sábado, 19 de febrero de 2011

Pasadas las doce

Volver a pasar la madrugada desde esta ventana de la redacción. Soñar a oscuras. Despejar la mesa. Y no sentir el cansancio por falta de tiempo. Arropada en la megafonía de un coche estropeado. Soldados y matronas que suspiran al viento. Pompas de chicle. Canciones olvidades en la guantera. El sol de la península que es más fuerte aquí, desde este lado del estrecho. Fotografiar rayas en blanco y negro. Las canciones que mi jefa pone a estas horas para concentrarse al escribir editoriales. Miradas que ya no quieren dormir. Un hasta mañana que no debería ser así. Tortugas con alma de mujer. Continuar bajo la lluvia. 

domingo, 13 de febrero de 2011

Desde el corredor de la muerte

Demolición (este verano) del antiguo edificio de ABC

Primero, los lectores -que en aquellas eramos estudiantes de periodismo- nos enterábamos de los despidos por las webs paralelas. En en este caso, si echaban a alguien de ABC, lo leíamos en PRNoticias. Una de las reglas que te enseñan en primero de carrera es la de la cercanía: dos muertos en tu barrio te afectan mucho más que veinte en China. 
Con los despidos pasa lo mismo. Al verlos en otros gremios, dices: "Pobres...".
Cuando pasan al tuyo, piensas: "Joder, pues se va a complicar el asunto".
Si conoces a los que echan, cambia el planteamiento. 

No necesité demasiado tiempo, cuando hace un año y medio empecé a cursar el máster de ABC, para darme cuenta de las consecuencias emocionales que el último ERE había dejado entre los trabajadores del diario poco antes de nosotros aterrizar. Nosotros, los quince masterópodos, lo vivimos ajenos, criticando un mal ambiente y una crispación que no entendíamos y que nunca llegamos a comprender del todo. 


Un día, vino a darnos una clase durante el máster una de esas periodistas del ERE. Pero ni siquiera lo nombró. A mí me maravilló su vitalidad. 


Meses después, al entrar a hacer las prácticas y verme sumergida de lleno en la redacción, pude experimentar lo desagradable que es trabajar en un lugar donde la gente no se soporta, donde prima el rencor. Lo entendí entonces, pero ahora, que estoy trabajando en un diario en el que las muchas horas se llevan con muy buena cara, lo puedo ratificar: cambia completamente la situación de trabajar en un sitio con mal ambiente a hacerlo en un lugar donde la gente debate y se ríe y existe el compañerismo. 

A mi parecer, en ABC no hacían buen equipo y, sin embargo, entre ellos había, y hay, algunos que, además de ser excelentes profesionales, demostraban que aún valían más como personas. En cinco meses, real o no, pero te da tiempo a formarte una subjetiva e irracional opinión de la gente y a decidir de quién te fías y de quién no. 

Solo presenciamos un despido durante nuestras andanzas en ABC. Fue al principio, de una mujer de la sección de Sociedad. Se nos cayó el alma a los pies a mi compañera y a mí cuando, a los pocos días de su cese, llegó para ella una carta y nadie se hizo cargo, una carta que llegaba demasiado tarde.

Finalizó un año intenso y cada uno de nosotros, ya masterizados, continuamos rumbo a nuestras vidas.  Antes de marcharme, me enteré de un despido (ajeno a ABC pero también de una periodista) que, por lo que significaba para mí, me dejó boquiabierta.
Después me fui. Viviendo en Irlanda, empecé a leer y a oír las crónicas de los despedidos que se fueron produciendo en ABC a partir de octubre. Incluso a un jefe problemático al que en su día hubieses deseado perder de vista es traumatizante verlo salir haciendo 'mutis por el foro'.
Recuerdo los primeros mensajes de sorpresa entre los ex-masterópodos: "Oye, ¿Te has enterado que han echado a fulanito? Muy fuerte". 

Después la vida sigue. Y de vez en cuando, llega el llanto de un nuevo despido. Facebook, twitter o PRNoticias, o que como ellos eres periodista, complica cualquier intención de mantenerte al margen. 

Y entonces, vuelve a aparecer otra noticia. Y junto a nombres de periodistas que conocías bien y que ahora están en la calle, aparece otra información: Llevan 20 despidos. Se contratarán a 15 jóvenes periodistas de perfil multimedia. Habrá para ello que despedir a otros 20 más de los antiguos.

Quedé con algunos de mis compañeros hace unos días, cinco meses después de habernos despedido juntos del diario. De 15 periodistas que hicimos el máster, y según tengo entendido, dos se quedaron en ABC con sueldos ínfimos y dos hemos tenido la suerte de encontrar trabajo como redactoras. Dos están con becas en empresas de comunicación, una en Nueva York; la otra, a escasos metros del diario. Tres han optado por mejorar el inglés, y una el italiano. Algunos empiezan a buscarse la vida como 'freelance' y otros están empleados en trabajos desmotivadores ajenos a la profesión. No sé si la estadística es muy buena.
Conozco a los 14, he compartido con ellos muchos agobios y, profesionalmente, apuesto sin dudas por todos ellos, por cada uno de ellos. 

Claro que soy consciente de que cada despido es una oportunidad. Pero ser consciente de esa dualidad me martiriza: es la alegría de escuchar a amigos decir "Creo que me van a llamar" al mismo tiempo que otros me dicen "Es como estar en el corredor de la muerte". Una paradoja que me hacer odiar una profesión tan desagradecida y traicionera como es la del periodismo. 

