Pablo Neruda. Aunque debería ser James Joyce. Una canción (demasiado conocida) que suena desde la cocina. Yo estoy sentada en el suelo del salón, para estar a la altura de los niños. Escribo en un trozo de cartón porque Gia me ha robado mi libreta y garabatea en ella algo que no se parece a nada o que se parece a todo lo que uno quiera imaginar. Delante de ella, los ventanales. Si te asomas, ves un océano revuelto en un día que amenaza chaparrón, una montaña, un rebaño de ovejas que nadie sabe muy bien cómo ha llegado hasta allí. Encima de la mesa, un café (mi café) del que la niña intenta apoderarse. El click-click de la cuchara de metal removiendo el azúcar. (No le pongas miel a la verdad, que si ando muerto es de tanto resucitar). Azúcar que, por cierto, los irlandeses nunca le echan al café. Una colección de coches de juguetes, de libros infantiles y de bebes de mentira. Todo esparcido por el suelo. Y la tarde pasa viviendo una vida que no es la mía. Pensándome si hacer o no pactos con el diablo. Aprendiendo inglés a cambio de olvidar que un día intenté conquistar tu corazón con un verso sin rima.
¿Sos española?, me preguntó el uruguayo
-
"*La utopía está en el horizonte*. Camino dos pasos, ella se aleja dos
pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve
la utop...
Hace 4 meses
1 comentario:
¡Qué bonito!
Publicar un comentario