martes, 11 de noviembre de 2008

Cartas de una Erasmus Entrega 04

La Torre de Babel

Los Erasmus tienen cierta tendencia a juntarse con estudiantes de su país, más aún si, como dicen, este año aquí en Perugia, hay más españoles que italianos. Mi coinquilina y yo, prevenidas de esta tendencia, desde el primer día hemos huido de los “guetos” españoles, y, a excepción de las superamigas, madrileñas ambas, de las leonesas (aquellas dos estudiantes de ingeniería de minas de León que conocimos en el albergue el primer día), y algún que otro rezagado españolito, hemos ido formando un heterogéneo grupo plurinacional.

De este modo, tenemos una inglesa, una polaca y un polaco, una alemana, y un montón de italianos, lo que supone que, a fin de no quedarnos atrapados en la Torre de Babel, el grupo se obliga a usar el italiano como lengua común, salpicada a veces, eso sí, por alguna palabra inglesa de referencia común.

Teatro Intercultural
A este intento de internacionalizarnos hay que sumarle el teatro. Una de las superamigas, abandonando a la otra, y la que escribe, abandonando a su coinquilina, nos hemos juntado con una de las leonesas –que ha abandonado a su vez a la otra leonesa– para unirnos las tres con una gallega, un húngaro, una indonesa, un par de turcas… y asistir todos juntos al llamado “Laboratorio Teatral Intercultural Human Beings”.

La idea aquí es que, partiendo cada uno de nuestra cultura, lengua y experiencias, nos encontremos, expresemos y busquemos a través del teatro. Dos días a la semana, durante tres horas, nos movemos, hacemos ejercicio, gritamos, reímos, nos expresamos, conocemos otras culturas, alejamos el estrés (tampoco será porque la Erasmus sea muy estresante), nos relajamos, y sobre todo, jugamos: jugamos como si fuéramos niños…

Las cenas internacionales
Por otra parte, en este intento de acercarnos a las otras culturas, hemos establecido, cada lunes, la cena internacional. Este último lunes fue española, con menú compuesto de: tortilla de patatas (of course), croquetas, patatas ali-oli, patatas bravas, huevos rellenos, jamón y aceitunas, además de arroz con leche de postre y sangría de bebida.

La idea base es que el nativo elabore la comida y los demás traigan la bebida, se ambiente con música del país y nos juntemos todos para una agradable, como dicen los italianos, “serata” (tarde-noche). Los españoles lo tuvimos fácil pero el día de la cena inglesa, nuestra inglesa tuvo que elaborar ella solita la comida para toda la veintena de gente que nos juntamos. El ingrediente clave fue el limón, y de ahí, hizo manzana con limón, hamburguesas de calabacines y limón, de atún y limón… y otras comidas que no podría describir ahora y que, según ella, eran más o menos, típica comida inglesa…

También en casa estamos palpando de cerca la comida internacional, ya que mi coinquilina y yo vivimos con una italiana, que nos deja patentes que es cierto que los italianos comen pasta a todas horas, y con una turca que le echa a todo guisantes, y que nos sorprende, de vez en cuando, con ricos dulces turcos… Si es que comer es de los mayores placeres…

Storia e Critica del Cinema
Uno de nuestros puntos de encuentro es la asignatura “Storia e Critica del Cinema”, lección en la que hay más alumnos Erasmus por metro cuadrado, y en la que todas (y todos) estamos enamorados del profesor, un genovés cincuentón que nos emboba hablándonos de teatro y cine. Y para fomentar las relaciones internacionales de sus alumnos nos ha llevado a todos de excursión al Museo del Cine de Turín. Pero, mejor, dejemos este episodio para la próxima carta…

lunes, 3 de noviembre de 2008

Vacaciones en Roma

- Pequeñas cosas, lo que se me antojase durante todo el día – dice ella.
-
Como cortarse el pelo y comer helado – le pregunta él.
-
Sí, y sentarme en la terraza de un café, mirar escaparates, pasear bajo la lluvia, divertirme, y ver cómo vive la gente.

La princesa que encarna Audrey Hepburn sueña con sus 24 horas de libertad, y el muro de los deseos le muestra la esencia romana por un día entero, acompañada de Gregory Peck, periodista del American New Service, que comprenderá que aunque, como le dirá el fotógrafo, “Es juego limpio. No está vedado cazar princesas”, los sueños y las ilusiones no pueden siempre retenerse en palabras ni en fotografías.

Si Roma es eterna es también porque no puede detenerse, ni añorar ni predecir, no valen los recuerdos de ayer, ni los miedos de mañana. Roma es eterna si hoy es un instante y se vive. Si las 24 horas de la princesa y el periodista son intangibles, pero a la vez tan visibles, que vuelan a la misma velocidad que los deseos.

Partiendo de Vía Marguta, número 51, y dejándonos seducir por el mercado de frutas y vida, de colores y flores, de sonrisas y supervivencia. Los ojos abiertos y el rostro expectante. Venta y compra de recuerdos, que no son dedales ni postales, sólo aromas y reflejos.