Una de las noticias que me han enviado no hace mucho, versa sobre alguien que, en el máster, conocemos muy bien. Percibí, y ya no sé si será cosa mía, cierta ironía en la noticia: una descripción que le achacaban ser la mano negra que hace "el trabajo sucio". Pero lo conozco, me ha enseñado mucho y defendería su dignidad profesional y humana hasta el fondo. Él no juega a voleo.  

Tengo la sensación (y la certeza) de que se me escapan muchos entresijos. 

Hay dos últimos despidos de ABC que no dejan de darme vueltas en la cabeza desde hace unos días. De uno me enteré por un mensaje; del otro, por PRNoticias. Leer en los muros de Facebook de estas dos amigas los mensajes de apoyo de sus compañeros me sirvieron para verificar que era cierto, que a los dos las habían despedidos. Dos redactoras de las que aprendí durante cinco meses, pero, además, de las que me hicieron reír mucho en una redacción en la que reír no es tan fácil. Ambas mayores de cincuenta años, amantes de contar recuerdos, y grandes periodistas. No sé si ellas se creyeron imprescindibles en ABC. Yo sí pensé que serían intocables e irremplazables. Pero, por lo visto, ellas apostaron por una empresa que ahora prescinde de parte de sus servicios. 

Por todo eso no dejo de darle vuelta a todos estos despidos. Quizás no debería afectarme, y menos ahora, que estoy trabajando en un medio en el que me siento cómoda y con unos compañeros entre los que me siento acogida y con unos jefes que me dan seguridad. Pero no puedo mantenerme al margen, no darle vueltas a la ingratitud de esta profesión. 

Cuando llegué a Ceuta, entre mis compañeros había uno llegado tan solo un mes antes que yo. Eramos (y somos) los novatos, pero con la diferencia de la edad. Él es más mayor y tiene dos hijos adolescentes. Es la víctima de uno de esos ERE que redujo plantillas en los diarios de toda España hace dos años. Me admira el ánimo con el que vuelve a coger las riendas de su vida pero me demuestra, una vez más, que esta profesión tiene mucho más de crueldad que de belleza

Darlo todo, limitar tu vida, renunciar a las relaciones personales por una profesión absorbente, por un oficio que no sabes cómo dejar de amar pero que, al mismo tiempo, te hace plantearte si serás capaz de soportar tanta mezquinidad, y si te compensa... 

miércoles, 2 de febrero de 2011

Piedras y flores

- ¿A ti qué más te da ir hoy a un atraco, a una rueda de prensa o a casa de una familia numerosa? 

- Pues claro que no me da igual. Oye, que yo tengo mi diminuta dignidad profesional, y es pequeña, pero existe.

- Eso se pasa con los años. A nosotros nos pagan por hacer hoy esto, mañana aquello.

(Diálogo de Periodistas)
La realidad supera la ficción, sin dudas.


Alguna que otra piedra en una barriada de casas desordenadas en la que, probablemente, paguen justos por pecadores. El dire, el fotógrafo y yo en 'El Príncipe'. Qué ganas tenía de conocer la famosa y conflictiva zona periférica. De intentar empaparme de riñas y reivindicaciones entre callejones desubicados. Aunque no sé si fue eso lo que encontré.

Empiezo a calar detalles.
Y hoy, para contrarestar a la violencia, he estado en una ofrenda floral en un templo hindú.

martes, 18 de enero de 2011

Mi primera vez, su segunda

Lunes. 1.19 horas (Ya martes)

No puedo dormir. Supongo que él tampoco. 
Tiene 24 años, dos menos que yo. Pero nació al otro lado. 

Eran las diez de la noche y un telefonazo en el periódico nos hizo salir corriendo hacia el Puerto Deportivo al fotógrafo y a mí. Solo me había ocurrido una vez, hacía unos días, pero cuando en esa ocasión llegamos ya no había nadie.
Pero esta vez sí. Salvamento marítimo recogió al chaval y él, que había intentando cruzar la frontera del Tarajal a nado con traje de neopreno, bajó de la embarcación por su propio pie. 

No dejaba de mirarnos. De mirar al objetivo de la cámara que se le acercaba cada vez más. De mirar a la Guardia Civil. De mirarme a mí, a los ojos, y con una serenidad pasmosa.

Era mi primer encuentro con la inmigración. Era su segundo intento de entrar en España. 
Y allí estábamos nosotros, preparados para capturar el momento en el que su sueño se le deshace en las manos. 

lunes, 17 de enero de 2011

Como cae un árbol...

«Me detuve... con el corazón oprimido.
Pero seguía sin comprender.
"Ahora vete", dijo.»


(Si quieres escucharlo completo, pulsa aquí.)

«Será para ti como si rieran todas las estrellas.»

«Y cuando te hayas consolado -siempre se encuentra consuelo- estarás contento de haberme conocido. Serás siempre mi amigo.»

Como las obsesiones, como la vida, como la duda y la certeza.
RUMIAR como entonces. Como siempre.
Por lo que fue y por lo que no fue. No por lo que dejó de ser.
Y saber que HOY no es un día más. Ojalá pudiera. 
Utilizar sueños explícitos, como éste. 
No habrá señal, lo sé. Hacer como la que no siente nada. Y, sin embargo, sentirlo todo. 
No habrá nada más, nada más allá de lo que hay aquí, que, sabes, es todo: 

«Serás siempre mi amigo» Sí, eso fue lo que dijo el Principito.

jueves, 13 de enero de 2011

Con las botas puestas



Ya nos lo avisó Ander Izaguirre: "El periodismo se hace con botas". Y a mí, partamos de ahí, eso me encanta. Con botas para pisar charcos, para gastar suelas subiendo y bajando las cuestas y para meterse en los sitios con barro, con mucho barro. 

