miércoles, 23 de marzo de 2011

No a la guerra




Que alguien piense que tú estás equivocado 

que les puedas parecer un bicho raro 
eso no es malo, eso no es malo. 
Si te carga que un experto en bombardeos 
te lo explique y tú no entiendas 
de que vá el juego. 
Levanta el dedo, levanta el dedo 



Que no sabes a qué distancia está esa estrella 
las galaxias no te estimulan, no te interesan 
no es tu guerra, no es tu guerra 
pero piensas que esos meces son robados, 
los que te hacen dar servicio de soldado 
son tan largos, son tan largos. 



Si estas dispuesto a hacer un buen corte de mangas 
a quien te ordene conquistar aquella playa, 
tender un puente, acorralar a algún vecino 
en el supuesto que atacara el enemigo. 



Si el peligro es que te llame mal patriota 
los que siempre hacen las cosas por pelotas 
menuda gloria, menuda gloria. 
Aqui estoy cautivo, solo y desarmado 
no hay mejor defensa que cruzar los brazos 
pasar de largo, cruzar los brazos. 



Tal vez mañana no habrá nada que escupa fuego 
y el que se invente el tirachinas le colgaremos 
reposaremos nuestra miseria en un caldo espeso 
quizás ese día todos seremos tontos o ciegos. 
Aqui estoy cautivo, solo y desarmado 
no hay mejor defensa que cruzar los brazos 
pasar de largo, cruzar los brazos.

"Cruzar los brazos", Víctor Manuel

martes, 22 de marzo de 2011

Noches de viento


Chispeando estrellas. Pensando en si dejarme seducir por lo correcto o permitirme arrastrar por lo prohibido. Consultando caminos en las cartas imaginadas del tarot. Buscando el as de oro. Relamiendo heridas de otros. Y suspiros. Viendo en su mirada los juegos del ayer. Recordando olvidos. Levantando muros de piedra y castillos de arena. Escribiendo a destiempo. Corriendo porque la luna es demasiado enorme. Esperando, a ver si la fruta madura y el nudo se deshace. Inventando mentiras que retrasen decisiones. Temporales que nos dejan aislados. Viento de Levante que me devuelva los abrazos perdidos. Huyendo pero sacando pecho. Sin decir nada. Pero pensándolo todo. 

miércoles, 16 de marzo de 2011

"Tendencia a hacer literatura, con exceso de retórica"

A veces se me olvida que esto "no es una facultad", que no estoy ya en nuestra clase sin ventanas del máster. Que ésta es la vida real, el trabajo.
Me despisto y olvido que no puedo fallar, que no me puedo tambalear, que mi mundo he de solucionarlo yo y que las debilidades he de dejarlas en casa...

Mientras fui becaria, pensé que lo que hacía era, exactamente, el mismo trabajo que un redactor, pero con menos sueldo. Pero en Ceuta he descubierto que no era así. Como periodista, tengo otras sensaciones. Más ansiedad, más exigencia, más responsabilidad. Más miedo, menos protección. Más vulnerabilidad y más necesidad de que no se den cuenta de esa vulnerabilidad.

Por un lado, la capacidad que se adquiere al especializarse en un área, la 'agenda' de la que tanto nos hablaban en la facultad, la coherencia de asimilar lo que firmas y asumir las consecuencias.

Por otro lado, la inexperiencia como profesional. El vértigo. Defender que eres una buena profesional y, al mismo tiempo, comprobar como no logras deshacerte de tus mismos errores de siempre.

"Tendencia a hacer literatura, con exceso de retórica". Ese era uno de los defectos que señalaron los profesores del máster en mi evaluación.
Enredar con palabras al lector. A veces mi mayor baza; y otras, mi propia horca.

Aludo a una escena de unos años antes, en Segovia. Tras un examen que yo creí haber hecho genial, un cinco de nota. Fui a reclamar. "No se te ocurra entrar o te suspendo", me alertó la profesora. Y me expuso: "Si yo te hubiese preguntado sobre lo que tú me has contestado, tendrías un sobresaliente. Pero te has inventado la pregunta".

Supongo que aquella profesora tenía razón. A veces, echarle "originalidad" y dejar que mi enorme (y a veces traicionera) imaginación vuele, me trae ventajas enormes, me enseña otros caminos. Pero en otras ocasiones, mi "irrealidad", mi "literatura", me juega malas pasadas.

Y así ha sido esta noche. Se me ha ido la mano con la retórica en una doble página informativa de apertura. Y ha sido la causa, merecida, para mi primera "bronca" como periodista, en lugar de cómo becaria. Sumado a mi horrorosa lentitud, que por más que intento controlar, me supera.

No he sabido dejar fuera la literatura y ceñirme a la información. Y cuando lo he rehecho y lo he "objetivizado", los resultados no han sido satisfactorios. Ni he quedado contenta yo, ni nadie.

No he estado a la altura. No sirve de nada saber reportajear, y después no ser capaz de redactar una noticia con pureza informativa, que es, al fin y al cabo, la esencia de esta profesión.

