinchos, crestas, luces, hombres-palo, botas de colores, rostros blancos, ojos verdes, amarillos, rosas, naranjas, camisetas, gorras, risas, medias con dibujos...
y pompas de jabón.

Te quedas sin palabras cuando ves que esto es un museo. Y que en la misma calle hay dos museos más, dos museos más de estas dimensiones. Y en el barrio vecino, aún quedan más museos.... y además gratis... lo que hicieron por Londres Alberto y Victoria... Éste es el Natural Histor Museum, donde reposan los esqueletos de inmensos dinosaurios.

Vimos todo lo que aparece en esas guías sobre qué ver en tres días en Londres, anduvimos mucho, tomamos metros Onderground y Overground, autobuses rojos de dos plantas, tomamos café italiano, cervezas en el Soho, recorrimos Oxford Street, callejeamos… Nuestro albergue estaba en el centro de la ciudad, en Picadilly; por el día, la gente correteaba, se escondía debajo de los paraguas, y parecía divertirse, ajena a esa imagen estereotipada de ingleses sosos y aburridos. Por la noche se encedían las luces de los teatros: Grease a las puertas del albergue, Mamma Mia, The Phanton of the Opera, We will rock you… Luces, colores, jolgorio… la noche londinense no duerme.

El domingo entramos en The National Gallery y en el Museo Británico. Quizás nos esperábamos más grandes Los girasoles de Van Gogh. A Cristina le gustó La Venus del espejo de Velázquez, yo prefería los reflejos en el agua de Monet. Siempre me gustaron los cuadros con verdes y azules, con mar, con campo, con luz.

No nos quedó duda de por qué el Museo Británico es llamado el "Museo de los ladrones". Todo está allí, absolutamente todo. Estás en China y en la sala continua estás en Sudamérica, ¿qué pensarán los griegos de que queden más restos del Parthenon en Londres que en Atenas? La sensación recorriendo el museo es “Oh, cuántos lugares quiero visitar…” aunque luego piensas, “todo está aquí… con razón los ingleses son los jefes de Europa.”.


En mi casa siempre se celebraban los santos, te regalaban cosas y te llamaban tus tíos y abuelos para felicitarte… Este año, la fiesta estaba montada. Las colonias de irlandeses que viven en Londres se echaron a la calle durante todo el fin de semana para celebrar St Patrick´s day. En ellos sí es cierta la diversión que los caracteriza, el carácter agradable. Las calles estaban coloreadas con tréboles verdes, la música se alzaba por encima de la lluvia y la cabalgata en tonos anaranjados y rojizos bajó desde Picadilly con niños cantando subidos en monociclos. Fue la cabalgata de nuestra despedida...

Los parques londinenses a mí me recordaban a 101 dálmatas… pero no a la película de Disney, me recordaban a mi libro de 101 dálmatas de tapas rojas... el chico que mira por la ventana... seguro que miraba hacia Hyde Park... ese parque era el tantas veces imaginado... y me hubiese pasado todo el día jugando con las ardillas, dándoles de comer como si fueran patos… qué parques más impresionantes, qué maravilla... montarte a caballo por Green Park, por Hyde Park… y volar. Verde, verde, verde…

Y el reloj marcó la hora de la partida. No pensé que Londres fuera a impresionarme tanto. No eran los palacios ni los museos ni los puentes ni las torres, o al menos, no sólo era eso. Era otra cosa. Eran las sensaciones, el ambiente. Londres no era gris ni aburrida, no era altiva ni prepotente, no era cotilla, ni crítica, ni imprudente, ni perezosa.

Londres es atrevida, es atrayente.

Londres es como las sirenas que enamoraban a los marineros, te atrae con su canto y te obliga a lanzarte al mar.


LISBOA

Si desayunas en Londres, almuerzas en Oporto y cenas en Lisboa te desconciertas un poco. La decadencia de Oporto y la luz de Londres me habían atrapado y llegué a Lisboa un tanto aturdida, aún en una de esas nubes que habíamos atravesado en el avión.