Hace unos días, en el blog que Olga Rodríguez tiene en Periodismo Humano, "El minotauro anda suelto", leía unas críticas al periodismo que me resultaban, desgraciadamente, muy conocidas:

"Pero en España parece que se ha optado por otro modelo de periodismo. Consiste en fichar a la entrada y la salida de las empresas y permanecer en ellas, en las redacciones – más que redacciones habría que llamarlas oficinas- nueve o diez horas seguidas con la mirada fija en el ordenador, viendo cómo caen, uno tras otro, los teletipos".

Pero al mismo tiempo, he tenido la suerte siempre de toparme con periodistas excelentes en todos los sitios por los que he pasado. He trabajado junto a retahilas de redactores decepcionados echando pestes de un oficio que se olvidaron, a fuerza de mal usarlo, de cómo ejercerlo; pero también me he encontrado con periodistas que me dejaban boquiabierta admirándolos y que sabían (y saben) sacar los pies del trasto.

Cuando hace casi tres semanas llegué a Ceuta supe, desde el primer día, que había llegado a un buen lugar. Porque aquí, nada más llegar, te plantan las botas

Voy con los ojos muy abiertos, pero aún peco mucho (y lo que me queda) de inexperta y novata. Como el protagonista de El americano impasible, yo también creo ver "conspiraciones por todas partes". 
Aunque, en mi caso, se quedan en humo de cigarrillo electrónico, sin ni siquiera nicotina. 
Presiento las noticias, pero la mayoría se me escapan. Y me quedo mirando. Y veo, y oigo: a la hija de mi vecina que le pega unos desorbitados gritos a su madre; a un militar español que le susurra algo en el oído a la mujer marroquí que le acompaña; a una madre que empuja un carrito, con bebe dentro, que parece pesarle demasiado; a un grupo de "fuerzas oficiales" armadísimos haciendo ejercicios que parecería que están a punto de atacar la frontera; a un grupo de adolescentes que hablan sobre cómo salir de Ceuta; a un policía que me saluda, pero que no conozco; un montón de tiendas que se llaman 'La Meca', o la llamada al rezo que se escucha a la entrada del barrio de Hadu.

Veo mucho pero alcanzo muy poco. Se me esfuma. 

Pero, como dicen los italianos, piano piano. De momento sigo en ese estado primerizo de emoción en el cuerpo y euforia en la mente. Y sé, porque me conozco, que es mi mejor estado y que tengo que disfrutarlo al máximo para saber recuperarlo cuando lleguen los momentos de melancolía y desapego. 

También he tenido tiempo ya de descubrir quiénes son los periodistas que me dejan boquiabierta en mi nueva redacción.
Y las botas las tengo puestas.

domingo, 9 de enero de 2011

El americano impasible


Limpiarse la sangre salpicada en los bajos de un pantalón en mitad de un bombardeo. Esa es la impasibilidad.
En el amor y en la guerra, todo vale. En el periodismo no.
Los muertos convertidos en la cifra que le da color a un titular.
Las artimañas para sobrevivir.

Esta tarde he visto, por primera vez, una de esas películas que aparecen en mi lista de cine sobre periodistas que algún día completaré de ver: El americano impasible, evocada a medias entre una emocionante charla con un fotógrafo dentro de una furgoneta y el retoque final de una jefa a su editorial.

El periodismo por encima de la vida. La ética (y las buenas prácticas) por encima del periodismo. Vender(se) o no.

Todo resumido en la frase de uno de los dos protagonistas: “Tarde o temprano tenemos que tomar partido si queremos seguir siendo humanos".

viernes, 7 de enero de 2011

Tienes madera de artista

Este es uno de esos reportajes que a una, aunque sea por las propias vivencias personales, le hace mucha ilusión escribir. Al igual que me emociona poder publicar por fin en FronteraD.