Así que ante la evidencia, no puedes hacer otra cosa que callarte cuando te regañan. Porque tanto el silencio como las palabras te dejan claro lo mucho que como periodista tienes que mejorar.

A veces se me olvida que esto "no es una facultad", que no estoy ya en nuestra clase sin ventanas del máster. Que ésta es la vida real, el trabajo.
Me despisto y olvido que no puedo fallar, que no me puedo tambalear, que mi mundo he de solucionarlo yo...

Aunque por muy periodista que ahora sea, haya días que me sienta igual de 'verde' que al entrar en la facultad, pero con más años y más inseguridades, que se potencian, además, cuando no quieres defraudar pero sientes que demasiado mundo se te queda grande...

...y que las debilidades he de dejarlas en casa.

viernes, 4 de marzo de 2011

Si pongo corazón

Hay días para recordar, y otros para olvidar. Hoy, casi que es de los últimos, aunque no para todos.
A cambio, he pisado la playa por primera vez.



"Hay noches estrelladas y días qu se estrellan contra el suelo...
Si pongo el alma...
Si pongo corazón...

Déjame intentarlo, aunque tropiece."

jueves, 3 de marzo de 2011

Ay, Óscar, hoy me has leído el pensamiento

Somos de los que al querer darle un sorbo, terminamos metidos hasta el fondo. Las fotos son del verano en el que quisimos destapar juntos todas las redes de corrupción de Galicia en general, y de Arteixo en concreto...

Hoy he recibido una llamada desde la otra punta del país, desde Ourense. No sé cómo lo hacen pero, al final, los gallegos siempre me dejan huella. 


Óscar, eres un cacho de pan, y eso te pierde... 

Óscar está "estrenándose" en un diario de Galicia al mismo tiempo, prácticamente, que yo lo hago en Ceuta. Las inseguridades, las dudas, los miedos, las contradicciones... Ay, Óscar, hoy me has leído el pensamiento. 
Pero también la fuerza, las ganas, la ética...

Si intentase explicar, como intento, mi cruce de sensaciones como periodista, no lo conseguiría como él lo ha hecho. 

El aterrizaje. Y hasta los mismos errores: el titular horroroso que la jefa te devuelve porque es eso, horroroso, y cuando te lo devuelve piensas ¿cómo he podido escribir yo esto?, ¿los estaré defraudando?, y sabes que son los nervios y las prisas, pero te mueres de vergüenza porque nada es justificable a haber puesto un 'ayer' en un titular, unas comillas dobles para un título, un pasado descolocado... que ni en primero de carrera.  

"La velocidad es un peligro porque no deja tiempo a asimilar", me decía hoy en una entrevista Carles Francino. Y los días vuelan... 

Óscar me cuenta que reparte fotocopias de un caso al mismo tiempo que se da cuenta de lo que es la competencia cuando le mienten con la hora de una vista. Lleva tribunales y la inocencia le puede. Entiendo, le decía yo, lo que es avergonzarte por ser demasiado pavo. Otra veces es despiste, que es peor. Óscar, ¿con que cara volvía yo el otro días tras una rueda de prensa a contarle a mis jefes que, “en mi nube”, se me había olvidado echar la foto? Pero a pequeños males, grandes remedios, y una se hace más resolutiva… 

Después de mil años de prácticas, y pasar por mil medios siendo "los becarios", en estos tiempos críticos, Óscar y yo hemos firmado, al mismo tiempo, nuestros primeros contratos. Los dos nos estamos despertando a la vez, nos han dado esta, nuestra primera oportunidad, en paralelo, y los dos estamos tan eufóricos como llenos de dudas. 

Amamos tanto este oficio, que vemos tan poco claro, que a los dos nos quema en las manos sin saber si los caminos que elegimos son los adecuados, si los pasos que damos son los correctos... Tan echados 'pa lante' como inseguros. Sin saber si este titular es el correcto. Sin saber si estamos viviendo esta vida como la soñamos. Sin saber qué periodistas somos.

Ay, Óscar, hay conversaciones que te dejan rumiándola todo el día... Ojalá estuvieras aquí, porque así, al menos, el problema de no tener con quién tomarnos la caña el día libre, lo tendríamos solucionado... y solventaríamos los miedos con abrazos.


domingo, 27 de febrero de 2011

Dos meses de minuto musical

Imagen de Argote de la campaña de la Cruz Roja sobre conciliación

No me gusta salir a las tantas de la redacción. Eso, que vaya por delante. Pero una vez aclarado esto, he de reconocer que "el minuto musical" -ese del que ya he hablado en otras ocasiones, y que mi jefa utiliza, pasada la media noche, para inspirarse a la hora de hacer los editoriales-, me motiva, me estimula. 
Hago dos meses en El Pueblo de Ceuta, y aunque acostumbrarse a Ceuta y a sus peculiaridades, es todo un reto (aún no superado), la vida ceutí y el trabajo en este diario es toda una experiencia. 
Pero una experiencia imposible de conciliar por mucha campaña que la Cruz Roja emita sobre conciliación de la vida laboral y familiar.
"¿En Ceuta?", preguntado con voz de asombroso espanto es la primera reflexión que me hacen mis conocidos cuando, después de un tiempo sin hablar con ellos, se enteran de en dónde trabajo.
Pasados los prejuicios y el desconocimiento sobre Ceuta, entonces continua la explicación.: La vida en Ceuta es cómoda y la gente es agradable. La ciudad es bonita y se vive muy bien. De partida, son todo puntos a su favor. 
Y entonces, una vez ubicada, está el trabajo. Se entra pronto y se sale tarde, claro que eso es denominador común de todos los diarios de papel, y es algo a lo que una ya está más que acostumbrada. 

