
martes, 31 de marzo de 2009
Festival del Giornalismo (I)

Echo de menos

lunes, 30 de marzo de 2009
Anexo de lunes a la entrada Pdl
Berlusconi cerrò anoche el congreso para la creaciòn del Pdl pidiendo màs poder. Se pregunta (el pobre...) por què en otros lugares (o tiempos) el poder es ilimitado y a èl le tienen que poner restricciones...
El presidente, que se autodenomina "misionario de la libertad", dijo (de paso...) que "la crisis que se ha difundido por el mundo opera de un virus llegado de los Estados Unidos y que ha entrado en el cuerpo sano de nuestro paìs".
Por ùltimo, dos cosas: primero, una cita de Indro Montanelli de 1.960: "En Italia hay libertad; lo que no hay es la costumbre de usarla".
Segundo, un detalle del congreso: los senadores del Pdl despuès del congreso escribieron "un sms por la libertad", el màs original serà publicado en Internet...
En el video, Sabina Guzzanti imita a Berlusconi en versión Duce...
domingo, 29 de marzo de 2009
No debería
El Pdl
- No se hagan ustedes ilusiones; nosotros los españoles somos todos anarquistas, queramos o no. Esto no se arregla ni con socialismo ni con comunismo, y tú –el anarquista se encaró con el republicano–, a ti no se te ha perdido nada en esto. Lo que necesitamos es una nueva sociedad no con puntales, sino sentada sobre los sólidos cimientos de…
- Bueno, bueno… Lo primero es que yo no tengo ganas de oír vuestros discursos dos veces…
ESPAÑA. Año 1.935. Arturo Barea.
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Luego sigue: “Berlusconi inaugura il congresso Pdl dividendo l’Italia in buoni e cattivi”. Buenos y malos...
Parece que las derechas han tenido siempre mucho más claro que las izquierdas que “la unión hace la fuerza”. Así que el Pdl es fruto del acuerdo entre el partido de Berlusconi, Forza italia, y Alianza Nacional, de origen postfascista reconvertida al derechismo democrático por su líder, Gianfranco Fini. “Todo está listo para la coronación de Silvio Berlusconi como emperador de la derecha italiana.”, escribía el corresponsal Miguel Mora al respecto este viernes en El País.
Hoy se cerrará el congreso con el ¿nacimiento-consolidación? de una derecha muy fuerte, demasiado fuerte, troppo fuerte…. Diría que Dios nos pille confesados, pero es que Dios comparte mesa con Berlusconi en un restaurante de lujo cerca de la Plaza de San Pedro…
sábado, 28 de marzo de 2009
No son más silenciosos los espejos


jueves, 26 de marzo de 2009
El enamorado de los momentos
Una clase aburrida


miércoles, 25 de marzo de 2009
Aquella tarde... entre Derechos Humanos
martes, 24 de marzo de 2009
Sin palabras

Y si ya no nos quedan palabras, ¿qué hacemos?
Entonces,
¿qué tenemos que hacer cuando,
como ahora,
nos quedamos sin palabras?
domingo, 22 de marzo de 2009
Por ejemplo

Nieve en primavera.
Secretos a voces.
Tarde declamatoria.
Agradecimiento.
Dudas.
Corazones.
Memoria.
Playa en invierno.
Música a primera hora.
Protección en tus brazos.
Lo que no se puede decir.
Fragilidad.
Confusión.
Aficionados.
Amor.
Versos en la sopa.
Canciones.
Estatuas que derraman lágrimas.
Sus manos.
Domingo, por ejemplo.
Madrugones improductivos

Sábado. 7.30 de la mañana. Madrugo. Abro el netvibes.
¿Qué he hecho? Veo mi café introduciéndose por las teclas de mi ordenador. Me acelero, ya no hay remedio. Lo he vertido entero.
Papeles, libros y el pijama. Todo está impregnado de café. Lo peor: mi portátil nada en un baño de líquido marrón oscuro.
Lo seco con la toalla de hacer deporte. Un asco.
Parece que el ordenador ha sobrevivido… ¿o no?
El ratón táctil no va, tampoco funciona el teclado.