No estoy viendo su cara. La conversación transcurre por teléfono. Pero sé que sus ojos están chispeando como cuando uno está a punto de echarse a llorar, pero de felicidad, que es el mejor llanto. Sé también que su voz, que parece tan frágil, es capaz de abarcar todo un patio de butacas. Sé que está sonriendo. Sé todo eso porque lo he visto en otros, porque es lo que distingue a los buenos actores de los mediocres y, por supuesto, de los malos. La pasión y la entrega con las que afrontan un personaje. Las que afloran de sus ganas de aprender.
       Jorge Plaza estudia tercero de interpretación en el Estudio Corazza, una de las escuelas de formación de actores más prestigiosas de España y cantera de actores tan internacionales como Javier Bardem. Si le pregunto por la escuela, contesta: “Ha cambiado mi vida de arriba abajo. Estoy como del revés”.
       “Espera... Aún no. Vuelve a entrar. ¿Qué te pasa cuando miras? No, no hables... Contente.  ¿De dónde vienes? ¿Cuáles son tus circunstancias? No, no te tenses. Fuera bloqueos. Relaja. Equivócate. Vuelve a empezar...” Estas expresiones son habituales en las clases de interpretación. Son recuerdos compartidos. Latiguillos que se repiten en la cabeza de los que pasaron por aquellas aulas. De antiguas promesas que hoy son figuras reconocidas en el mundo del espectáculo. De jóvenes utópicos que todavía siguen levantando el mundo con sus alas. Actuar es como una fuente de vida, en la que el agua que corre alimenta sus ilusiones. La seguridad de saber que han nacido para ello en constante enfrentamiento con el miedo a dejar su futuro en manos de la suerte. Más que nervios, inquietud. La fuerza que arrastran las profesiones que, más que un trabajo, se convierten en una forma de vida. Pero nada es comparable al temblor que experimentan encima del escenario. Con los ojos muy abiertos. Perdidos en el caos, en el intento de canalizar sus energías.
       Cristina Rota, directora de la escuela que lleva su nombre, sabe mucho de esta pasión: “Estaba tan convencida de haber nacido para esto —dice al recordar su primera prueba, con 14 años, para Electra—. Me cogieron por impune, por puro arrojo”. Rota asegura que para convertirse en actor o actriz, lo primero es tener vivo un sentimiento de “esto es lo mío”, y que eso “genera compromiso”. Pero añade que para desarrollarlo es esencial el contacto con el público. Por eso en su escuela actúan desde primero gracias a su espacio de muestras, la Sala Mirador. “No actuar anula tu criterio de realidad”, explica Rota y añade: “Se supervisa el trabajo del alumno, pero también se le da mucha libertad”. La salud de una escuela depende de no generar dependencia, se les debe preparar para un sistema “cada vez más perverso y competitivo”.
       Un sistema que nace de un deseo. Un deseo que se materializa en un impulso. Un impulso que te lleva a una necesidad, la de la formación. La mayoría siente la pasión de actuar desde muy niño. A otros, la vocación les llega tardía pero con la misma fuerza arrasadora. Una vez decididos a convertirse, cueste lo que cueste, en actores y actrices toca dar el segundo paso: ingresar en una escuela...

Lee el reportaje completo en FronteraD

jueves, 6 de enero de 2011

Un largo día de Reyes

Un día largo, sin tiempo de nada, y con tiempo de todo:
Mañana de reyes (Los periodistas vivimos, a veces, un día por delante). Reportajes clásicos, adecuados a la fecha. Literatura.
Café reivindicativo.
Reunión de reparto de temas. Llamadas. Sindicatos.
Riña de gatas, pelea callejera.
(Un accidentado bocadillo de tortilla)
Cabalgata de Reyes: carteros, caballos, Sus Majestades, caramelos (en todas las carrozas, claro que solo había seis). Mis cabalgatas nocturnas siempre en buena compañía convertidas en un desfile con mucha seguridad -policías (nacional), y más policías (local), y más (de intervención urgente)- y muchos niños marroquíes a la caza del caramelo, hasta por debajo de las carrozas.

Asilo. Hospital
Historia de un fotógrafo, del FOTÓGRAFO. 
El Dios que aparece en una editorial.
Redacción. Prisas.
Noche.

Una de cal y otra de arena: La felicitación de un policía por un artículo, la reprimenda de una política por un artículo.

Y llegar a casa pensando: "Voy a hacer cualquier cosa menos encender el ordenador".

Pero qué vamos a hacerle. Es noche de Reyes y no puedo dormir. Quizás sea porque aunque ya no espero nada, no puedo dejar de mirar por la ventana a ver si esta noche los veo llegar a los tres desde el lejano Oriente.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Y volver a empezar


Al sur del sur (O al norte, según se mire). Casi sin tiempo de reacción, como suelen ocurrirme a mí las cosas.
De una punta a otra. Recién llegada a la África española en la búsqueda de mi alma de periodista.
Estoy expectante y emocionada. Por un lado, mi primer contrato laboral como periodista después de una buena retahíla de prácticas, becas y colaboraciones. Por otro lado, un lugar peculiar, Ceuta, que me mal vendieron como un rincón feo y desamparado y que en los tres días que llevo me está sorprendiendo con su multiculturalismo y sus diversas perspectivas.

Cuando hoy, tercer día de trabajo, llegué a la redacción a las diez y media de la mañana, los pocos que andaban por allí me miraron con cara de espanto. ¿Qué haces aquí? Vete a buscar noticias. Y yo me acordé de aquella charla que nos dio en el máster David Beriain en la que nos hablaba de un periodismo que yo pensé que ya no existía. 
Pero aquí estoy. En un periódico en el que los redactores no tenemos acceso a los teletipos ni a las agencias y las noticias deben cazarse en la calle. Eso conlleva, claro, a la posibilidad de caer en la tentación de que todo pueda ser noticiable. Pero ahí está el olfato, el ojo periodístico, que sepa separar la paja del grano.
Sin renunciar a la calidad. Tengo muy claro de cara a esta nueva etapa que da lo mismo que el lector sea internacional, nacional o local. No dejaré de mirar atrás para no olvidar nunca todo lo que hemos aprendido. La calidad que me exigían con tachones de bolígrafos rojos o con e-mails despedazadores.

Me hacía falta volver. Echarme a los leones, dejarme explotar con horarios abusivos. Espabilarme. Necesito recordar por qué un día decidí que vendería mi alma al diablo del periodismo pero no por ello renunciaría a mis principios. Eso nunca. 
Necesito demostrarme que estoy a la altura de la pasión que irradian los periodistas que admiro, la que compartí con algunos profesores, con la que vi pelear a algunos compañeros.
Recién legada a El pueblo de Ceuta y dispuesta a darlo todo, a absórbelo todo, a aprender y a amar.