Me gusta ser periodista en Ceuta porque significa, a menudo, tener la posibilidad de ejercer un periodismo "de calle" que está muy olvidado y del que llegué a pensar que solo quedaba rastro en los libros de historia del periodismo. 
Me gusta el contacto con la gente, el periodismo más social y más local. Pero además de ofrecerte ese campo, el periodismo en Ceuta te nutre de historias trasnacionales, fronterizas y multiculturales a las que no tendrías opción en, prácticamente, ninguna otra autonomía. Ejercer el periodismo en Ceuta te nutre, es toda una escuela perfecta para alguien que, como yo, aun, reconozcámoslo, está muy verde. 

Eso es lo mejor. Luego está, como en todo, lo peor. Como el estado de ansiedad que no puedo controlar cuando se acerca la reunión de contenidos y mis propuestas, lo sé, no están a la altura de las de mis compañeros. Rellenar tres páginas diarias no siempre es tarea fácil. Y la tensión a veces me puede, no lo controlo. Me hace reflexionar, demasiado, sobre mis capacidades y aptitudes como periodista. 

Una vez pasada las cinco de la tarde, la jornada se relaja a la vez que se tensa. Es menos estresante en tanto sabes ya cuál es tu cometido, tienes, digamos, ideado el día. Pero es más agobiante en el sentido de que la hora de cierre se avecina. He de reconocer que a ese estrés-relax ayuda (y entorpece) que una ese entretiene con todo (prueba de ello es que con dos páginas a medio hacer, esté aquí,  escribiendo para el blog). 

El buen ambiente en las tardes de debate y redacción no es que solo sean un punto a favor, es que son la clave, la espina dorsal. A punto estaba ya, tras mis últimas experiencias laborales fuera, de asimilar que una redacción es una selva llena de animales sin escrúpulos, cuando, al llegar aquí, he podido redescubrir (menos mal) que antes que periodistas, la mayoría, somos personas, y que puestos  a echar más horas que un reloj, no hay mejor arma  mejor que un toque de humor y de compañerismo.

Y cuando menos te das cuenta, la noche se echa encima. Hay un momento en que la hora importa, después, ¿qué más da ya salir a la una que a la una y cuarto? El ambiente, entonces, alcanza otro climax. Será la presión, o será la música, pero es el momento del día en que más periodista me siento. (Y que quede claro, repito, que salir tempranito siempre es preferible)

Y así pasan los días, y fluye la vida en Ceuta. Con admiración, con sueño, con dudas, con trabajo, con periodismo... Cansada a veces, ansiosa muchas, y contenta otras. 
Para la parte de mi vida ajena al periódico apenas tengo tiempo, y en Ceuta, la verdad, tampoco es que de momento tenga amigos. Así que como la gente en la que confío está demasiado lejos, por ahora, me centro en escribir. Como decía Sándor Márai: "Ya que no puedo decírselo a nadie, se lo diré a todos".

viernes, 25 de febrero de 2011

Lo mejor, lo peor

Lo mejor, las ilusiones; lo peor, el olor a pintura.
Lo mejor, el speaking; lo peor, la cobardía.
Lo mejor, la confianza; lo peor, la inseguridad.
Lo mejor, el boli rojo; lo peor, las criticas destructivas.
Lo mejor, el momento musical de la una de la madrugada; lo peor; la tensión del cierre.
Lo mejor, el periodismo; lo peor, la ansiedad de encontrar.
Lo mejor, la vida; lo peor, la ausencia.
Lo mejor, el día libre; lo peor, la falta de mis amigos.
Lo mejor, los abrazos; lo peor, la lejanía.
Lo mejor, la independencia; lo peor, la soledad.
Lo mejor, el compañerismo; lo peor, la mentira.
Lo meor, la escucha; lo peor, el grito.
Lo mejor, el regreso; lo peor, el regreso.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Coincidencias


Dudas. Todo son dudas, contradicciones, desafíos.

Impotencia ante la duda ajena. Rechazo de las personas que quieres.
Ignorancia.

Confusión ante la duda popia. Inseguridad extrema.
Vidas que penden de hilos. Refugios invisibles, abrazos lejanos.
Mundos propios ajenos a éste que da vueltas y en el que cohabitamos.
Mentiras entrelazadas que en lugar de convertirse en sanas rutinas desembocan en ataques de ansiedad.
Romper en pedazos el alma o echarle perfume a las heridas aunque escuezan.