Lo presiono. Nada. No responden.
Y aún queda café por media habitación.
Suena el teléfono. ¿Ya son las 8? Joder!
¿Cómo se dice “Te doy mi palabra” en italiano?
¡Vaya desastre!¿”Ti porto la mia parola”? Fijo que no.
Apago el ordenador. Me bajo a la cocina. 8.30 de la mañana. Me hago otro café y me autoconvenzo: “cuando suba al cuarto, mi ordenador responderá”.
Me tomo el café en la mesa de la cocina, que para algo está.
He aquí la principal ventaja de la prensa en papel frente a la prensa digital: si viertes el café, las noticias no se esfuman, sólo se tiñen de color sepia.
Pongo una lavadora. Miro por la ventana, (Nieva, nieva, nieva…) Me leo el capítulo “Dall´età giolittiana alla fine della libertà” del manual. Me voy a la calle a fotografiar la nieve. (O al menos, a respirar algo que no huela a café).

Funciona el ratón táctil y las teclas del número 1 y la letra W.
Nada más.
¿Qué hago con un 1 y una W?
Puedo ver páginas Web pero no escribir.
Bueno sí, escribo dos líneas uniendo letras de archivos de Word.
P-e-r-u-g-i-a. Siete corta-pega para una palabra.
Quiero escribir, quiero escribir, quiero escribir.
Me desespero. Me como un plato de pasta: macarrones y espaguetis al mismo tiempo. Qué confusión.
14.30. Me meto debajo del edredón. Me quedo dormida. 15.30. Me despierto. No quiero salir de debajo del edredón. Pero salgo.
Me leo dos capítulos de La Tregua.
Tercer intento de resucitar al ordenador. Esta vez, armada. Dos cuchillos, un cúter y una cosa de éstas de quitar la suciedad de las uñas. Me pongo a desmontar el ordenador. Me sobra un tornillo. Sí, sí, me sobra.
Recompongo el ordenador y dejo el tornillo fuera.
Nada. Pulsar una A es lo mismo que pulsar una N. Inutilidad.
¿Será que las palabras son sólo palabras y que lo mismo es hablar que callar?
Empiezo a hacer asociaciones raras, a ver señales y signos. A marcar fechas en rojo. A transformar recuerdos. Siento que quiero escribir y no puedo. En sentido literal.
El ordenador empezó la carrera conmigo. O la acabamos juntos o no la acaboa ninguno. Quién me mandaría subir a la Torre de Asinelli. Qué asco de inglés y de escaleras.
La polaca me dice que si cenamos juntas. Pero sólo son las 7 de la tarde.
Un par de llamadas de teléfono. Le paso –otra vez- la fregona a la habitación. Ni por esas. Sigue oliendo a café.
Leo algo más. Me ducho. Me lavo la cabeza. Último intento. Nada.
W y 1, y de vez en cuando, funciona la G.
Ni espacios en blanco puedo poner.
Hago más anotaciones mentales. Recorridos. Pienso en cosas que no debería pensar. Y vuelvo a hacer asimilaciones extrañas. 9 de la noche. Y éstas, en “giro” por el mundo. Roma una, Madrid otra, Berlín la tercera.
Cojo un folio en blanco. Como no escriba algo, aunque sean tonterías, voy a seguir pensando demasiado, incumpliendo promesas hechas cara a cara.
Mejor escribir que pensar.
Y sigue nevando. Dos días sin parar.
“Podrán cortar todas las flores pero no podrán detener la primavera”.
Por ese verso de Pablo Neruda le puse “Con margaritas” a mi blog.
¡Vaya comienzo de primavera!
Sin teclas y con copos de nieve. No entiendo nada.
¡Qué asco de sábado!