De Clark Kent a Mary Poppins 24: The End


Casi sin tiempo de despedidas. Bueno, según se mire. Porque la última semana no hicimos otra cosa que despedirnos. De todos, de cada uno.
Después, un vuelo rápido. Bueno, también más o menos… Según se mire.
El viaje programado a Belfast se convirtió en un “atrapados en la nieve”. Tendremos que dejarlo para la próxima, para cuando dentro de diez años volvamos a Kinsale a ver a nuestros niños convertidos en adolescentes.
Gia no sabía que me marchaba. Al día siguiente, me buscaría por la habitación de la au pair gritando Sha Sha; según ella, mi nombre. Harry sí sabía que era mi último día y no me soltaba, me dio un abrazo eterno de esos que solo saben dar los niños.

La despedida fue blanca, como la blanca Navidad. El jeep, nuestro jeep, nos regaló un último pasaje a través de la nieve. Después, tren de Cork a Dublín, cortesía de Morgan. Y avión a Faro. Esa noche, Cristina y yo estábamos cenando en su casa, como tantas otras. Y es que sin ella, nada aquí hubiese sido lo mismo. Me costó despedirnos. Irlanda nos esperó y ahora es nuestra. De las dos. Compartida como un par de calcetines desparejados que supieron encontrarse.

The End. Tres meses en los que acabé convertida en Cenicienta, pero en los que disfruté mucho.
Después de ésta, o mi instinto maternal quedaba castrado o me entraban unas ganas inmensas de ser madre. Y me da que es lo segundo. Claro que mi instinto maternal siempre estuvo muy marcado.
Y el inglés, ese constante enemigo. Que le diría a Moli. No hay que olvidar que en tres meses no se le pueden sacar peras al olmo… Pero teniendo eso en cuenta, estoy contenta con los resultados. Y hacer mis primeras entrevistas en inglés no tiene precio. (Reportaje pendiente, por cierto). Que una estaba disfrazada de Mary Poppins pero cuando hacía falta podía enfundarse el traje de Clark Kent.
See you soon...

viernes, 17 de diciembre de 2010

De Clark Kent a Mary Poppins 23: The last day.


Ya lo dijo Mary Poppins:
You’re never too old to go fly a kite.

Mi última noche, mi último día...

Regalos de despedida y un abrazo infinito del renacuajo.
Mañana más. Mañana, the last day.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

De Clark Kent a Mary Poppins 22: Hasta siempre


Hace unos días, Carolyne tuvo que ir a un entierro.
A la vuelta, Cristina, esperando recibir una respuesta acorde a un funeral, le preguntó que qué tal había ido. Pero para su sorpresa, Carolyne le respondió: "Estupendamente, me lo he pasado muy bien". 
Ante la cara de asombro de Cristina, la mujer le explicó algo sobre la cultura irlandesa: ellos tienen un modo diferente de afrontar la muerte.
Cuando alguien fallece, la familia vela al cuerpo en casa y todos los amigos los visitan. Mientras se bebe y se brinda, van, entre todos, recordando y relatando anécdotas del fallecido. A más cervezas, más recuerdos florecen. Hay velatorios que duran hasta tres días, convirtiéndose en una gran fiesta en la que, normalmente, hay más risas que llantos. 
La muerte recibida de la forma más natural, al fin y al cabo, la muerte es la única certeza que tenemos en la vida. 

Esta noche soy yo la que, como los irlandeses, brinda recordándote. Cuando llegues, no te asustes del perro que está en las faldas de tu hermana. Es muy bueno. Y a ella, dale un beso muy grande de mi parte. Algún día, seguro, nos volveremos a encontrar.

lunes, 13 de diciembre de 2010

De Clark Kent a Mary Poppins 21: Spanish party


Si aquí en Irlanda, esto se estilaba o no, no lo sabíamos, pero qué mejor despedida que juntarlos a todos. A todos con los que, de un modo u otro, hemos convivido y compartido estos tres meses en Kinsale. 

Así que anteayer, nuestro último sábado en familia, Cristina y yo organizamos una "Spanish party". 

Carolyne (la madre de una de las dos familias de Cristina) ponía la casa y pagaba los ingredientes...
(Ay, que hubiese sido de nosotras estos tres meses sin Carolyne, sin su casa y sin su jeep). 
La cita era a la una del mediodía, y ésta la lista de invitados:


Niños: 
- Los de Carolyne: Momo, Cuby y Charli, de entre 5 años y 1. 
- Los de Jackie: Nuestra benjamina Kiki, de 9 meses, y su hermana Mai, de 3 años.
- Los de mi familia: Harry y Gia (al final los voy a echar de menos y todo...)
- Los de familias amigas: Holly y Alex, de un año ambos. 
Si no me he comido a ninguno, 9 niños. A los que hay que añadir dos adolescentes. Encantadores, por cierto.
En total, 11 niños.

Adultos:
Las tres familias, más las dos inquilinas de Jackie, más la familia italiana, más la madre de Holly, más la madre de los dos adolescentes, más nosotras... 
En total, 11 adultos. 

Vamos, 23 PERSONAS (no, Cris?)  

EL MENÚ: 
Salmorejo, huevos rellenos, tortilla... y el plato estrella: Paella.
De beber, ponche. 