Usamos la misma arma, la palabra; tenemos el mismo miedo, vivir de realidades que no nos convencen, que no están a la altura de nuestros sueños.
Cambia el modo, el ver el vaso medio vacío o medio lleno. Y a veces ni eso nos separa.
Cambia el estilo. Yo soy más generosa; quizás, tú más valiente.

domingo, 20 de febrero de 2011

Pasarse la vida soñando...


Pierdo el tiempo que no tengo. No, con vivir no basta. Ni siquiera con vivir feliz. Viví de sueños, supongo. Y fui despertando, quizás. O, simplemente, creciendo. 
A medio camino entre todo o nada nunca estaré contenta. Nada vale, nada es completo, nada es real. O todo es demasiado real.
Sé que soñé pero no sé qué sueño ahora. Decisiones que no tengo tiempo de pensar. Días llenos de palabras. Demasiadas palabras, incluso para mí. 
Quizás suspiro porque no tengo tiempo para reaccionar. 
Mermelada de naranja amarga. Páginas de periódicos. Correos electrónicos sin respuesta y un texto a medio escribir que no sabré ponerle punto y final. Ropa tendida. Deseo. 
Leo a Mikel y África se derrumba. Aquí al lado. Demasiado cerca, y tan lejos. Quizás no se derrumba, sino que se reinventa. 
Encuentro esta foto en internet. Soñar sumergida en el mar. 
Pasarse sí, pero sin saber hacia dónde. Pasarse la vida soñando. Tan fácil, y tan complicado.

sábado, 19 de febrero de 2011

Pasadas las doce

Volver a pasar la madrugada desde esta ventana de la redacción. Soñar a oscuras. Despejar la mesa. Y no sentir el cansancio por falta de tiempo. Arropada en la megafonía de un coche estropeado. Soldados y matronas que suspiran al viento. Pompas de chicle. Canciones olvidades en la guantera. El sol de la península que es más fuerte aquí, desde este lado del estrecho. Fotografiar rayas en blanco y negro. Las canciones que mi jefa pone a estas horas para concentrarse al escribir editoriales. Miradas que ya no quieren dormir. Un hasta mañana que no debería ser así. Tortugas con alma de mujer. Continuar bajo la lluvia. 

domingo, 13 de febrero de 2011

Desde el corredor de la muerte

Demolición (este verano) del antiguo edificio de ABC

Primero, los lectores -que en aquellas eramos estudiantes de periodismo- nos enterábamos de los despidos por las webs paralelas. En en este caso, si echaban a alguien de ABC, lo leíamos en PRNoticias. Una de las reglas que te enseñan en primero de carrera es la de la cercanía: dos muertos en tu barrio te afectan mucho más que veinte en China. 
Con los despidos pasa lo mismo. Al verlos en otros gremios, dices: "Pobres...".
Cuando pasan al tuyo, piensas: "Joder, pues se va a complicar el asunto".
Si conoces a los que echan, cambia el planteamiento. 

No necesité demasiado tiempo, cuando hace un año y medio empecé a cursar el máster de ABC, para darme cuenta de las consecuencias emocionales que el último ERE había dejado entre los trabajadores del diario poco antes de nosotros aterrizar. Nosotros, los quince masterópodos, lo vivimos ajenos, criticando un mal ambiente y una crispación que no entendíamos y que nunca llegamos a comprender del todo. 


Un día, vino a darnos una clase durante el máster una de esas periodistas del ERE. Pero ni siquiera lo nombró. A mí me maravilló su vitalidad. 


Meses después, al entrar a hacer las prácticas y verme sumergida de lleno en la redacción, pude experimentar lo desagradable que es trabajar en un lugar donde la gente no se soporta, donde prima el rencor. Lo entendí entonces, pero ahora, que estoy trabajando en un diario en el que las muchas horas se llevan con muy buena cara, lo puedo ratificar: cambia completamente la situación de trabajar en un sitio con mal ambiente a hacerlo en un lugar donde la gente debate y se ríe y existe el compañerismo. 

A mi parecer, en ABC no hacían buen equipo y, sin embargo, entre ellos había, y hay, algunos que, además de ser excelentes profesionales, demostraban que aún valían más como personas. En cinco meses, real o no, pero te da tiempo a formarte una subjetiva e irracional opinión de la gente y a decidir de quién te fías y de quién no. 

Solo presenciamos un despido durante nuestras andanzas en ABC. Fue al principio, de una mujer de la sección de Sociedad. Se nos cayó el alma a los pies a mi compañera y a mí cuando, a los pocos días de su cese, llegó para ella una carta y nadie se hizo cargo, una carta que llegaba demasiado tarde.

Finalizó un año intenso y cada uno de nosotros, ya masterizados, continuamos rumbo a nuestras vidas.  Antes de marcharme, me enteré de un despido (ajeno a ABC pero también de una periodista) que, por lo que significaba para mí, me dejó boquiabierta.
Después me fui. Viviendo en Irlanda, empecé a leer y a oír las crónicas de los despedidos que se fueron produciendo en ABC a partir de octubre. Incluso a un jefe problemático al que en su día hubieses deseado perder de vista es traumatizante verlo salir haciendo 'mutis por el foro'.
Recuerdo los primeros mensajes de sorpresa entre los ex-masterópodos: "Oye, ¿Te has enterado que han echado a fulanito? Muy fuerte". 