Decidido: mañana, no madrugo.
martes, 17 de marzo de 2009
La flaqueza del profesor

Llevaba cerca de dos horas levantado pero aún sentía que se le cerraban los ojos. Una ducha rápida con agua no muy caliente. Recoger los periódicos y desayunar mientras hacía una primera lectura, como llevaba haciendo metódicamente desde hacía treinta años, antes de coger el coche y conducir camino de la Universidad mientras escuchaba las noticias en la radio. Los mismos treinta años que llevaba suscrito a esos tres periódicos de ideologías diversas, como si eso importara. Eso es lo que se supone llevaba treinta años enseñando a sus alumnos: a no fiarse de una sola visión, a desarrollar una opinión crítica del mundo, a pensar por sí mismos. A veces salía contento de sus clases, como si hubiese recibido de mano de un alumno al que le doblaba la edad, una bocanada de aire fresco. Aunque no era esa la situación predominante.
Era un profesor universitario de renombre, respetado, venerado, y, probablemente, querido.
Cuando entro en el aula, había sólo una veintena de alumnos. Aún faltaban unos diez minutos para el inicio de la lección. Extendió los periódicos sobre la mesa, colocó un par de libros, sacó de la carpeta folios con apuntes, textos… y algunas cosas más, todo ordenado. Los asientos iban siendo ocupados, el rumor de voces iba cesando. Miraba a los alumnos con disimulo, con distancia.
Años dando clases magistrales. Sabía el respeto que despertaba entre los asistentes. No era un profesor cercano. Los alumnos le hablaban de usted y le consideraban un erudito. Le hablaban de usted, como si eso tuviese algún valor. Algunos se ponían nerviosos ante él, otros sentían orgullo de recibir clases de tal eminencia.
El silencio ganó todas las batallas frente al revuelo de alumnos. Lo miraban, esta vez ellos a él, detenidamente, expectantes.
Dos segundos antes de dirigirse al aula, a su masa, dudó.
Dudó si hablar o callar. Dudó que tuviese algún sentido lo que iba a contar. Dudó que le interesara no a ellos, sino a él mismo.
Fueron dos segundos de dubitación y de miedo. De asombro, de querer estar en otro lugar, de no sentirse nadie.
Dos largos segundos de terror y de angustia, en los que se sintió un pequeño punto en el momento de ser devorado por una inmensa mancha.
Ningún alumno captó en su mirada ni en su cuerpo nada extraño. Nadie se dio cuenta de aquellas sensaciones. Fueron dos segundos que no existieron para sus alumnos.
Durante dos segundos, sintió que sólo quería dormir, que hoy no estaba preparado para enfrentarse al mundo.
Fueron sus dos segundos de flaqueza.
Después, comenzó su clase.
domingo, 15 de marzo de 2009
Estambul, Praga y París
“Todos los días necesito ocuparme un tanto de la literatura para ser feliz”, escribió Orhan Pamuk en su libro La maleta de mi padre. Luego añade: “la literatura es la capacidad de hablar de nuestra propia historia como si fuera la de otros y la de otros como si fuera la nuestra”.
Con textos evocando una mística Estambul comenzó anoche una preciosa lectura dramatizada en el Teatro Morlacchi de Perugia.
El teatro rebosaba de gente. En el palco central de la tercera planta estábamos dos polacos, dos italianas y yo, una española. En el escenario, entre rojos aterciopelados, en un teatro en el que hacía dos días había estado aprendiendo entre bambalinas, dos actores y una actriz italianos, Neri Marcorè, Piero Dorfles y Corinna Lo Castro, nos llevaron a través de sus lecturas, acompañadas de anécdotas, por un “Viaggio nella letteratura europea: Istambul, Praga, Parigi”.
Empezaron con Estambul. “Pescan y te ofrecen los peces con mantequilla, así, de inmediato”, dijo uno de los actores. Y empezaron a hablar de almas y alter egos. Alguno leyó algo que venía a decir que el mundo es más real en nuestra cabeza que en las calles que pisamos a diario. Y el viaje literario llegó hasta el Realismo mágico de la lietaratura latinoamericana. Con las palabras y las evocaciones, el viaje es más rápido que en el avión.
El turco Pamuk relataba en sus textos la importancia que tuvo en su vida la inmensa biblioteca de su padre. No había leído todos los libros pero los conocía todos, sabía de su tacto y de su historia. La noche comenzó mezclando viajes y literatura, el oficio de escribir y el de vagar.
