domingo, 13 de febrero de 2011

Desde el corredor de la muerte

Demolición (este verano) del antiguo edificio de ABC

Primero, los lectores -que en aquellas eramos estudiantes de periodismo- nos enterábamos de los despidos por las webs paralelas. En en este caso, si echaban a alguien de ABC, lo leíamos en PRNoticias. Una de las reglas que te enseñan en primero de carrera es la de la cercanía: dos muertos en tu barrio te afectan mucho más que veinte en China. 
Con los despidos pasa lo mismo. Al verlos en otros gremios, dices: "Pobres...".
Cuando pasan al tuyo, piensas: "Joder, pues se va a complicar el asunto".
Si conoces a los que echan, cambia el planteamiento. 

No necesité demasiado tiempo, cuando hace un año y medio empecé a cursar el máster de ABC, para darme cuenta de las consecuencias emocionales que el último ERE había dejado entre los trabajadores del diario poco antes de nosotros aterrizar. Nosotros, los quince masterópodos, lo vivimos ajenos, criticando un mal ambiente y una crispación que no entendíamos y que nunca llegamos a comprender del todo. 


Un día, vino a darnos una clase durante el máster una de esas periodistas del ERE. Pero ni siquiera lo nombró. A mí me maravilló su vitalidad. 


Meses después, al entrar a hacer las prácticas y verme sumergida de lleno en la redacción, pude experimentar lo desagradable que es trabajar en un lugar donde la gente no se soporta, donde prima el rencor. Lo entendí entonces, pero ahora, que estoy trabajando en un diario en el que las muchas horas se llevan con muy buena cara, lo puedo ratificar: cambia completamente la situación de trabajar en un sitio con mal ambiente a hacerlo en un lugar donde la gente debate y se ríe y existe el compañerismo. 

A mi parecer, en ABC no hacían buen equipo y, sin embargo, entre ellos había, y hay, algunos que, además de ser excelentes profesionales, demostraban que aún valían más como personas. En cinco meses, real o no, pero te da tiempo a formarte una subjetiva e irracional opinión de la gente y a decidir de quién te fías y de quién no. 

Solo presenciamos un despido durante nuestras andanzas en ABC. Fue al principio, de una mujer de la sección de Sociedad. Se nos cayó el alma a los pies a mi compañera y a mí cuando, a los pocos días de su cese, llegó para ella una carta y nadie se hizo cargo, una carta que llegaba demasiado tarde.

Finalizó un año intenso y cada uno de nosotros, ya masterizados, continuamos rumbo a nuestras vidas.  Antes de marcharme, me enteré de un despido (ajeno a ABC pero también de una periodista) que, por lo que significaba para mí, me dejó boquiabierta.
Después me fui. Viviendo en Irlanda, empecé a leer y a oír las crónicas de los despedidos que se fueron produciendo en ABC a partir de octubre. Incluso a un jefe problemático al que en su día hubieses deseado perder de vista es traumatizante verlo salir haciendo 'mutis por el foro'.
Recuerdo los primeros mensajes de sorpresa entre los ex-masterópodos: "Oye, ¿Te has enterado que han echado a fulanito? Muy fuerte". 

Después la vida sigue. Y de vez en cuando, llega el llanto de un nuevo despido. Facebook, twitter o PRNoticias, o que como ellos eres periodista, complica cualquier intención de mantenerte al margen. 

Y entonces, vuelve a aparecer otra noticia. Y junto a nombres de periodistas que conocías bien y que ahora están en la calle, aparece otra información: Llevan 20 despidos. Se contratarán a 15 jóvenes periodistas de perfil multimedia. Habrá para ello que despedir a otros 20 más de los antiguos.