Y entonces la imagen tantas veces vista: la Fontana di Trevi donde las monedas cumplen deseos y garantizan la vuelta, porque volver es siempre dejar las puertas abiertas. Y mientras los niños juegan, a lo lejos, desde una calle pequeña, aparece en blanco y negro, las escaleras de la Piazza Spagna, y él, Gregory Peck, avanza hacia ella, Audrey Hepburn, que disfruta de un gelato italiano. El encuentro fortuito que no es tal da paso a las esperanzas. Y los coches y las vespas, que hoy se venderán en llaveros, avanzan entre mucha muchedumbre y pocos turistas, cuesta arriba, cuesta abajo, y a veces en dirección contraria, como la vida, y apareciendo soles, como en la vida también.

El Café Rocca u otro, y el champán lo cambiamos por capuchinos, y en las terrazas el calor va entrando. Ellos avanzando en vespa hacia el Colosseo, que se presenta sin puestos ni americanos, y a las espaladas, el monumento de Vittorio Emanuele, la imagen de años atrás, la primera impresión, el recuerdo fijo de la memoria engañosa.

La boca de la verdad o lo que es lo mismo, “según la leyenda, si un embustero mete ahí la mano, la boca se la muerde”, cuenta él, y entonces, la vida es juego, y son mejores las risas que los llantos.

Y al final dirá ella: “No sé como despedirme. No encuentro palabras”, y él le responderá: “No son necesarias”. ¿Por qué? Porque San Angelo es captar en un segundo la majestuosidad de Roma, el reflejo en el agua y el primer beso. El ritmo y la pelea, la diversión y los músicos cantando… y si es cierto que, a veces, “la vida no es siempre como a uno le gustaría”, también lo es que la magia de los secretos pueden reconducirnos a la ilusión.

Y si la música vuelve a envolverlo todo, mejor será bailar, mejor soñar, ahora que la eternidad está a la vuelta de la esquina, y que pasear despreocupados por la ciudad eterna es tan fácil como saber estar atentos.

Y entonces, las palabras de ella:

“Cada una en su propio estilo es maravillosa, pero la que no olvidaré nunca es Roma, sobre todo Roma. Conservaré grata memoria de mi visita aquí durante toda la vida”.

martes, 28 de octubre de 2008

Cartas de una Erasmus Entrega 03

El Eurochocolate

Las superamigas, mi coinquilina y yo vamos a engordar descaradamente como vivamos otra semana como ésta. Como si no tuviésemos suficiente con los kilos de pasta, las pizzas, los helados, los “aperitivi” y demás delicias gastronómicas italianas, está semana se está celebrando en Perugia el Eurochocolate.

Vas caminando felizmente por la Piazza Italia y te “comes” una montaña de kit kat, el envoltorio rojo y blanco de las chocolatinas te dicen: “tómate un respiro”. Huyes… y ante ti, un bombón gigante que se ha tragado a una dependienta que te ofrece bombones… A lo lejos ves un puesto de fruta… sí, comida sana mejor, te dices, y empieza a derretirse por el plátano la founde de chocolate negro… y te derrites tú, qué rico… ¿Cómo resistirse?

Y crees que venden otras cosas, otros productos gastronómicos, porque de pronto en mitad de Corso Vannucci (la calle que atraviesa el centro de Perugia) ves un puesto de embutidos. Es entonces cuando descubres… ¡que son salchichones de chocolate! El chocolate adquiere las más inimaginables formas, desde los clásicos cigarrillos a las figuras navideñas.

Mamma mia! Intentas escabullirte de la aglutinación de gente: imposible, ya estás dentro, has subido hasta la cima de Perugia en unas escaleras mecánicas abarrotadas y ahora el centro de la ciudad desprende un irresistible aroma a cacao... Puedes tomarte un chocolate caliente o un helado, un crêpe con nutella o un biscocho, una tableta entera de chocolate con almendras, dulces, bombones…

El hombre del hacha

Las superamigas, mi coinquilina y yo nos apretujamos entre la muchedumbre que corea “Signorina!!”… Un hombre va rompiendo a hachazos una escultura gigante de chocolate, la signorina en cuestión va atrapando cachos de chocolate, metiéndolos en una bolsa y repartiéndolos entre la gente. Tras más de media hora de apretujones nos hacemos cada una con una bolsa, chocolate negro y duro que nos iremos comiendo a bocados a lo largo de todo el día.


Gubbio

Y chocolate en mano, de momento, huimos de Perugia por unas horas… Se celebra en Gubbio, un pueblo cercano, el Altrocioccolato, el festival alternativo… A la aventura nos vamos… y resulta ser un festival donde venden de todo menos chocolate… o esa es la idea, que no necesariamente la realidad.