Después la vida sigue. Y de vez en cuando, llega el llanto de un nuevo despido. Facebook, twitter o PRNoticias, o que como ellos eres periodista, complica cualquier intención de mantenerte al margen. 

Y entonces, vuelve a aparecer otra noticia. Y junto a nombres de periodistas que conocías bien y que ahora están en la calle, aparece otra información: Llevan 20 despidos. Se contratarán a 15 jóvenes periodistas de perfil multimedia. Habrá para ello que despedir a otros 20 más de los antiguos.

Quedé con algunos de mis compañeros hace unos días, cinco meses después de habernos despedido juntos del diario. De 15 periodistas que hicimos el máster, y según tengo entendido, dos se quedaron en ABC con sueldos ínfimos y dos hemos tenido la suerte de encontrar trabajo como redactoras. Dos están con becas en empresas de comunicación, una en Nueva York; la otra, a escasos metros del diario. Tres han optado por mejorar el inglés, y una el italiano. Algunos empiezan a buscarse la vida como 'freelance' y otros están empleados en trabajos desmotivadores ajenos a la profesión. No sé si la estadística es muy buena.
Conozco a los 14, he compartido con ellos muchos agobios y, profesionalmente, apuesto sin dudas por todos ellos, por cada uno de ellos. 

Claro que soy consciente de que cada despido es una oportunidad. Pero ser consciente de esa dualidad me martiriza: es la alegría de escuchar a amigos decir "Creo que me van a llamar" al mismo tiempo que otros me dicen "Es como estar en el corredor de la muerte". Una paradoja que me hacer odiar una profesión tan desagradecida y traicionera como es la del periodismo. 

Una de las noticias que me han enviado no hace mucho, versa sobre alguien que, en el máster, conocemos muy bien. Percibí, y ya no sé si será cosa mía, cierta ironía en la noticia: una descripción que le achacaban ser la mano negra que hace "el trabajo sucio". Pero lo conozco, me ha enseñado mucho y defendería su dignidad profesional y humana hasta el fondo. Él no juega a voleo.  

Tengo la sensación (y la certeza) de que se me escapan muchos entresijos. 

Hay dos últimos despidos de ABC que no dejan de darme vueltas en la cabeza desde hace unos días. De uno me enteré por un mensaje; del otro, por PRNoticias. Leer en los muros de Facebook de estas dos amigas los mensajes de apoyo de sus compañeros me sirvieron para verificar que era cierto, que a los dos las habían despedidos. Dos redactoras de las que aprendí durante cinco meses, pero, además, de las que me hicieron reír mucho en una redacción en la que reír no es tan fácil. Ambas mayores de cincuenta años, amantes de contar recuerdos, y grandes periodistas. No sé si ellas se creyeron imprescindibles en ABC. Yo sí pensé que serían intocables e irremplazables. Pero, por lo visto, ellas apostaron por una empresa que ahora prescinde de parte de sus servicios. 

Por todo eso no dejo de darle vuelta a todos estos despidos. Quizás no debería afectarme, y menos ahora, que estoy trabajando en un medio en el que me siento cómoda y con unos compañeros entre los que me siento acogida y con unos jefes que me dan seguridad. Pero no puedo mantenerme al margen, no darle vueltas a la ingratitud de esta profesión. 

Cuando llegué a Ceuta, entre mis compañeros había uno llegado tan solo un mes antes que yo. Eramos (y somos) los novatos, pero con la diferencia de la edad. Él es más mayor y tiene dos hijos adolescentes. Es la víctima de uno de esos ERE que redujo plantillas en los diarios de toda España hace dos años. Me admira el ánimo con el que vuelve a coger las riendas de su vida pero me demuestra, una vez más, que esta profesión tiene mucho más de crueldad que de belleza. 

Darlo todo, limitar tu vida, renunciar a las relaciones personales por una profesión absorbente, por un oficio que no sabes cómo dejar de amar pero que, al mismo tiempo, te hace plantearte si serás capaz de soportar tanta mezquinidad, y si te compensa... 

miércoles, 2 de febrero de 2011

Piedras y flores

- ¿A ti qué más te da ir hoy a un atraco, a una rueda de prensa o a casa de una familia numerosa? 

- Pues claro que no me da igual. Oye, que yo tengo mi diminuta dignidad profesional, y es pequeña, pero existe.

- Eso se pasa con los años. A nosotros nos pagan por hacer hoy esto, mañana aquello.

(Diálogo de Periodistas)
La realidad supera la ficción, sin dudas.


Alguna que otra piedra en una barriada de casas desordenadas en la que, probablemente, paguen justos por pecadores. El dire, el fotógrafo y yo en 'El Príncipe'. Qué ganas tenía de conocer la famosa y conflictiva zona periférica. De intentar empaparme de riñas y reivindicaciones entre callejones desubicados. Aunque no sé si fue eso lo que encontré.