Jorge Lobo vino a recogerme a la estación. Además de Iñigo, una madre y una niña de once meses esperaban en casa. El inglés debia ser nuestro medio de conversación, y hablé más inglés en Lisboa que en Londres, y, una vez más, me dije... "es irremediable, tengo que aprender inglés". Pero cuando llego a casa se me pasan las ganas...

Durante cuatro días me recorrí las calles lisboetas, en solitario, haciendo fotografías desde cada mirador, a cada rincón de azulejos azules, a cada portuguesa con pañuelo en la cabeza, a cada tendedero de rutinas diarias, a cada suelo, a cada taza de café… y por la noche, acompañada de amigos, me deje envolver por los fados melancólicos.

Una de esas noches camino a casa nos atrapó la voz de una portuguesa y seguimos la pista de su voz que nos llevó hacia una taberna a los pies de una escalera. "Nunca me sentí portuguesa, nos contó, no soy de Lisboa ni de ninguno de estos lugares, yo soy del mundo entero, yo vivo en todas partes". Luego continuó cantando. Le cantaba un fado de despedida a una amiga que marchaba, le regalaba una parte de ella. Después continuó entre vinos contándonos: "jamás salí de Portugal, ni siquiera conocí España, sin embargo, mi modo de viajar es otro". Lisboa es esa cantante de fados, esa mujer.

El fado nos acompañó durante todo el viaje, el fado regalado con una majestuosa generosidad, un fado que acompañó muchas sinceridades, muchas cuentas con el pasado.


Uno de aquellos días me acerqué a la Torre de Belén, al Monasterio de los Jerónimos, a la Fábrica de pasteles... desde allí observé todo lo que pasaba a mi alrededor, el tipo de familias que allí se encontraban, las parejas bajo un mismo paraguas, con lo incómodo que es, los turistas extranjeros, los españoles que armaban mucho más jaleo, los niños.


Sé que a veces soy demasiado agresiva analizando todo cuanto me rodea, sé que hay quienes se sienten violentados ante mi mirada que capta despierta cada detalle. Pero no puedo remediarlo. Allí en Lisboa podía pasar desapercibida, centrarme en los detalles. Luego en la vida diaria resulta más difícil, por eso, cuando la objetividad y la observación se quedan cortas, cuando no me basta con mirar las fotos que cuelgan en las paredes, leer entre líneas y presentir las miradas, entra en juego la imaginación…

Otro día, enamorada de los gatos como una vieja loca, me perdí por un cementerio histórico. Las fotos no lograron captar esas miradas felinas. Pero por algo fueron tan adorados por los egipcios desde el 2900 a.C. Qué mejor reflejo de la ambigüedad. Qué exactitud contiene la palabra ambigüedad.

Sintra fue también destino. Demasiadas cosas por ver en la villa portuguesa, demasiados turistas.

El Castelo dos Mouros, el Palacio de Pena, el Palacio Nacional, la Quinta da Regaleira…. Cuesta arriba, cuesta abajo… imágenes panorámicas y secretos escondidos en el bosque, huidas, repúblicas y pastas con café. Sintra es un pozo sin fondo, una librería, una cueva, un tesoro, una pareja de toledanos que se hicieron pasar por mis padres, una flor china, pajaritos y dinero. Son también soledades y quesadillas. Volví cansada y con las botas rotas.

También cruzamos el Tajo, un ancho río a punto de desembocar al mar, al océano en este caso. Y ese día, como despedida, lució el sol. Un sol intensamente luminoso.

Yo fui dejando zapatos por el camino, las deportivas olvidadas en Oporto, las botas a cachitos por Londres y Lisboa. Los viajes también son una pérdida, supone decir adiós a los anhelos. Presentí la importancia del viaje y también disfruté de él. Fue más reencuentro que huida. Y al volver a casa, si es que sabes cual es tu casa, se amontonan las sensaciones, las sentidas y las imaginadas. Ha sido divertido. Y ahora, hay que enfrentarse nuevamente con la realidad, cambiar de suelo.


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