El pueblo está en la montaña y subimos a la basílica de Sant’ Ubaldo en el Funivia “Colle Eletto”, un armatoste mecánico con forma de “jaula”, un teleférico con unas vistas que hacen merecer la pena la subida. Luego, de vuelta a la plaza principal del pueblo, los puestecillos se alternan con actuaciones al aire libre de las que disfrutamos –¡¡oh, nooo!!– comiéndonos otro crêpe…

Cansadas y felices –es lo que tiene el chocolate– volvemos a Perugia por la noche, y antes de ir a casa aún nos da tiempo a enviar un mensaje de amor. Los “Baci” (besos) son los bombones típicos de Perugia, fabricados en la Fábrica de Chocolate de la ciudad; el bombón está envuelto en un papel en el que aparecen escritas las citas de amor de los más populares escritores. Durante este Festival, los viajeros pueden escribir su cita, “Dilo con un bacio (beso)”, te animan los organizadores… y si tu frase de amor resulta elegida, aparecerá en los próximos “Baci” a la venta.

Hasta el 26 de octubre, el rico aroma nos seguirá despertando cada mañana… Ummmm… ¿cómo no rendirse ante la dulce tentación del chocolate?

Cartas de una Erasmus - Entrega 02

Mi coinquilina y yo llegamos al Ostello per la Giuventú de Perugia y… (En España: cola de la Oficina de Relaciones Internacionales de mi Universidad. Conozco a una chica alocada, despistada y dulce. Se va también a Perugia de Erasmus. Congeniamos y decidimos al instante irnos juntas. Seremos compañeras de piso, o lo que es lo mismo, será, además de mi inseparable, mi coinquilina).

Mi coinquilina y yo llegamos al Ostello per la Giuventú de Perugia (el albergue). Compramos el Cerco e trovo, (Busco y encuentro), el periódico donde los italianos, además de vender sofás o dar clases de cocina, publican los anuncios de pisos.

El vocabulario básico es:
Cerco affitto, que viene a ser: busco piso de alquiler.
Camera singola o doppia: Habitación individual o doble. Individual… per favore….
Condominio: Comunidad. (Mejor que no haya)
Riscaldamento: Calefacción (Mejor que sí haya)
Quanto costa?: ¿Cuánto cuesta?
Posso vederla?: ¿Puedo verla?
Qual´e l´indirizzo?: ¿Cuál es la dirección?

Primera jornada

Un futuro casero nos recoge en coche en el Arco Etrusco. El primer piso: demasiado lejos. Descartado. En el segundo piso nos dan plantón. Mientras esperamos nos encontramos a dos compañeras de Madrid, también estudiantes Erasmus: “Nosotras, que llegamos hace cuatro días, llevamos acumulados cuatro plantones”, nos dicen. Qué ánimos, piensa mi coinquilina y las bautiza las superamigas. Lo que aún no sabe es que las cuatro nos haremos inseparables…

El tercer piso impresiona: una planta para cada dormitorio, y otra para la cocina, millones de colchones… Un piso antiguo y enorme… pero hiela. Salón no tiene. Pronto nos daremos cuenta que en Perugia los salones son una estancia inexistente.

Retorno desolador al albergue. Allí conocemos a las leonesas, dos estudiantes de ingeniería de minas de León. “Nosotras llevamos una semana buscando”, nos consuelan. ¿Consuelo? Desolación…

Segunda jornada

Dos horas buscando un piso en el que estábamos citadas. Desesperadas, preguntamos a una chica italiana que pasea con su perro. La chica, su amiga y el perro terminaron viendo el piso con nosotras, y convirtiéndose, de este modo, en nuestras primeras amigas italianas. Las italianas nos harían los más ricos platos de pasta, pero, como dicen los italianos, piano piano, lo primero, encontrar casa.

En Elce, el barrio de los universitarios, un casero al que le recordamos a su hija, Erasmus en Alemania, nos enseña un piso tentador. Paseamos reflexionando cuando nos volvemos a encontrar (Perugia es bien pequeña) a las superamigas: “¡tenemos casa! –nos dicen eufóricas– un piso un poco caro pero enorme. Descartamos otro, más pequeño y barato, completamente reformado… si lo queréis ver…”.

Emoción

Atravesamos la Vía Pinturicchio, (afamado pintor), nos metemos en Via Idalia y vemos el piso. Mi coinquilina y yo nos miramos, el mismo pensamiento nos pasa por la cabeza: “¡Es éste! ¡Es éste! ¡Nos lo quedamos!”. Nos sumergimos en un emotivo abrazo, somos felices. Lo hemos logrado, y en un tiempo record: Abbiamo trovato affitto!! …y nos vamos a celebrarlo…(con mojitos).

Cartas de una Erasmus - Entrega 01

LA PARTIDA

Perugia (Italia). Principios de octubre. Frío. Una ciudad de montaña entre Roma y Florencia, ojos muy abiertos, la dosis perfecta de ansiedad… y comienzo a escribir. Soy, con envidia de muchos, una estudiante Erasmus, todos dicen que será una experiencia única y maravillosa.

¿Burocracia o burrocracia?

Pero empecemos por el principio. Bueno, por el principio no, saltémonos dudas, burocracia y burocracia y burocracia…y situémonos en septiembre: una estudiante de periodismo, yo, se dispone a meter en una maleta los 20 kg de ropa (y objetos varios) permitidos por la compañía de vuelo de bajo coste. A la gente que marcha a mi alrededor le atosigan los nervios y las ganas, yo ando acelerada y dubitativa, y en ese punto de partida me dispongo a llenar la maleta. Parece fácil… pero no lo es.