Empiezo a calar detalles.
Y hoy, para contrarestar a la violencia, he estado en una ofrenda floral en un templo hindú.

martes, 18 de enero de 2011

Mi primera vez, su segunda

Lunes. 1.19 horas (Ya martes)

No puedo dormir. Supongo que él tampoco. 
Tiene 24 años, dos menos que yo. Pero nació al otro lado. 

Eran las diez de la noche y un telefonazo en el periódico nos hizo salir corriendo hacia el Puerto Deportivo al fotógrafo y a mí. Solo me había ocurrido una vez, hacía unos días, pero cuando en esa ocasión llegamos ya no había nadie.
Pero esta vez sí. Salvamento marítimo recogió al chaval y él, que había intentando cruzar la frontera del Tarajal a nado con traje de neopreno, bajó de la embarcación por su propio pie. 

No dejaba de mirarnos. De mirar al objetivo de la cámara que se le acercaba cada vez más. De mirar a la Guardia Civil. De mirarme a mí, a los ojos, y con una serenidad pasmosa.

Era mi primer encuentro con la inmigración. Era su segundo intento de entrar en España. 
Y allí estábamos nosotros, preparados para capturar el momento en el que su sueño se le deshace en las manos. 

lunes, 17 de enero de 2011

Como cae un árbol...

«Me detuve... con el corazón oprimido.
Pero seguía sin comprender.
"Ahora vete", dijo.»


(Si quieres escucharlo completo, pulsa aquí.)

«Será para ti como si rieran todas las estrellas.»

«Y cuando te hayas consolado -siempre se encuentra consuelo- estarás contento de haberme conocido. Serás siempre mi amigo.»

Como las obsesiones, como la vida, como la duda y la certeza.
RUMIAR como entonces. Como siempre.
Por lo que fue y por lo que no fue. No por lo que dejó de ser.
Y saber que HOY no es un día más. Ojalá pudiera. 
Utilizar sueños explícitos, como éste. 
No habrá señal, lo sé. Hacer como la que no siente nada. Y, sin embargo, sentirlo todo. 
No habrá nada más, nada más allá de lo que hay aquí, que, sabes, es todo: 

«Serás siempre mi amigo» Sí, eso fue lo que dijo el Principito.

jueves, 13 de enero de 2011

Con las botas puestas



Ya nos lo avisó Ander Izaguirre: "El periodismo se hace con botas". Y a mí, partamos de ahí, eso me encanta. Con botas para pisar charcos, para gastar suelas subiendo y bajando las cuestas y para meterse en los sitios con barro, con mucho barro. 

Hace unos días, en el blog que Olga Rodríguez tiene en Periodismo Humano, "El minotauro anda suelto", leía unas críticas al periodismo que me resultaban, desgraciadamente, muy conocidas:

"Pero en España parece que se ha optado por otro modelo de periodismo. Consiste en fichar a la entrada y la salida de las empresas y permanecer en ellas, en las redacciones – más que redacciones habría que llamarlas oficinas- nueve o diez horas seguidas con la mirada fija en el ordenador, viendo cómo caen, uno tras otro, los teletipos".

Pero al mismo tiempo, he tenido la suerte siempre de toparme con periodistas excelentes en todos los sitios por los que he pasado. He trabajado junto a retahilas de redactores decepcionados echando pestes de un oficio que se olvidaron, a fuerza de mal usarlo, de cómo ejercerlo; pero también me he encontrado con periodistas que me dejaban boquiabierta admirándolos y que sabían (y saben) sacar los pies del trasto.

Cuando hace casi tres semanas llegué a Ceuta supe, desde el primer día, que había llegado a un buen lugar. Porque aquí, nada más llegar, te plantan las botas. 

Voy con los ojos muy abiertos, pero aún peco mucho (y lo que me queda) de inexperta y novata. Como el protagonista de El americano impasible, yo también creo ver "conspiraciones por todas partes". 
Aunque, en mi caso, se quedan en humo de cigarrillo electrónico, sin ni siquiera nicotina. 
Presiento las noticias, pero la mayoría se me escapan. Y me quedo mirando. Y veo, y oigo: a la hija de mi vecina que le pega unos desorbitados gritos a su madre; a un militar español que le susurra algo en el oído a la mujer marroquí que le acompaña; a una madre que empuja un carrito, con bebe dentro, que parece pesarle demasiado; a un grupo de "fuerzas oficiales" armadísimos haciendo ejercicios que parecería que están a punto de atacar la frontera; a un grupo de adolescentes que hablan sobre cómo salir de Ceuta; a un policía que me saluda, pero que no conozco; un montón de tiendas que se llaman 'La Meca', o la llamada al rezo que se escucha a la entrada del barrio de Hadu.

Veo mucho pero alcanzo muy poco. Se me esfuma. 

Pero, como dicen los italianos, piano piano. De momento sigo en ese estado primerizo de emoción en el cuerpo y euforia en la mente. Y sé, porque me conozco, que es mi mejor estado y que tengo que disfrutarlo al máximo para saber recuperarlo cuando lleguen los momentos de melancolía y desapego. 