“Ancora oggi”, eran las palabras que daban inicio a la literatura de Praga: “Todavía hoy, a las cinco de la tarde, Kafka retorna a su casa por las calles de Praga”. Era la voz de Angelo Maria Ripellino en su libro Praga Mágica. Es posible que en 1973, cuando se publicó el libro, pudiese utilizarse ese “ancora oggi”... Algo más de treinta años después de aquello, hace cuatro días, tuvimos que recorrernos media Praga preguntando porque nadie estaba seguro de dónde quedaba la casa natal de Kafka… A veces la literatura tiene más fuerza que la realidad. En algo, sin embargo, sí coincido con Ripellino: “el punto más mágico de Praga es el Josefov, el barrio judío”. Algunos retazos de Anedotti Ebraici di Praga, de Vladimir Karbusicky, y billete a la última parada.
París. “Centro de bohemía y patria del literato”, fue la primera descripción que leyeron. Yo que nunca he estado en la capital francesa, sólo puedo imaginármela con sabor a absenta y con la banda sonora de Moulin Rouge. Por eso creo que es una ciudad que me gustará más en la imaginación que en la realidad. Algo une a las capitales, recuerda uno de los actores: “El París de 1800 ya hablaba del anonimato de las grandes ciudades en contra del provincianismo como símbolo de la modernidad”. “Anonimato y soledad”, recalca. “Deseada y necesaria, la de la capital y la del escritor”, añade el otro actor.
Viajes, choques culturales, multietnicidad, palabras encadenadas y suspiros.
El viaje tuvo una parada de regalo.
sábado, 14 de marzo de 2009
Cocer los espaguetis

- Recibidas las órdenes - dijo alguien.
- Me parece bien.
- No, no había opción a réplica - le contestaron.
- En cualquier caso, lo acepto.
- Me gustas con el pelo rojo. Pero no me mires. Sigue leyendo. Pareces hasta real.
Vale.
Y se quedó en un rincón. Había perdido el sombrero. Y dentro, llevaba la dignidad.
- No sé de qué me hablas.
- Sí lo sabes. Lo vimos juntos el día que viajamos a Saturno.
- No te entiendo.
-No hace falta. Nunca lo hiciste.
¿Cual es ese planeta que estudiamos en la escuela y que cuando crecimos dejó de ser un planeta?
- ¿Hasta ahí hemos llegado? - preguntó con retintín.
- Odio que me digas esas cosas.
- No lo puedo remediar.
- ¿Por qué?
- Porque tengo miedo.
- ¿A qué?
- A las voces.
Ocho minutos. Los espaguetis ya están cocidos.
- No importa.
- Sí importa. Siempre importa. Eso indica el final. Siempre lo hay.
- Siempre hay, ¿qué?
- Un final. Eso es lo que hay siempre. Sí importa, si no se pasan. Y los espaguetis blandos están muy feos.
jueves, 12 de marzo de 2009
domingo, 8 de marzo de 2009
¿El equilibrio?

“El futuro, al igual que la estabilidad, no es algo que se puede dar, se tiene que construir”. No sé de quién es la frase, pero si el futuro es incierto, la estabilidad me parece cada vez más una utopía. Por eso, si que no te la pueden dar parece estar claro, me pregunto si construirla por ti mismo es realmente factible o, en el fondo, estamos condenados al desequilibrio.
Puede que lo que pase es que seamos todos un poco masoquistas y nos guste regodearnos en nuestros desbarajustes emocionales. O puede que sea cierto que estamos tan perdidos que no sabemos encontrar los caminos con luz y acabamos tirándonos por veredas en penumbra.
Franz Kafka escribió: “Vivir es desviarnos incesantemente. De tal manera nos desviamos, que la confusión nos impide saber de qué nos estamos desviando". Muy apropiada la cita en tiempos de confusión. Igual el motivo por el que estamos confusos, y en consecuencia, nos desviamos constantemente, es porque no somos libres. Y no somos libres porque prometimos (no sabemos a quién) no decir jamás lo que realmente pensábamos y sentíamos.
Al final, todo son círculos, y creo que somos todos unos idiotas. Claro está que es más fácil usar la primera persona del plural que la primera del singular. Nos empeñamos en estar acompañados aunque estemos solos. No por escribir más fuerte se acortan distancias. Con la goma se borra el lápiz.