La estudiante abre el armario y sobre la cama va desperdigando diversos “por si…”. Dos horas después, la habitación es un revoltijo de ropa, papeles, ilusiones y cosas diversas: mi gato disfruta. ¿Qué abrigo me llevo? Que quite el frío, que sirva para la lluvia, que me combine… Camisetas, rebecas, chaquetas… decisión, qué vida más cruel. ¿Me hará falta el bikini? Yo llevo tres, me contestan. Pero si en Perugia no hay playa… ¿Y cuántos pantalones? Los de pana abrigan y pesan, los vaqueros no abrigan… ¿pero cómo no llevar vaqueros? ¿Omito faldas?

Planificación

Duda existencial… ¿te has parado alguna vez a pensar qué tipo de sábanas pesa más? Las de franela, las de verano, las de Pirineo… Me hago con el peso de la cocina: la pieza ronda los 400 gramos. Curioso. ¿Toalla o albornoz? Ropa interior… y zapatos… uff, la gran tragedia. Unas botas ¿las de las acampadas o las de lluvia? Unas deportivas. Me veo en el aeropuerto con las botas altas, porque si no ¿dónde las meto?

Aquí no acaba… ¿medicinas? Sí, botiquín de urgencia. (Una madre enfermera deja huella). La máquina de depilar: innegociable, pese a quien le pese. Cámara de fotos, el ordenador portátil…alguna foto… ¿Y el saco de dormir? ¡Ahhh!

¿Libros? No, no… tengo que sumergirme en la literatura italiana… pero… ¿Uno? Venga… Finalmente, un trato a medias, en español sobre Italia: Paseos por Roma de Stendhal, y Venecia de Jan Morris. Además de un diccionario italiano-español y mi Grammatica italiana di base. Y un atlas básico de inglés, que siempre será útil… Y un moleskine… Notas diversas, suspiros. Llega el momento, el duro momento: pesar la maleta. ¿20 kg? Mínimo pesa 30. Pido auxilio…

¡Ayuda!

Y me socorren, con mano dura… Seis jerseis… no, no… tres… ¿¿por qué?? Porque… porque sí. ¿Dos pijamas y dos pantalones de deporte? De eso nada, un pijama, y un pantalón de chándal, y combinas. ¡¿Pero si de estas dos rebecas sólo cambia el color?! No, no… ¡Ay!

¡Ay, digo yo! Parece fácil, ¡qué difícil de explicar!… Un par de párrafos equivalen a una semana de meter y sacar cosas de la maleta, ¡ay!, repito. Finales de septiembre, aeropuerto de Barajas, Madrid. Nervios: Tilas. Despedidas. A presto, cara!! Y Perugia espera… La vida Erasmus acaba de comenzar. La primera impresión, la primera panorámica aguarda cerca.

La bella Italia, la dolce vita…

domingo, 26 de octubre de 2008

La eternidad


Nada es eterno.

Jamás lo es la vida.

No son eternos los sueños ni las certezas.

No son eternos los miedos ni las dudas.

El mar no es eterno, ni la luz, ni el deseo.

La incorrección se corrige.

El olvido se hace un hueco.

La incomprensión no se transmite.

La ayuda no existe.

La empatía es un invento.

El dulzor no es más que amargura camuflada.

La familia, los padres, los hijos, los hermanos no existen, no te conocen, no te respiran.

Los amigos parecían espejos pero son espejismos.

El viento no es otra cosa que un soplido que apaga velas y tira casas de paja.

Los días del calendario son un invento de los romanos para darle utilidad a la X que utilizan para tachar las horas que se suman y se pierden.

Comenzar no es más que volver a repetir los mismos errores.

Gritar no se diferencia a estar en silencio.

Las estrellas son puntos de luz que se apagan con el sol.

El agua igual quita la sed que ahoga las esperanzas.

Aprender no es más que poner parches a la ignorancia.

Escribir no es otra cosa que unir letras que nunca tendrán sentido y nunca expresarán un significado eterno.

La eternidad no existe.

Ni tú ni yo somos eternos.

El olor desaparece.

El dolor y la alegría no se entienden sino van de la mano.

Seducir no es otra cosa que engañar a quien se sabe engañado.

Ni siquiera, ni siquiera Roma es eterna.

lunes, 20 de octubre de 2008

miércoles, 15 de octubre de 2008

Forse

Forse (quizá) porque Roma al revés se escribe Amor.

Porque parece todo igual y todo, necesariamente, ha cambiado.

La luna se lamenta por perder su sitio en el cielo y el sol le pone la zancadilla a una estrella en un furtivo encuentro.

Quizá… Si las palabras las llenásemos de contenidos en lugar de llenarlas de silencio.

lunes, 6 de octubre de 2008

Croquetas de salmón en doce pasos

1 Parece fácil.
Aceite, harina, leche, sal y salmón. Huevo, pan rallado.
La receta a la vista y el recuerdo muy presente.
El delantal y cariño...
2 Se corta el salmón.
Elemental...
3 Esto va mal.
La harina empieza a quemarse, ¿la leche la echo ya o espero?, y grumos y grumos y grumos... si le tiro esta masa a alguien en la cabeza le hago un chichón.
¡¡Profeeeeee!!
4 Pido refuerzos.
¿Qué hago? Vienen a ayudarme... cocina creativa, ni por esas....
5 Lo irremediable.
Se intenta, se intenta... Los grumos son ya lo de menos. Pruebo la masa... sabe exactamente igual que si me meto en la boca una cucharada de harina... Qué "schifo" que dicen los italianos (asco).
No hay remedio, la basura es su único destino. Resignación.