Quedé con algunos de mis compañeros hace unos días, cinco meses después de habernos despedido juntos del diario. De 15 periodistas que hicimos el máster, y según tengo entendido, dos se quedaron en ABC con sueldos ínfimos y dos hemos tenido la suerte de encontrar trabajo como redactoras. Dos están con becas en empresas de comunicación, una en Nueva York; la otra, a escasos metros del diario. Tres han optado por mejorar el inglés, y una el italiano. Algunos empiezan a buscarse la vida como 'freelance' y otros están empleados en trabajos desmotivadores ajenos a la profesión. No sé si la estadística es muy buena.
Conozco a los 14, he compartido con ellos muchos agobios y, profesionalmente, apuesto sin dudas por todos ellos, por cada uno de ellos. 

Claro que soy consciente de que cada despido es una oportunidad. Pero ser consciente de esa dualidad me martiriza: es la alegría de escuchar a amigos decir "Creo que me van a llamar" al mismo tiempo que otros me dicen "Es como estar en el corredor de la muerte". Una paradoja que me hacer odiar una profesión tan desagradecida y traicionera como es la del periodismo. 

Una de las noticias que me han enviado no hace mucho, versa sobre alguien que, en el máster, conocemos muy bien. Percibí, y ya no sé si será cosa mía, cierta ironía en la noticia: una descripción que le achacaban ser la mano negra que hace "el trabajo sucio". Pero lo conozco, me ha enseñado mucho y defendería su dignidad profesional y humana hasta el fondo. Él no juega a voleo.  

Tengo la sensación (y la certeza) de que se me escapan muchos entresijos. 

Hay dos últimos despidos de ABC que no dejan de darme vueltas en la cabeza desde hace unos días. De uno me enteré por un mensaje; del otro, por PRNoticias. Leer en los muros de Facebook de estas dos amigas los mensajes de apoyo de sus compañeros me sirvieron para verificar que era cierto, que a los dos las habían despedidos. Dos redactoras de las que aprendí durante cinco meses, pero, además, de las que me hicieron reír mucho en una redacción en la que reír no es tan fácil. Ambas mayores de cincuenta años, amantes de contar recuerdos, y grandes periodistas. No sé si ellas se creyeron imprescindibles en ABC. Yo sí pensé que serían intocables e irremplazables. Pero, por lo visto, ellas apostaron por una empresa que ahora prescinde de parte de sus servicios. 

Por todo eso no dejo de darle vuelta a todos estos despidos. Quizás no debería afectarme, y menos ahora, que estoy trabajando en un medio en el que me siento cómoda y con unos compañeros entre los que me siento acogida y con unos jefes que me dan seguridad. Pero no puedo mantenerme al margen, no darle vueltas a la ingratitud de esta profesión. 

Cuando llegué a Ceuta, entre mis compañeros había uno llegado tan solo un mes antes que yo. Eramos (y somos) los novatos, pero con la diferencia de la edad. Él es más mayor y tiene dos hijos adolescentes. Es la víctima de uno de esos ERE que redujo plantillas en los diarios de toda España hace dos años. Me admira el ánimo con el que vuelve a coger las riendas de su vida pero me demuestra, una vez más, que esta profesión tiene mucho más de crueldad que de belleza

Darlo todo, limitar tu vida, renunciar a las relaciones personales por una profesión absorbente, por un oficio que no sabes cómo dejar de amar pero que, al mismo tiempo, te hace plantearte si serás capaz de soportar tanta mezquinidad, y si te compensa... 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Eso sucede en todas las profesiones no solo en el periodismo. No se trata de amas o no al periodismo, la culpa es del sistema.

Cris Durle dijo...

Ingrata, cierto, pero un segundo de satisfaccion hace que te compense cinco meses de sufrimiento. Qué ironía! Es el masoquismo de las letras y lo peor es que no deja de gustarme. Un abrazo fuerte a tod@s, a esos que han entregado su vida a un medio que ahora les vuelve la espalda. Me recuerda al cuento de Alicia en el Pais de las Maravillas cuando la reina roja gritaba a su antijo: que le corten la cabeza! Un beso gigante pequeña caballa de adopcion,me alegre de que hayas encontrado el compañerismo que tanto echaste de menos (jejeje). un besote gordo a todos los masterópodos.