He desarrollado en los últimos tiempos, profundamente, mi capacidad de previsión. El problema es que presiento (o podría decir, sé) cuál será mi próximo estado emocional en relación a las cosas previas que haga, pero aún sabiéndolo, no lo manejo para sólo sacar estados de equilibrio, sino que, demasiado a menudo, me dejo arrastrar por un estado poco conveniente.
Qué se produce antes ¿el estado o el hecho? Pongámonos en el caso de que tengamos un mal día, un día triste, azul que diría Rubén Dario. ¿Es mejor ponernos a ver una comedia o un drama? Esa es mi duda. Lo lógico sería decantarnos por una comedia que nos haga olvidar penas, entonces ¿por qué acabamos buscando la peli más lacrimógena de nuestra videoteca?
Cuando sabemos que una comida nos siente mal, simplemente, no la comemos. Si nuestro bienestar físico lo cuidamos así, ¿por qué no actuamos del mismo modo ante nuestro bienestar mental y emocional? Sé que un pensamiento positivo genera otro pensamiento positivo, pero que si el pensamiento principal es negativo, el generado también lo es. Sé que el movimiento se demuestra sólo andando. Pero soy un poco lenta en las asimilaciones.
Nos conocemos más de lo que creemos, sabemos que esa película nos sienta mal, que la inyección de tres minutos de esa canción desgarrada es más letal que un arma. Pero aún así, como abejas atrapadas en la miel, una fuerza magnética nos arrastra hacia nuestra propia perdición.
Esto es sólo una pequeña parte, escribo cartas que nunca mando. Ya lo dijo Larra:
“Mucho nos falta, efectivamente, que decir, pero acabamos de entrar en cuentas con nosotros mismos, y hecha abstracción de lo que no se debe, de lo que no se quiere, o de lo que no se puede decir.”
Que se llama soledad
y otras veces,
me arrastro demasiado a ras del suelo.
Algunas veces vivo
y otras veces,
la vida se me va con lo que escribo."
sábado, 7 de marzo de 2009

No, de No-che.
No escribas nada, ni una línea, a las dos de la mañana. Menos aún si el reloj casi marca las tres.
No juegues. Y menos si es con fuego.
No titules nunca una noticia con una negación.
No releas tu pasado, ni mental ni físicamente.
No revises, no recuerdes, no evoques.
No eches de menos.
No incumplas las promesas.
No amontones abstracciones.
No busques lo perdido. Ni lo que voló, ni lo que jamás existió.
No confíes, no creas, no te muestres. No, al menos, demasiado.
No hay ladridos, no hay ronroneos. Sólo hay rumores de máquinas. No escuches.
No escribas, no escribas, no escribas. Corres el peligro de quedar atrapado.
Y sobre todo, lo más importante, no pienses. Métete debajo del edredón, lucha contra los sueños y las pesadillas, y mañana, cuando despiertes, el sol estará de nuevo en la ventana.
El lector
Michael es un adolescente novato de quince años, con una salud endeble. Hanna es mujer de 36 años, revisora de trenes, con demasiados secretos. Un día, a la vuelta del colegio, él se siente mal, y ella, una mujer desconocida hasta entonces, lo cuida y lo acompaña a casa. Empiezan, entonces, una historia de amor, sexo y literatura.
Un día, ella desaparece. El chico siente que el mundo se acaba, pero el mundo siempre sigue. Pasan los años. El chico se convierte en un estudiante de Derecho. Es la Alemania de finales de los años cincuenta, marcada por la Segunda Guerra Mundial. Estudiando leyes, Michael acude como observador a los juicios contra criminales de guerra. Se acusa a varias mujeres de haber trabajado para las fuerzas SS como carceleras de los campos de concentración de Auschwitz. Hanna es una de las acusadas.
¿Hasta qué punto somos capaces de perdonar? ¿El amor puede competir con la moral? ¿Se puede confiar al cien por cien en las personas que queremos? ¿Según qué parámetros se debe juzgar el pasado? ¿Hasta dónde se puede guardar un secreto?