6 Nuevo intento.
Recupero una cita: "Un fracaso no es una deshonra y muchas veces puede ser más instructivo que un éxito". Richard Olney
¿Rendirme? Nooooo. Tengo al lado a las "refuerzos", toda la tarde aún por delante y ganas...
...y más leche, más harina...
7 Alá. La masa...
Esto ya tiene otro color, otra textura y otro sabor... Se la añade el salmón y... Bualá!! :D

8 Trabajo en cadena.
Un par de horas después... La masa ya enfriada... Croqueteando, huevo, pan rallado, huevo, pan rallado.... ¿Ford fue el del trabajo en cadena? Qué gran idea!!
9 Freirlas.
Algo falla. Echo en el aceite caliente una croqueta y ésta se sale de su "envoltura" y se frie la harina por un lado mientras la masa se esparce por la sartén... ¿Cual es el problema? ¿Qué ha pasado, profeeeee?
10 La primera croqueta.
Finalmente las frío. No ganan en pinta, cierto. Pero... mira, mira... la primera croqueta.
11 Ummm.
Seguida de muchas más....
12 Rica, rica...
El resultado fue un aprobado. Ricas estaban pero... qué diferencia!!! Tanto qué aprender.... (Entrada dedicada a mi profe de croquetas.... ;D)

lunes, 22 de septiembre de 2008

Miedos y esperas

Juan Muñoz y el miedo

Imagina que subes por una escalera, o que bajas por ella. En esta ocasión, subir o bajar es indiferente. La escalera es estrecha y empinada, la sensación es de vértigo.
Entonces, instintivamente, buscas el apoyo de un pasamanos que te acompañe durante el trance, durante el trayecto de subir o de bajar. Ese pasamanos se convierte en tu aliado, te protege del miedo a la inminente caída.

Juan Muñoz fue un escultor español contemporáneo del que ahora se exponen sus obras en el Guggenheim de Bilbao. Sobre una pared blanca aparece un pasamanos desnudo. Así, tal cual, sin escaleras a las que acompañar. ¿Representan el miedo o la confianza? ¿El peligro inminente o la seguridad? Un pasamanos como símbolo de nuestro miedo, incluso antes de que el supuesto peligro que tememos se haya manifestado. No hay escaleras: no hay, por lo tanto, peligro. Pero buscamos inquietos el pasamanos como quien busca cura a una enfermedad que aún no existe.
En otra sala de la exposición se muestra otro pasamanos. En esta ocasión, guarda un secreto: Si te refugias en el pasamanos te espera tras él una afilada navaja escondida en uno de sus laterales. Cuando nos invade el miedo antes que el peligro, el propio temor es el que nos provoca el daño, un resultado nefasto con final de batalla sangrante, provocado por un miedo afincado en causas inexistentes. No hay un mayor peligro –y es un peligro enorme– que el propio miedo infundado, que no alerta, sino bloquea.

Juan Muñoz y la espera

Otra de las salas alberga cien muñecos, cien representaciones humanas de características similares con una particularidad común: ninguna de ellas tiene pies, sus tobillos, cual troncos de árboles, se afincan en el suelo. Quisieran andar, correr, pero nunca se moverán de la tierra.
Muñecos similares en otra sala, no sólo no tienen pies, además, sus troncos se sujetan sobre enormes pelotas sujetas al suelo. La misma sensación de fijación permanente contra la propia voluntad.
Distinta figura pero el mismo sentido aguarda en los alrededores. El muñeco de un ventrílocuo espera para pronunciar palabra. Una espera vana, no existe el hombre, la mano que guíe, sólo el muñeco sin voz, la espera sin resultados, la espera eterna.
Cuando Juan Muñoz era niño, a veces, al llegar del colegio a casa, su madre había cambiado las habitaciones. Su cuarto íntegro, con sus muebles, su cama, sus cuadros, se hallaban colocados exactamente en la misma posición pero dentro de otra estancia.
Esa incertidumbre de hallar el cuarto igual pero ubicado en otra habitación se hacía cada vez más intensa al no ser capaz de pillar infraganti a su madre haciendo los traslados. Siempre llegó demasiado tarde o demasiado temprano pero nunca en el momento adecuado. Se acostumbró a saber que a la vuelta del cole podía hallar su habitación en cualquier lugar, lo asimiló como algo cotidiano pero le dejó marcado profundamente.

Juan Muñoz hace frente a los miedos y las esperas eternas a través de la descolocación del espacio como provocación, como si fuera un juego intranquilizador.
Miedos y esperas. Ambas sensaciones están demasiado relacionadas. Cuando se sustentan en algo inexistente es cuando son más peligrosas. El miedo y la espera son tan invisibles e intangibles como reales y dañinas.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Silencio


Silencios. Injusticias. Versos. Besos.
Colores. Mar. Olvido. Azul.
Pensamiento. Película. Pastillas. Pasado.