También he tenido tiempo ya de descubrir quiénes son los periodistas que me dejan boquiabierta en mi nueva redacción.
Y las botas las tengo puestas.

domingo, 9 de enero de 2011

El americano impasible


Limpiarse la sangre salpicada en los bajos de un pantalón en mitad de un bombardeo. Esa es la impasibilidad.
En el amor y en la guerra, todo vale. En el periodismo no.
Los muertos convertidos en la cifra que le da color a un titular.
Las artimañas para sobrevivir.

Esta tarde he visto, por primera vez, una de esas películas que aparecen en mi lista de cine sobre periodistas que algún día completaré de ver: El americano impasible, evocada a medias entre una emocionante charla con un fotógrafo dentro de una furgoneta y el retoque final de una jefa a su editorial.

El periodismo por encima de la vida. La ética (y las buenas prácticas) por encima del periodismo. Vender(se) o no.

Todo resumido en la frase de uno de los dos protagonistas: “Tarde o temprano tenemos que tomar partido si queremos seguir siendo humanos".

viernes, 7 de enero de 2011

Tienes madera de artista

Este es uno de esos reportajes que a una, aunque sea por las propias vivencias personales, le hace mucha ilusión escribir. Al igual que me emociona poder publicar por fin en FronteraD.




No estoy viendo su cara. La conversación transcurre por teléfono. Pero sé que sus ojos están chispeando como cuando uno está a punto de echarse a llorar, pero de felicidad, que es el mejor llanto. Sé también que su voz, que parece tan frágil, es capaz de abarcar todo un patio de butacas. Sé que está sonriendo. Sé todo eso porque lo he visto en otros, porque es lo que distingue a los buenos actores de los mediocres y, por supuesto, de los malos. La pasión y la entrega con las que afrontan un personaje. Las que afloran de sus ganas de aprender.
       Jorge Plaza estudia tercero de interpretación en el Estudio Corazza, una de las escuelas de formación de actores más prestigiosas de España y cantera de actores tan internacionales como Javier Bardem. Si le pregunto por la escuela, contesta: “Ha cambiado mi vida de arriba abajo. Estoy como del revés”.
       “Espera... Aún no. Vuelve a entrar. ¿Qué te pasa cuando miras? No, no hables... Contente.  ¿De dónde vienes? ¿Cuáles son tus circunstancias? No, no te tenses. Fuera bloqueos. Relaja. Equivócate. Vuelve a empezar...” Estas expresiones son habituales en las clases de interpretación. Son recuerdos compartidos. Latiguillos que se repiten en la cabeza de los que pasaron por aquellas aulas. De antiguas promesas que hoy son figuras reconocidas en el mundo del espectáculo. De jóvenes utópicos que todavía siguen levantando el mundo con sus alas. Actuar es como una fuente de vida, en la que el agua que corre alimenta sus ilusiones. La seguridad de saber que han nacido para ello en constante enfrentamiento con el miedo a dejar su futuro en manos de la suerte. Más que nervios, inquietud. La fuerza que arrastran las profesiones que, más que un trabajo, se convierten en una forma de vida. Pero nada es comparable al temblor que experimentan encima del escenario. Con los ojos muy abiertos. Perdidos en el caos, en el intento de canalizar sus energías.
       Cristina Rota, directora de la escuela que lleva su nombre, sabe mucho de esta pasión: “Estaba tan convencida de haber nacido para esto —dice al recordar su primera prueba, con 14 años, para Electra—. Me cogieron por impune, por puro arrojo”. Rota asegura que para convertirse en actor o actriz, lo primero es tener vivo un sentimiento de “esto es lo mío”, y que eso “genera compromiso”. Pero añade que para desarrollarlo es esencial el contacto con el público. Por eso en su escuela actúan desde primero gracias a su espacio de muestras, la Sala Mirador. “No actuar anula tu criterio de realidad”, explica Rota y añade: “Se supervisa el trabajo del alumno, pero también se le da mucha libertad”. La salud de una escuela depende de no generar dependencia, se les debe preparar para un sistema “cada vez más perverso y competitivo”.
       Un sistema que nace de un deseo. Un deseo que se materializa en un impulso. Un impulso que te lleva a una necesidad, la de la formación. La mayoría siente la pasión de actuar desde muy niño. A otros, la vocación les llega tardía pero con la misma fuerza arrasadora. Una vez decididos a convertirse, cueste lo que cueste, en actores y actrices toca dar el segundo paso: ingresar en una escuela...

Lee el reportaje completo en FronteraD

jueves, 6 de enero de 2011

Un largo día de Reyes

Un día largo, sin tiempo de nada, y con tiempo de todo:
Mañana de reyes (Los periodistas vivimos, a veces, un día por delante). Reportajes clásicos, adecuados a la fecha. Literatura.
Café reivindicativo.
Reunión de reparto de temas. Llamadas. Sindicatos.
Riña de gatas, pelea callejera.
(Un accidentado bocadillo de tortilla)
Cabalgata de Reyes: carteros, caballos, Sus Majestades, caramelos (en todas las carrozas, claro que solo había seis). Mis cabalgatas nocturnas siempre en buena compañía convertidas en un desfile con mucha seguridad -policías (nacional), y más policías (local), y más (de intervención urgente)- y muchos niños marroquíes a la caza del caramelo, hasta por debajo de las carrozas.