Cuando leí El lector, novela escrita por Bernhard Schlink, me pareció una obra redonda, exquisita, precisa. Me encantó. Quizás por eso no entré demasiado convencida a ver la adaptación cinematográfica. Sin embargo, salí exhausta. Me pareció una película preciosa, nítida, clara. Emocionante. Y la interpretación de Kate Winslet, a la que mi cabeza aún asociaba a Titanic, me dejó impresionada. Ruda y frágil, fuerte y sensible. Me pareció una actuación fantástica.
Viviendo en Italia me he dado cuenta de que este país aún tiene muy presente su pasado. Hasta qué punto entonces, me pregunto, no lo tendrá un país, clave en la historia universal, como es Alemania. Literatura e historia se entremezclan en esta novela. Pasado y presente quedan enlazados dejando muchas preguntas sin resolver.
jueves, 5 de marzo de 2009
Lectura para días de lluvia

El curso pasado aprendí un par de cosas referentes a la lectura. Aprendí a no tener remordimientos de conciencia al “pintorrear” los libros. Quedaron atrás esas líneas casi invisibles, tímidas, pintadas a lápiz. No sólo dejé de sentirme mal por tener la necesidad de subrayar un libro, sino que además, aprendí a disfrutar con ello. A gozar propiamente. Mis libros, ahora, los llenos de colores, de permanentes trazos de rotulador, de anotaciones al margen, de enlaces, de exclamaciones e interrogaciones, de luces que me indiquen por dónde volver a ellos. Disfruto componiendo mi propio mapa de lectura.
La otra cosa que aprendí fue a aguardar el momento adecuado para leer un libro. Me enseñaron que no hacía falta leer súbitamente el libro que llega a tus manos, que quizá un libro que compras o te regalan hoy, no es hoy el momento de leerlo. Este aparente pequeño aprendizaje es en realidad un aprendizaje enorme que te libera de presiones y te hace disfrutar aún más, tanto de la lectura como de la espera.
Así metí en octubre entre mis veinte kilos de equipaje este libro, esperando a que llegara el momento de leérmelo. Y a mediados de febrero, cuando esperaba ansiosa reencontrarme con la ciudad de los canales, me zambullí en él. Cuando llegó la hora de adentrarse en la ciudad, el libro y yo paseamos juntos en un mano a mano. Recuerdo que un día, a la vuelta al albergue, después de presenciar las caras de mis amigos entrando por primera vez en la Plaza de San Marcos, le dije a mi amiga, el reloj de la plaza que hemos visto hoy, mira, lee: “Cuenta la leyenda que a los dos artífices del famoso reloj de San Marcos, con sus intricados mecanismos zodiacales, se les sacaron los ojos por orden oficial”.
Si es cierto que en Venecia no son necesarias las palabras, también es cierto, que no se ven los lugares del mismo modo si se saben las historias que esconden detrás. Sentarse en una plaza y al placer de mirar, sumarle el de rememorar con la imaginación las cosas allí vividas en tiempo atrás, es sumarle al natural disfrute, otro goce más. Aumentar nuestra capacidad de evocación es quizás uno de los placeres de conocer la historia.
Un nativo veneciano me contó un día la historia de amor y dolor representada en una columna del Palazzo Ducale. Me hizo ilusión reencontrarme con la leyenda entre las páginas del libro. Una columna aparentemente igual a las que tiene a su alrededor puede contener algo mágico que la diferencie. Lo mismo ocurre en la literatura, y en la vida. Detalles que nos hacen amar libros, lugares, personas. Hay muchos modos de ver la misma cosa.
Realmente aún no he apurado del todo mi libro, aún me quedan algunas páginas para terminarlo. Esta lectura ha tenido la capacidad de quedarse conmigo en el momento en que los hechos ya son sólo recuerdos. Es totalmente cierto aquello que dijo alguien una vez de que uno no puede sentirse sólo cuando está acompañado de un libro. Es una auténtica suerte conocer el placer de la lectura. Demasiada gente desconoce que algo que está tan al alcance de nosotros es capaz de regalarte tantos tesoros. Incluso en estos días azules de lluvias y melancolía, he logrado habitar en la alegría, y todo, gracias a un libro y a una lectura.
miércoles, 4 de marzo de 2009
Cartas de una Erasmus - Entrega 11
Cinco fuimos, y la isla, Venecia, se nos regaló como un tesoro inmenso. Adoraba los libros de Enid Blyton, y el fin de semana de carnavales venecianos fue una aventura sin nada que envidiarle a las que devoraba cuando era pequeña.