Agua.
Barro.
Calambres.
Chicharrones.
Deseo.
Estatuas.
Falsedad.
Grande.
Huelva.
Idiota.
Juncos.
Kilos.
Lectura.
Llamas.
Miedo.
Naúseas.
Ñoña.
Olor.
Palabras.
Quién.
Rodar.
Sueño.
Tiempo.
Uno.
Verdad.
Wenceslao.
Xilófago.
Yo.
Zarpazo.

Irremediable silencio frente al mar que esconde todo lo que no se puede decir.
Silencio. Silencio he dicho.

viernes, 29 de agosto de 2008

Vuelta a la ciudad

Cronómetros que se paran, círculos y huellas en el asfalto. Vuelta a la ciudad era el título del artículo que hoy firmaba Benjamín Prado en El País.
Como tengo sueño, ando más empanada que de costumbre. Eso no impide que en mi lectura matutina de la prensa (en leer el propio periódico y la competencia consisten gran parte de mis prácticas), la vuelta a Madrid de la que habla el escritor haya llamado mi atención, probablemente porque mi final de verano surca la A4 en dirección inversa a la narrada. Se habla estos días del final del calor y de la vuelta al cole, del retorno al trabajo y la despedida de la playa con olor a septiembre. Cito: “La cuenta atrás del verano está acabando”. Cierto. Pero mi cuenta atrás es la contraria. No vuelvo a Madrid, me marcho de ella con la sensación de no haber tenido tiempo suficiente para encontrarnos, y con la incertidumbre y el temor de no saber si realmente, a la vuelta -¿qué vuelta?-, las miradas seguirán detrás de las mismas esquinas.

El sms 104 de mi bandeja de salida deja constancia, a las 10.38 del 6 de septiembre de hace un año, que me venía aquí a estudiar. Me dejé llevar, me dejé traer más bien. Este verano sí fui yo la que, teniéndolo absolutamente claro, decidí quedarme a hacer las prácticas en Madrid. En el periódico he pasado por varios ordenadores, varias fases y varios estados emocionales. Vuelvo ahora, a un día de finalizar la beca, al mismo ordenador en el que comencé.
A principios de julio me retaron a sobrevivir al verano, y hoy es 28 de agosto.
Indolencia, sueños, sarpullidos. Quizás demasiadas horas soñolientas, observando sin implicarme y esperando. Pero también emociones a trompicones, resúmenes, e ideas. Conversaciones y consejos. Georgia, aviones, agua desperdigada, un suicidio no consumado, pereza, portavoces de mentiras, salmón para quien suspende economía, cartas, café, pirámides alimenticias, viajes, recortes, y una libreta de pastas duras.
También yo, aquí, he aprendido cosas que aún no sé que he aprendido, aunque el final sepa más a derrota que a triunfo.

Mientras, anhelaba que llegara el fin de semana. Mis compañeros me imaginaban cansada, y a la vuelta el lunes me preguntaban compasivos: ¿trabajando el finde?. No entendían que no me sentía cansada, que no quería dormir, que quería aprovechar el tiempo, y que a veces, quería pararlo, pero no para descansar sino para disfrutar de los segundos.
Mis prácticas radiofónicas disiparon mis temores a las ondas, y la hora se coordino con las ganas, bajo la sombra de árboles que me protegían del sol, y de las tormentas de verano. Tenía un interés amplificado por el desconocimiento, y aunque sé que no me dedicaría a ello, y me dejó aún más claro que prefiero la prensa escrita, me lo pasé muy bien, y eso es ya muy importante, sobre todo en un verano que sacudía más verdín que sol. También hubo demasiados vacios y rencores de aguas demasiado pasadas. Demasiados demasiados.
Pero si mi hermano se mete con mi positividad y critica “las ilusiones absurdas esas que tú tienes”, quizás lo que no sepa es que esas mismas, me sirven para que, tras este verano que acaba, yo sepa que he aprendido de los errores, y lo bueno perdure para siempre sobre los momentos malos, las risas sobre las lágrimas, que de todo hubo.
Por eso sé que cuando piense en este verano lo imaginaré en sábado, en sábados que madrugan y se acuestan muy tarde; en la memoria de emociones que me llevo conmigo, y que ya sólo me pertenece a mí.

Si nada cambia, el martes conduciré mi coche de Madrid al sur de Andalucía, en dirección inversa a los que acaban sus vacaciones y regresan a la capital. Todo vuelve a ser de paso, a representarse en una maleta...
pero confío en la veracidad de la frase con la que Benjamín Prado termina hoy su Vuelta a la ciudad: “Las huellas que se dejan en el asfalto son menos fugaces que las que se dejan en la arena”.

lunes, 25 de agosto de 2008

7:40

“El tiempo es el peor de los enemigos, puedes derrotarlo en mil batallas pero él será implacable en la última.” Eso escuche una vez…

Pero ayer gané una de esas batallas. Y el tiempo se paró, feliz, a las ocho menos veinte. Justo ayer, el mismo ayer que ya no existe pero que existirá siempre.

jueves, 21 de agosto de 2008

Periodismo agridulce

Llego al periódico, justamente, doce horas después de salir de él ayer. Pero de ayer hace ya una eternidad.