Asilo. Hospital
Historia de un fotógrafo, del FOTÓGRAFO. 
El Dios que aparece en una editorial.
Redacción. Prisas.
Noche.

Una de cal y otra de arena: La felicitación de un policía por un artículo, la reprimenda de una política por un artículo.

Y llegar a casa pensando: "Voy a hacer cualquier cosa menos encender el ordenador".

Pero qué vamos a hacerle. Es noche de Reyes y no puedo dormir. Quizás sea porque aunque ya no espero nada, no puedo dejar de mirar por la ventana a ver si esta noche los veo llegar a los tres desde el lejano Oriente.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Y volver a empezar


Al sur del sur (O al norte, según se mire). Casi sin tiempo de reacción, como suelen ocurrirme a mí las cosas.
De una punta a otra. Recién llegada a la África española en la búsqueda de mi alma de periodista.
Estoy expectante y emocionada. Por un lado, mi primer contrato laboral como periodista después de una buena retahíla de prácticas, becas y colaboraciones. Por otro lado, un lugar peculiar, Ceuta, que me mal vendieron como un rincón feo y desamparado y que en los tres días que llevo me está sorprendiendo con su multiculturalismo y sus diversas perspectivas.

Cuando hoy, tercer día de trabajo, llegué a la redacción a las diez y media de la mañana, los pocos que andaban por allí me miraron con cara de espanto. ¿Qué haces aquí? Vete a buscar noticias. Y yo me acordé de aquella charla que nos dio en el máster David Beriain en la que nos hablaba de un periodismo que yo pensé que ya no existía. 
Pero aquí estoy. En un periódico en el que los redactores no tenemos acceso a los teletipos ni a las agencias y las noticias deben cazarse en la calle. Eso conlleva, claro, a la posibilidad de caer en la tentación de que todo pueda ser noticiable. Pero ahí está el olfato, el ojo periodístico, que sepa separar la paja del grano.
Sin renunciar a la calidad. Tengo muy claro de cara a esta nueva etapa que da lo mismo que el lector sea internacional, nacional o local. No dejaré de mirar atrás para no olvidar nunca todo lo que hemos aprendido. La calidad que me exigían con tachones de bolígrafos rojos o con e-mails despedazadores.

Me hacía falta volver. Echarme a los leones, dejarme explotar con horarios abusivos. Espabilarme. Necesito recordar por qué un día decidí que vendería mi alma al diablo del periodismo pero no por ello renunciaría a mis principios. Eso nunca. 
Necesito demostrarme que estoy a la altura de la pasión que irradian los periodistas que admiro, la que compartí con algunos profesores, con la que vi pelear a algunos compañeros.
Recién legada a El pueblo de Ceuta y dispuesta a darlo todo, a absórbelo todo, a aprender y a amar.

De Clark Kent a Mary Poppins 24: The End


Casi sin tiempo de despedidas. Bueno, según se mire. Porque la última semana no hicimos otra cosa que despedirnos. De todos, de cada uno.
Después, un vuelo rápido. Bueno, también más o menos… Según se mire.
El viaje programado a Belfast se convirtió en un “atrapados en la nieve”. Tendremos que dejarlo para la próxima, para cuando dentro de diez años volvamos a Kinsale a ver a nuestros niños convertidos en adolescentes.
Gia no sabía que me marchaba. Al día siguiente, me buscaría por la habitación de la au pair gritando Sha Sha; según ella, mi nombre. Harry sí sabía que era mi último día y no me soltaba, me dio un abrazo eterno de esos que solo saben dar los niños.

La despedida fue blanca, como la blanca Navidad. El jeep, nuestro jeep, nos regaló un último pasaje a través de la nieve. Después, tren de Cork a Dublín, cortesía de Morgan. Y avión a Faro. Esa noche, Cristina y yo estábamos cenando en su casa, como tantas otras. Y es que sin ella, nada aquí hubiese sido lo mismo. Me costó despedirnos. Irlanda nos esperó y ahora es nuestra. De las dos. Compartida como un par de calcetines desparejados que supieron encontrarse.

The End. Tres meses en los que acabé convertida en Cenicienta, pero en los que disfruté mucho.
Después de ésta, o mi instinto maternal quedaba castrado o me entraban unas ganas inmensas de ser madre. Y me da que es lo segundo. Claro que mi instinto maternal siempre estuvo muy marcado.
Y el inglés, ese constante enemigo. Que le diría a Moli. No hay que olvidar que en tres meses no se le pueden sacar peras al olmo… Pero teniendo eso en cuenta, estoy contenta con los resultados. Y hacer mis primeras entrevistas en inglés no tiene precio. (Reportaje pendiente, por cierto). Que una estaba disfrazada de Mary Poppins pero cuando hacía falta podía enfundarse el traje de Clark Kent.
See you soon...