El viaje
Emprendimos el viaje a las dos de la madrugada tras un control policial. No podía comenzar de otra manera: la emoción estaba garantizada. A las 9 de la mañana nos amanecía entre canales. En el bolso llevaba Venecia, libro de Jan Morris, y en la memoria, un montón de recuerdos de tres meses vividos allí, en el barrio de Santa Croce, hace ya dos años.
Reconozco que los nervios en forma de exaltación, que las imágenes en forma de flashes, se apoderaron de mí desde que puse los pies en la isla. Entonces, me olvidé de mis compañeros, sé que hablaban de los vaporetti y de mapas; luego, del albergue; después, les perdí la voz entre el rumor del agua. Ni siquiera la excesiva presencia de gente, que en masa acudía a los carnavales, logró distraerme. Me abstraje, embobada en mis pensamientos, por las decadentes fachadas, los reflejos distorsionados, el deslumbrante sol…
Paseos por Venecia
Me apiado de los que, mapa en mano, buscan solución al laberinto de plazas (aquí plaza es campo, excepto la de San Marco, que es piazza), calles amplias de cara al agua (fondamenta), calles sin salida, callejuelas (calle), puentes (ponte), salizzada, riva, sotto-portico, piazzale… Tiene tan poco sentido querer comprender la diversa terminología que usan para denominar los diferentes tipos de espacios como querer saber en todo momento dónde se encuentra uno en Venecia. Su caos forma parte de su encanto.
Mientras mis amigos preguntan dónde estamos o hacia dónde vamos, yo sólo miro, contemplo, me quedo anclada en los detalles: una caravana de góndolas; una perrita vestida de veneciana; las risas; la música; los ojos de una mujer mayor que me miran desde detrás de una máscara; un pozo; una vieja tienda; un recuerdo; un sombrero; el nuevo puente de Calatrava; unas gafas de sol; la, para mí desconocida, Scala Contarini del Bovolo; una caricia; el despertar oliendo la marea que llega hasta la silenciosa Giudecca; la emoción…
Realmente me hallo en un estado de embriaguez absoluto contemplando expectante todo cuanto se presenta ante mí. Experimento algo similar a la nostalgia y a la melancolía mientras llevo de la mano a mis amigos por la ciudad donde viví, por el puente donde me hice un esguince, el kiosco donde comprar Il Gazzettino, mi portal y mi cafetería. Y al mismo tiempo, Venecia, que no se da nunca al completo, que siempre se guarda algo para sí misma, me resulta desconocida y la vivo con los ojos de alguien que la ve por primera vez. Me siento completamente feliz, exaltada como una adolescente enamorada, con una cursilería que sólo es permisible en un cuento de leyendas, hadas y marineros como el que es Venecia.
Evocadoras islas
Torcello tiene la capacidad de permanecer tal como la recordaba. Adentro a mis cuatro amigos en la oscuridad de la noche veneciana por la isla que Jan Morris describió como “de nostalgia exquisita”. Tan pequeña que sólo habitan en ella 20 personas, Torcello tiene una plaza que, con la catedral veneto-bizantina de Santa Maria Assunta y la pequeña iglesia de Santa Fosca, nada tiene que envidiar a las plazas de las demás islas. Ya quizás no quede la altivez ni la confrontación con que antaño se declaraba respecto a Venecia, llegando incluso a autodenominarse estado independiente en la época de Napoleón. Sin embargo, en su calma, en su solitario reposo, aún quedan signos de lo que fue, y sin duda, es una isla especialmente evocadora.
El viernes paseamos de isla en isla; si Murano es de las más visitadas por albergar el famoso cristal, Burano es divertida y calurosa con sus casas de mil colores: sus verdes chillones, sus rojos y amarillos palpitantes, los violetas y naranjas. Ninguna casa repite su color a fin de que siempre se sepa donde queda el hogar.