Primera Parte:

Son las once y veinte de la noche cuando llego al Metro. Escribo en mi libreta de periodista mientras viajo en él. Exaltación, agotamiento: ese cansancio que te deja abatido tras un acelerón desmesurado. Tantas quejas pasadas, y estoy viva.

Cuando he salido del periódico, más de dos horas después de la hora habitual de cierre, apenas quedaba nadie en la redacción. Entre ellos, uno de mis compañeros de prácticas. Me ha mirado asombrado, acostumbrado a mis habituales días taciturnos, se extrañaba al verme desbordada y exaltada corriendo de una punta a otra de la redacción transportando papeles, ideas y preguntas.
“Emocionante”, le he dicho mientras recogía para volver a casa. Esa no era la palabra. Él me ha contestado: “agridulce”.

Es cierto. Profundamente agrio, profundamente trágico.
Profundamente cruel. Desmesuradamente injusto. Demasiados inocentes (153 en las últimas cifras) que sólo querían bañarse en las islas.
Y sin embargo, en mi redacción, una redacción, ubicada al lado de Barajas; una redacción típicamente agosteña, es decir, repleta de becarios ávidos de profesión, se palpaba la sensación de estar en el centro de la noticia, de tener la oportunidad de conocer y contar de primera mano algo que será historia, aunque sea una página pintada de negro.
La exaltación periodística dicha en voz alta suena horrible, pero sentida es vital. Es probable que nuestra bella profesión sea amarga y cruel, que dicho así, sentirse bien haciéndonos eco de la más cruel tragedia, nos haga horribles personas.

Pero también es cierto que aunque esto parezca una justificación de conciencias, se siente el dolor y el sufrimiento, no se es impasible. Y también es bello poder utilizar la palabra como arma. No, no es la pretensión de antaño de que el periodismo cambie el mundo, no es literatura ni abismos. Es el agridulce de la profesión, comprender los reflejos y que las velas se apagan si soplas. Mirar hacia arriba, hacia un avión que se derrumba es el modo de ser coherente con el camino elegido. Raro de explicar, quizás.

Segunda Parte:

Pasadas las doce de la noche y tres trasbordos, aguardo la llegada del último metro. Publicidades de vuelo pasan a mi lado y me doy cuenta de que estoy, físicamente, más cansada de lo que creía. Me sorprendo bostezando. No me puedo creer que el metro aún marque 8 minutos de espera.
Mientras subía las escaleras mecánicas me vino a la mente El pintor de batallas, de Pérez Reverte. Me gustó mucho ese libro, pero no sé por qué lo recuerdo ahora, quizás el tratamiento del dolor, la permanencia de lo fugaz, la eternidad del instante, la reacción del periodista ante ello. O quizás no.

Un chico se me acerca y me pregunta por una parada. Sólo ha pasado un minuto.
Decido sentarme en los escalones, a pesar de la suciedad. 6 minutos.
Me pesa el bolso. La tarde ha transcurrido tan deprisa que no me ha dado tiempo de leer todos los periódicos y los arrastro a casa como tarea pendiente. 5 minutos. Público lleva en la portada un sumatorio de muertos en conflictos internacionales. Los 44 de Argelia ganan. Ni sumándolos todos se alcanzan los de hoy. 4 minutos. Un hombre pasa a mi lado arrastrando una gran maleta.
Esta mañana, en todos mis trasbordos, me crucé con una familia cargada de niños y maletas, probablemente, teniendo en cuenta la línea, se dirigían a Barajas. Qué felices, pensé. Pero durante toda la tarde, entre mal rollo y subidón de adrenalina, pensaba en ellos. Lo probable es que estén felices en cualquier lugar, pero no pude evitar pensar en esos desconocidos.
He perdido la cuenta del metro y cierro los ojos. Hoy será un día recordado en futuras listas negras, el 20 de agosto será nombrado trágicamente, pero el recuerdo, presente, en cada uno, será muy diferente. Yo también recordaré el día de hoy. Su sabor agridulce, su sabor periodístico.

Llega el metro. No podemos perderlo. Porque, a veces, la vida depende de un instante.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Veraneando en Madrid

Una gota helada de agua en mi espalda me despierta abruptamente de mi siesta piscinera. Tres de la tarde. Un montón de niños ignorados por sus padres se pegan en la piscina infantil. Qué se callen. Sin aún levantar la cabeza de mi toalla, agudizo el oído. Tres jóvenes (unos frikis de ‘cuidao’) se disputan a mi lado qué héroe de comic se asemeja más a cada uno de ellos.