Un lunch festivo que resultó todo un éxito. La gente se lo pasó muy bien y pasamos un día en familia muy, pero que muy agradable. 


miércoles, 8 de diciembre de 2010

De Clark Kent a Mary Poppins 20: Trenes infantiles


Anda dando saltitos. Es tan rubio como el trigo. Siempre digo que prefiero a la niña. Pero a veces él hace algo que te deja embobada. Relamiéndote en el sabor dulce pero ácido de los pasteles de manzana que cocinan aquí. Pensando en aquella frase que alguien colocó el otro día en un escaparate: "La Navidad y la infancia no son épocas, son un estado mental". La inocencia, la sinceridad, la ilusión, la espontaneidad.

Hay pasiones que solo pueden vivirse con la intensidad con la que la comprenden los niños. Y la de Harry es los trenes. Quizás porque nunca se ha montado en uno. Y el todo por descubrir, aupado por la imaginación, es más potente que cualquier realidad. Su madre me había dicho: "A este niño le encantan los trenes".
Pero una no puede imaginarse hasta qué punto. No puede hasta que un día se lo lleva a ver una exposición de maquetas y el niño corre y corre, no con una sonrisa, sino con una risa nerviosa y juguetona que le impide concentrarse en lo que ve... "Look, look, look". Es lo único que alcanza a decir. Corre, vuelve, persigue los pequeños trenes en miniatura que se reparten por una ciudad también en miniatura. Y me mira. Y me dice lo lovely que es ese lugar.
Esa misma risa frágil y emocionada se apoderó de él ayer. Mi madre me había enviado un power point con fotos de trenes para que se lo enseñara al niño. Sus cinco años se le salían del cuerpo al ver las fotos. Y saltaba, no a pequeños saltitos como cuando anda, sino a grandes saltos de emoción. Pena que cuando somos adultos nos olvidemos de saltar al celebrar las emociones.
Hoy, en una ociosa mañana sin colegio, se ha puesto dibujar. "¿Qué dibujas?", le he preguntado. "Un tren -me ha contestado- para tu madre".

viernes, 3 de diciembre de 2010

De Clark Kent a Mary Poppins 19: Y después de la nieve... Llega el hielo


Qué semana más, más, más larga. 
Que sí, que la nieve es muy bonita y la blanca Navidad, muy blanca... mensajera de paz y de puro amor. 
El lunes uno se despierta y ve todo Sandycove white, white y le hace ilusión. Menos cuando eso significa que al cole de Harry es imposible llegar y que tienes que entretener al niño toda la mañana. Pero bueno, que si haces un muñeco de nieve, que si una guerra de bolas... Te congelas, pero la mañana pasa y te has echado unas risas.
Cuando el martes vuelve a amanecer nevado y tienes al niño, otra vez, todo el día en casa, te desesperas un poco pero lo sobrellevas: que si haces una tarta (total, más de lo que has engordado ya no puedes engordar.. o sí?), que si le pones la peli Cars por décima vez, que si le propones algún juego del que se cansará a los cinco minutos... En fin. 
El miércoles ya estás que te subes por las paredes. Llevas tres días sin salir de casa y la nieve te sale por las orejas. Qué hartura. Y qué frío, que se están alcanzando temperaturas inferiores a los menos 10 grados y las noticias dicen que viajes a cualquier lugar, excepto a Irlanda (Muy listos, claro, ¿pero qué haces si ya estás aquí?). Pues nada. No te queda otra que contar las horas...
Llega el jueves y dices: ¡Paso de la nieve! Si no puedo coger el coche, me planto las botas y salgo de este campo aunque sea en trineo. 
Y así lo haces. O lo intentas. No lo del trineo, sino lo de las botas. Coges el coche capota de la niña, la enfundas en los sacos mas abrigados que tenga y la metes dentro. Vistes al niño, le plantas los pantalones de esquiar, los guantes, el gorro, la bufanda, el abrigo y las botas. Y te atavías a ti misma de igual modo. Aquí no va a pasar frío nadie. Y además, la nieve parece que se está derritiendo. Eso será buena señal, no? 
Y sí, derretida está. Ahora el campo que rodea tu casa es una pista de patinaje que me río yo de la que montaban en el centro comercial de al lado de mi casa. No has andado ni tres metros y el niño ya se te ha resbalado 25 veces con sus respectivos 25 llantos. Y el carrito coge más velocidad que el coche de Fernando Alonso. De estas nos caemos al océano en la curva sin necesidad de estrellarnos con el coche. 
Nada, que no hay forma. De vuelta al convento. 
El viernes ya ni miras por la ventana. Total, ya sabes de qué color está todo ahí fuera. Y los patines te los dejaste en España. 

AVISO: Este fin de semana salgo de esta casa, aunque sea en helicóptero. 

martes, 30 de noviembre de 2010

De Clark Kent a Mary Poppins 18: Carreteras en Irlanda


Texto escrito por Cristina Tierra Burguillo 






Tengo que mirar la fotografía para inspirarme. 
Aunque haya recorrido kilómetros y kilómetros por tierras irlandesas con “mi Jeep”, todavía se me hace difícil pensar que unas carreteras tan estrechas (tanto como las que uno se encuentra, por ejemplo, en la Sierra de Huelva) sean aquí Carreteras Nacionales. 
Carreteras en las que, por supuesto, se puede conducir a 80 o incluso a 100 kilómetros por hora. 
No cabe duda que hay que tener buenos reflejos para frenar o esquivar, en el último momento, el coche que se acerca por el carril contrario a la misma velocidad que marcan las señales de tráfico.
Aunque en otras ocasiones, por el contrario, lo que toca es tener mucha paciencia porque el de delante (que, por supuesto, no es irlandés) lleva un coche alquilado y no se atreve a conducir a más de 40 por estos caminos de cabras.