Atrapada
El sábado no entraba una sola persona más en la plaza de San Marcos: elegantes damas y caballeros venecianos; trajes de cola; capas; lujosas máscaras, y sombreros. Música, spritz al aperol. Truco, que significa maquillaje, en puestecillos repartidos por toda la ciudad. Ni la falta de sueño, ni el cansancio, ni las discusiones a la hora de decidir dónde comer, ni la noche fatídica pasada en el aeropuerto… nada hace que me baje de las nubes, que me saqué por unos días de la magia veneciana. Sé que esa ciudad me atrapó desde que entré en ella la primera vez. Y no puedo remediarlo. Ni quiero. Me tiene enamorada. Y en Italia, el amor siempre gana.
martes, 3 de marzo de 2009
Cerco un centro di gravità permanente

“Estas dormida y en tus párpados te dejo un beso y un adiós…”. Así empieza una canción.
“Mi corazón, ventana del sueño, pasillo de la vida, pensión de la libertad dormida... loca… yo busco… no sé qué.” Así continúa otra.
Una es de un español que decoraba carpetas de adolescentes, la otra es de una argentina que volaba por las calles de un sueño.
Otra canción diferente: “Cerco un centro di gravità permanente che non mi faccia mai cambiare idea sulle cose, sulla gente...” Busco un centro de gravedad permanente… que no me haga nunca cambiar de ideas sobre las cosas, sobre la gente… Una buena letra de un italiano para una indecisa crónica.
Las luces jugaban a colorear la cortina. Rojos y azules. En el estadio no entraba nadie más. Una niña de la mano de su padre. Un grupo de amigas que pasaban los 60 años cada una. Muchos parejas, muchos abrazos. Edades muy variadas.
Se hace oscuro, se ilumina el escenario, y comienza una canción sin presentación. Escuchamos y sentimos, se trata un poco de eso, de olvidar lo demás.
El espacio se llena con música, con un sonido nítido, una voz emocionada y una letra evocadora. No importa si hace unos minutos odiábamos el mundo y nos odiábamos entre nosotros. La música llena ahora el espacio y durante los poco menos de cuatro minutos que dure la canción, el mundo no estará dando vueltas, los miedos no podrán salir, las dudas habrán cesado. La música nos envuelve a un público, entre el que me hallo, entregado y servicial.
Alguien grita: “Sei un poeta” (Eres un poeta) y todos aplauden. Me pierdo luego entre anécdotas. Soy más feliz desde que aprendí a parar el tiempo.
El concierto resulta divertido. El cantante era Franco Batiatto. A veces se pone bravo y lucha con gritos como “Povera patria”. (pobre patria). Luego canta: “il giorno della fine non ci servirà l'inglese” (El día del final no nos servirá el inglés). Momento de pequeño lapsus. Luego se vuelve tierno y susurra: “Ti proteggerò” (te protegeré), y como es una canción, le crees. Y escribiría la letra entera de esa canción… pero en el tiempo que tardo en traducirla, se esfuma.
Los aplausos y la gente se unen y el estadio vibra. Algo más de dos horas. “La primavera intanto tarda ad arrivare” (La primavera en tanto tarda en llegar). Qué de cosas se asocian a esa estación. Al menos, hay flores.
Algo así como la no crónica del no concierto, titularon este verano. Y me encantó la apreciación. Por soñar, que no quede.
Todo lo que venga después, es futuro. Todo lo que quedó atrás, es pasado. Tengo razón cuando digo que creo que algo es realmente como lo creo, la certeza puede durar veinte segundos, pero durante esos veinte segundos, pondría la mano en el fuego y no me quemaría. Eso he aprendido entre notas italianas, la eternidad sólo existe durante un instante, pero ese instante será absolutamente eterno. Creemos que nos protegerán porque realmente mientras nos lo decían, nos protegían. Da igual el después, mereció la pena mientras se escuchó la música.
“Basta que alguien me piense para ser un recuerdo”, dice un poeta. “No vayas. Es una historia imposible. Es parte de tu inmadurez”, contestó la muerte.
¿Qué harías si te dijera todas las cosas que nunca te dije?