Ay, qué felicidad, pienso, ¿quién dice que en Madrid no saben veranear? Piscina, sol, café con hielo. Cómo se nota que es verano, qué alegría. Una parejita se mete mano debajo de la toalla en plan edredoning Gran Hermano, los grupos de amigos se dan a la litrona, a las cartas y a las raquetas, las familias (padres, abuelos, niños, tíos, primos y vecinas) sacan de una nevera gigante filetes empanados, tortilla de patatas y sandía. Las tetas de todas las que están a mi lado tumbadas al sol, además de ser enormes, (quién las tuviera) están ya negras, y sin ni una sola marca de bikini. Adultos interesantes leen libros interesantes tumbados en interesantes hamacas. Lo que da de sí la piscina. Y eso que sólo era el césped. En el agua, hay uno (¡y qué uno!) haciendo largos sin detenerse a respirar; otros, que con tanta ahogadilla están dejando la piscina sin agua. La pareja del edredoning que ahora se da el lote agarrada en la escalera. Y bañistas… así en general.

Pero entonces…

…llega la cruda realidad.

Abro bien los ojos soñolientos. Y empiezo a notar como más que familias lo que hay son abuelas desesperadas con nietos malvados y crueles que quieren ahogarse en la piscina mientras el socorrista intenta ligar con la representación femenina de la pareja edredoning. Y no se queda ahí, de pronto, veo que el 90% de la gente que está en la piscina está sola, y que así como quien no quiere la cosa, se empiezan a secar con la toalla y a vestirse con camisa y corbata… Dios, qué horror, ¿qué verano es éste?

Vuelvo a observar a mí alrededor, la piscina está casi vacía. Y casi diría que empieza a nublar. No nos engañemos, nublar, no nubla, qué hace un sol de escándalo. Pero es que la alarma de mi móvil empieza a sonar estrepitosamente. Qué asco. También yo me seco, y me pongo un vestido nada veraniego. Más bien, un vestido de “tengo que entrar a trabajar”. Qué horror, me repito.

Cuatro de la tarde. Me 'espabilo' del todo, meto de mala manera la toalla en la mochila y salgo corriendo para el curro. Vuelvo a llegar tarde. Fijo que me como otra bronca. Miro de reojo la piscina, qué desolación. ¿Cómo era esa tontería del primer párrafo de que en Madrid sí saben veranear? De eso nada, como mucho, hacen como que veranean. ¡Me quiero ira a la playa! No al periódico donde trabajo…

Llego a la redacción asfixiada, muerta de calor, y me topo de frente con los tres jóvenes frikis que querían ser héroes de comic: llevan los temas sobre videojuegos en el periódico. ¡El mundo (literal, yo me las entiendo) es un pañuelo! Avanzo, me dejo caer sobre mi silla, la actualidad “veraniega” me espera… Miro a mi derecha... ¡vaya!... la pareja edredonig se lanza miraditas de la sección de Finanzas a la de Empresas… si ya decía yo que me sonaban sus caras… Verano, verano, ¡qué felicidad!

jueves, 7 de agosto de 2008

miércoles, 6 de agosto de 2008

El que no aletea se cae primero



Si quieres verme caer del cielo
tendrás que cortar el aire
y es imposible que la corriente
no sople en alguna parte.

Aráñame el corazón
encadéname las alas
que siempre quedan los que me quieren
que siempre quedan los que me desatan

Ay... que estando en la cuerda floja
no consigue nada el que no se moja.
Ay... que cuando elevas el vuelo
el que no aletea se cae primero.

Si quieres verme caer del cielo
tendrás que ponerle ganas
y es imposible que tu me arranques
la fuerza que Dios me manda.

Aráñame el corazón
envenéname la herida
que siempre quedan los que me quieren
que siempre quedan los que me la cuidan.

Ay... que estando en la cuerda floja
no consigue nada el que no se moja.
Ay... que cuando elevas el vuelo
el que no aletea se cae primero...

se cae primero el que se ve vencido
el que no arriesga más de lo debido
el que se cae, se aguanta y nunca se levanta
hay que nadar hacia la esperanza
alzar el vuelo, inténtalo de nuevo
y da la vida con el alma en cueros
siempre de frente cuando hay contracorriente
que en la orilla está la suerte.

Ay... que estando en la cuerda floja
no consigue nada el que no se moja.
Ay... que cuando elevas el vuelo
el que no aletea se cae primero.
Ay... que estando en la cuerda floja
no consigues nada si no te mojas.

Canción de Rosana

sábado, 2 de agosto de 2008

viernes, 1 de agosto de 2008

Retorno

Confundo el Metro. Entro y salgo en el mismo vagón. Leo: “Pasar un dedo, suavemente, por el borde afilado de una navaja rota”. Tiene su contexto. Me lo guardo. Avanzo buscando una salida, o una entrada.

En el Metro, un hombre toca la misma música con la que mi móvil me avisa de que tengo un nuevo mensaje. Un SMS amplificado, o lo que es lo mismo, Chopin.

Alcanzo el tren. Por los pelos. Es el tren de Aranjuez. Justo hoy, justo a esta hora. Entro. Me bajaré en Atocha. No es un viaje de vuelta, es de ida. Tengo sed.

Siento impulso de escribir. No sé el qué. Éste es el resultado. Sobre una libreta en movimiento.

"...Ahora que regreso a los lugares a donde quise huir...
y nadie me espera allí".