Sin pasar por alto lo más importante, conducir por Irlanda es una experiencia nueva: volante a la derecha, y freno de mano y palanca de cambios a la izquierda (¡¡que al principio no es nada fácil acordarse!!); conducir por la izquierda (mucho cuidado en cruces y rotondas); paisajes de asombro por todos lados: acantilados, montañas, animales, playas, pueblos con casas de colores…; y Patricia de copiloto, que a veces me saca de quicio porque no se orienta en el mapa, y que la mayoría de las veces ríe y habla durante horas para hacer más amenas las horas al volante.

lunes, 29 de noviembre de 2010

De Clark Kent a Mary Poppins 17: Snowing day



La primera vez que vi nevar fue desde la clase de Historia de la Publicidad (Ay, Segovia...). Mi primera bola de nieve se la lancé a Raquel. Ella, como es asturiana, había lanzado muchas más. 
Cuando camino de Galway vi que empezaba a nevar, me puse nerviosa. Me gusta la nieve, pero no si vas dentro de un coche. La combinación nieve-coche me dejan la mente con el único pensamiento de vueltas de peonza. Y me da miedo, un irracional miedo tan irracional como todos los miedos, pero con bases muy reales. 
Pero la nieve, ya digo, me gusta. Así que una vez aparcado el coche, es tiempo de disfrutar. Lo más divertido de este fin de semana ha sido escondernos por las calles de Galway para encontrar el punto de lanzamiento más adecuado. A Cristina, su risa sin motivos la delata. Aunque la bola más grande me la tiró ella a mí.  

Hoy, Sandycove (mi casa) ha amanecido blanca. No colegio, no trabajo. Sí muñeco de nieves. 
La primera vez que he hice un muñeco de Navidad... diré algún día... fue en Irlanda. Mi primer snowman ha sido también el primero de Harry. 
Tiene gracia, pero los que somos de tierras soleadas no sabemos cómo se hacen los muñecos de nieves ni por qué es blanca, la blanca Navidad de la canción. Pero un buen día, como por ejemplo hoy, una aprende que las bolas más grandes se hacen dando vueltas como en los dibujitos de esquiadores que se caen montaña abajo.

Como nos hemos quedado atrapados en la nieve, Laura y Jonny (los padres) se han enfundado unas botas y unos buenos pantalones y se han ido andando al pueblo con un par de mochilas para abastecerse de comida... Un poco exagerado, he pensado yo. Pero ellos han contestado: No sabemos cuánto tiempo estaremos atrapados... 
La nieve puede ser un coñazo. Pero también puede ser muy divertida. Además, esta mañana, las vistas desde mi ventana estaban más bonitas que nunca. El contraste del océano con la nieve te paraliza, te deja sin palabras.

Esta entrada se la dedico a mi madre, para que se acuerde de mí el día que por fin vea nevar por primera vez; a Cristina, porque sabe disfrutar de la nieve y hace los mismos "ángeles" que los niños; y a Raquel, porque me enseñó a lanzar bolas de nieve.

(Acabo de acordarme que de chica fui a Sierra Nevada, así que igual allí tiré alguna bola de nieve. Claro que no me acuerdo. Solo recuerdo el trineo...)


jueves, 25 de noviembre de 2010

De Clark Kent a Mary Poppins 16: Que si el invierno llega frío...

Ya ha llegado el frío, el de verdad.
(Y tiene pinta de que no se va a ir).
Pero no hay nada (o casi) que no tenga solución: Estamos en "Countdown". La cuenta atrás ya no tiene freno (como, además, todos se empeñan en repetirnos).
Killarney, Killkeny, Cork, Dublín, Kinsale, Clear Island, Clonakilty, Ring of Kerry (ya era hora), Dingle... y este fin de semana, Galway. A este ritmo, el verde va a dejar de ser mi color favorito. Aunque es curioso que mis dos colores favoritos lleven toda la vida siendo el verde y el naranja... y me venga a vivir a Irlanda. O a Italia, claro. A lo que iba, que sí, que Irlanda es bonita. Muy, muy bonita.
Pero que esta noche hace un frío tremendo y tengo ganas de sentarme al lado de mi chimenea. Y de dormir hasta tarde.
Quedan tres semanas y un día: Un viernes con piscina. Y tres más. Lluvia fuera, agua dentro. Una clase más de Capoeira. Algún lunch más compartido, y una comida-cena en grupo. Algún que otro intercambio inglés-español más. Un par de viajes. Belfast. Muchos llantos (de niños) seguro, y también muchos cambios de pañales. Guinnes, y rubias. Saltos. Coche. Comidas picantes. Vocabulario. Hoover.
Gia. Harry. Momo. Cuby. Charlie. May. Kiki.
Chocolate. Canela.
Tres semanas... ¡Eso no es nada! Y después a casa, a pasar los lunes al sol, que así está el patio. Con un poquito (poquito) más de inglés y un poquito (poquito) menos de ganas.  
Mucho frío, sí. Y ya lo decía Mecano: "Que si el invierno llega frío, quiero estar junto a ti."
Mal vamos.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Una invasión de recuerdos

Todo empezó cuando al abrir Facebook vi a mi hermano convertido en Pedro Picapiedra
Silma, mientras tanto, interpretaba a Vilma. Curiosa pareja, pensé. Y seguí bicheando por la red social. 

Ángela se había convertido en La Sirenita, y entonces me acordé de Alejandro, al que relaciono más con Ariel. Los que lo conocemos sabemos por qué. Por algo los tres compartimos esa película como una de nuestras FAVORITAS entre a lo que pelis infantiles de Disney se refiere. (Siempre y cuando, eso sí, no aparezca en escena Ursula, terror de mis noches infantiles y causante de que a la niña de cinco años que yo era cuando el film se estrenó tuvieran que sacarla del cine atemorizada). 


Pero a lo que iba... Demasiados personajes animados inundaban el sábado los perfiles de Facebook. ¿A qué se debe?, pensé. Y la respuesta me llegó en forma de mensaje explicativo: 

"Del 15 al 22 de noviembre, cambiar vuestra foto de perfil de facebook por la de un dibujo animado de vuestra infancia e invitar a vuestros amigos hacer lo mismo. ¿La finalidad del juego? No ver hasta el lunes una cara humana en facebook.... si no, ¡Una invasión de recuerdos!"

Entendido el juego, reflexioné acerca de cual había sido el dibujito de mi infancia. De Disney, seguro. ¿O no?

Mary Poppins fue la gran película. Llegué a esa decisión, solo empañada por una actualidad donde las Mary Poppins ya no necesitan un poco de azúcar y acaban metidas a Cenicientas, que no fue nunca, creo recordar, de mis personajes predilectos.  
Y es que las pelis no animadas eran mi devoción: Mary poppins, La Bruja Novata, Tú a Bostón y yo a California... Pero como se apresuró a corregirme Ángela, la susodicha niñera no era personaje de dibujitos, y el juego, ya lo he dicho, consistía en deshumanizarnos. 

Así que por un rato me convertí en Pluto, mi preferido entre los clásicos.  Como perfecta voyeur, bucee en busca de los recuerdos de otros. Me llamó la atención que aquella tropa de la primera etapa Disney no hubiese sido reclamo del imaginario común en este libro de caras. 
Más de uno, sin embargo, se había convertido en Goku o en algunos de los de su tropa. Y yo me acordé de las veces que mi hermano me repetía las historias del hombre tortuga. Claro que para tortugas, las Ninja y la imagen de un póster colgado en la pared que nunca supe qué fue de él. 

Alguien se convirtió en Campanilla. Pero yo, una vez más dada a lo real, prefería la que interpretaba Julia Roberts en Hook, el capitán Garfio. Gran película. 
El zorro del amor de Coto me recordó a Chip y Chop, y a los dos desconocidos que nos estamparon algo así como Chip y Dale en Eurodisney. Resulta que los dibujitos también se lían con la Torre de Babel. 

Aunque lo que más me llamó la atención es que muchos de los dibujos que mis amigos tenían como fotos de perfil eran personajes desconocidos para mí. Dragones verdes, muñecos de trapo, perros blancos o retazos de tebeos que no sé quiénes son. La infancia y la invasión de recuerdos resultó ser un territorio privado y tan solo, quizás, compartido al cien por cien con los hermanos. 

Por eso, rebuscando en mi memoria, al final me decanté por Benji. Porque entre mis mejores recuerdos están los campos interminables de fútbol en las mañanas ociosas de verano de un camping en el que un enano y yo jugábamos a crecer. Yo me enamoraba de Benji y el enano se metía conmigo llamándome Patty, personaje de la serie (llamada Patricia) tan enamorada como yo del apuesto portero (Ok, Ángela, Patty estaba enamorada de Oliver). El desayuno se esfumaba entre partidos de Oliver y Benji rematados con empalagos infantiles de La Tribu de los Brady antes de salir a cazar lagartijas para cortarles el rabo o a apedrear las avispas que el niño tanto temería después. 

Durante mi recorrido facebookiano, también caí en la cuenta de la mente traicionera. Muchos, de mi quinta, se colocaron a Dory, de Buscando a Nemo, o a Los increíbles en sus perfiles, sin darse cuenta que esos dibujos forman parte de nuestro pasado, pero no de nuestra infancia. Quizás fuimos al cine a ver esas pelis, pero entre caña y clase de la facultad. 
La última película Disney que fui a ver siendo niña fue Toy Story. La última, siendo adulta, también. Mi hermano y mi primo Miguel en el cine Fantasio, que ya no existe, fueron mis acompañantes en la 1. Mi amiga Ángela lo fue en la 3. 

Siguiendo con facebook, Vanesa puso a Willy Fog y comprendí entonces por qué las dos hemos salido tan viajeras. También podría poner a los Fruitis, protagonistas de la primera película en video que tuvimos en casa. Opciones hay muchas. 

Probablemente, si me paro a pensar hay muchos más dibujitos de los que he nombrado entre mis recuerdos infantiles. Hago la prueba, y lo primero que se me viene a la mente es... Se oye una canción... Y suena mi voz de niña de siete años (des)entonando junto a mi hermano el tema de La Bella y la Bestia, que aún seguirá grabado en alguna cinta de cassette. O me veo al niño creyéndose El Rey León en algún juego inventado por mí. O me viene a la mente Aladín y al mismo enano rapado como una bombillita creyéndose el genio azul. 


Ha estado divertido convertirse por un fin de semana en un dibujo animado. Pero, además, me ha hecho recordar una cosa. Todos, absolutamente todos, los dibujos animados de mi infancia estuvieron compartidos. Y en todas las escenas que mi memoria evoca de aquellos años aparece un niño (el niño) pisando los talones de la hermana mayor que fui. En esta invasión de recuerdos siempre aparece Álvaro. El fue, sin duda, lo mejor de mi infancia.